Servicio militar obligatorio, una tentación de padres tibios y adultos impotentes

Los partidos se juegan con la pelota dentro de la cancha. Y mucho más cuando hablamos de nuestros hijos. No podemos, no debemos, delegar su cuidado básico. Son los padres tibios mal de época, y me llena de tristeza.

No sabemos qué hacer con nuestros chicos, nos desafían y nos convocan desde los riesgos poco saludables que a veces asumen. Y el no saber qué hacer incrementa esta cuestión tan humana de “hiperdelegar” o tirar la pelota afuera: siempre la culpa es de otro, o bien, alguien tiene que arreglarnos la vida.

Toda esta problemática, tan recurrente en los consultorios, me sacudió hace unos días, cuando participé de un informe para televisión sobre el regreso del “servicio militar obligatorio”. No lo hice yo en su momento, en 1983, cuando me hubiera tocado, y me conmueve el tema como adulto, como profesional y como padre. Inquieto con el tema, a los pocos días escribí unas líneas en el Facebook de mi libro:

No quiero los chicos en los cuarteles. No será allí donde se repare lo que no se pudo puertas adentro de las casas. No quiero verlos con uniformes verde oliva, no… Quiero verlos con el uniforme de la pasión, ese que los adultos no hemos podido darles en los último tiempos…
No quiero padres tibios, educadores tibios, gobernantes tibios, que pidan a otros que resuelvan lo que no se ha podido.
No quiero Servicio Militar Obligatorio. No para nuestros chicos…
Quisiera, sí, una Escuela para Padres obligatoria, en la que podamos acompañar
en el complejo camino de criar. Pero en los cuarteles… en los cuarteles, nuestros chicos, ya no más…”

Fue una catarsis casi personal, pero lo que disparó todavía me sorprende: el debato que generó en el muro es una radiografía de nuestra época. Voces a favor de mi posición, y muchas voces diciendo cosas tales como: “Si los chicos están en la calle drogándose, mejor que estén en un cuartel”, “para que salgan a matar, mejor que alguien se haga cargo de ellos”, “prefiero el cuartel a la calle…”

Yo prefiero, sin dudarlo ni un solo segundo, una casa que aloje, una familia que sostenga, que haga anclaje, que los mire, que no sienta que criar es un problema, que un joven con dificultades es un forúnculo a extirpar, “un gajo que ha crecido torcido de la planta madre” (SIC). Releo y todavía hoy se me ponen los pocos pelos que me quedan, todos ellos, de punta… Las entrañas se me juegan cuando pienso que, como sociedad, estamos delegando lo indelegable.

Si un chico de 18 años tiene problemas con el consumo de sustancias, su solución no es un cuartel sino un centro de rehabilitación para pacientes con esa problemática. Si no encuentra el rumbo, no es un sargento sino los padres, los adultos primordiales, los que tienen y deben tomar las riendas… Pueden pedir ayuda, claro está, pero nunca soltar el mando de una de las responsabilidades más valiosas y caras que tenemos: la de acompañar a nuestros hijos en el camino de crecer.

Sobre esta tibieza, sobre este desánimo, se construyen las fracturas de los chicos, el elemento sensible a cuidar. Sobre la fisura de los padres, se edifica la patología de los hijos

Nuestros chicos no nos oyen todo el tiempo, pero nos miran todo el tiempo. No dejan de mirarnos. Por favor, pensemos: hay un debate pendiente, serio, profundo, desde el alma. Y la impotencia, la impotencia, decía Balzac, es el suicidio de lo cotidiano. Por favor, no suicidemos a nuestros chicos.

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