Madagascar, muy lejos de la película: el cura argentino que quiere cambiar un rincón triste del mundo

La isla africana es uno de los países más pobres del Planeta. El 90% de la gente vive con menos de 2 dólares por día. Y más da mitad de los niños están desnutridos. El Padre Pedro, un sacerdote argentino, vive allí desde hace 50 años y lucha contra la pobreza con trabajo, educación y disciplina.

Un dato espanta: 120 de cada 1.000 chicos mueren antes de cumplir 5 años. Y más de la mitad están desnutridos. Inadmisible, ofensivo. Y sorprendente: a uno le dicen Madagascar y le rebotan rápidamente dos referencias: el TEG, ese maravilloso juego que apasiona a chicos y adolescentes, y la película: palmeras, hermosas playas, selva y bellezas naturales varias. Pero no. Madagascar es un lugar triste del mundo, donde reinan la pobreza, el abandono y la falta de oportunidades. Un lugar donde todo lleva tantos años igual que uno imagina imposible cualquier cambio que reescriba la historia. Pero no: hay fueguitos que encienden la esperanza. El sacerdote argentino Pedro Pekora es uno de ellos.

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Madagascar, oficialmente República de Madagascar, es un país insular situado en el océano Índico, frente a la costa sureste del continente africano, al este de Mozambique. Es la isla más grande de África y la cuarta más grande del mundo. Antiguamente se encontraba unida al continente, y su separación y aislamiento ha favorecido la conservación en su territorio de multitud de especies únicas en el mundo, algo que en los últimos años convocó a fanáticos del ecoturismo.

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Su población ronda los 22 millones de habitantes, y más del 90% vive con menos de dos dólares al día. La mayoría de sus habitantes tiene creencias tradicionales, son cristianos o una mezcla de ambos. El idioma nacional es el malgache, y el segundo idioma es el francés.

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La pobreza, la desnutrición y las difíciles condiciones de vida son la realidad diaria de muchos de los niños y las niñas de Madagascar. El paludismo, las enfermedades diarreicas y las infecciones respiratorias se encuentran entre las amenazas más mortales para los más pequeños. Y a eso se suma una dura situación de la mujer: la mayoría carece de acceso a una atención sanitaria de calidad, con lo cual la mortalidad derivada de la maternidad sigue siendo muy elevada, ya que más de la mitad de los nacimientos tienen lugar sin la asistencia de un profesional médico cualificado.

Sólo la mitad de los niños de un año de edad reciben vacunación completa contra las enfermedades prevenibles. Y más del 60% de los chicos está desnutrido

En Madagascar, sólo el 50% de los hogares tienen acceso al agua potable, y únicamente el 3% dispone de letrinas.

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“Cuando llegué a Madagascar no vi pobreza, ahí conocí la miseria. Vi miles y miles de personas que vivían de uno de los basurales más grandes del mundo. Esa noche no dormí y le pedí a Dios que me diera fuerzas para rescatarlos de ahí”. Con esas palabras describió el Padre Pedro su desembarco en la isla. La piedra basal de Akamasoa, el pueblo emplazado sobre el vertedero que en idioma malgache significa “los buenos amigos”, se puso en 1990. El pueblo tendría, explicó a quienes quisieran vivir allí, tres normas: “trabajar, enviar los niños al colegio y respetar las normas de convivencia: esto es, disciplina”.

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El Padre Pedro tiene 68 años y hace medio siglo que vive en Madagascar. Nacido en San Martín, en el conurbano bonaerense, y tras algunas misiones en Argentina partió rumbo a África. Lo llaman “La Madre Teresa con pantalones”, “el Santo de Madagascar”, “el Soldado de Dios”, “el Apóstol de la basura”, “el Albañil de Dios”, entre otros apodos.

El fútbol no sólo es su pasión sino que fue la puerta que le abrió la posibilidad de que lo aceptaran en una comunidad que veía al hombre blanco como el espejo de todos sus horrores

Su obra le vale el título. Levantó centenares de casas sobre terrenos que antes eran basurales, involucrando a las familias en la construcción. Y desmoronó las cifras de mortalidad infantil llevando agua potable hasta el lugar.

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Para el Padre Pedro, la fórmula para combatir la pobreza y forjar futuro es “trabajo, escolarización y disciplina”. Y con solo ver su obra, está claro que funciona.

El sacerdote argentino es uno de los candidatos al próximo Nobel de la Paz: “Quiero demasiado a la gente como para condenarla al asistencialismo. Asistir a alguien sin ninguna exigencia es matarle su espíritu de iniciativa”

Las obras del Padre Pedro son solventadas por una red de donaciones amigas. Akamasoa recibe ayuda de tres organizaciones no gubernamentales de Francia, una de Mónaco, más cooperaciones económicas que llegan desde España y Eslovenia. Europa es el principal motor de su obra: desde allí se gestó su postulación al Premio Nobel de la Paz.

Eran pobres solidarios, compartían lo poco que tenían. Entonces dije: “Por este pueblo me la juego”

Si querés ayudar al Padre Pedro en su obra o contactarte con él, podés visitar su sitio web. También en la Fundación Madagascar.

 

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