El hincha de Belgrano: la nota que duele escribir, la barbarie que debe terminar

“Bajen las armas,  aquí solo hay chicos creciendo…”

Eran las 6 AM, de madrugada, cuando me despabiló el espanto. Estaba recién conectándome con el día, preparándome para salir rumbo al Chaco, cuando la noticia me estrujó el corazón. En la radio, el periodista relataba el horror de un joven cayendo -golpeado, arrojado- desde una tribuna en un partido de fútbol. Intenta agarrarse, lo golpean, lo tiran. Cae, su cerebro muere, su vida se apaga. Ante cientos de personas, ante las cámaras, ajenos a cualquier forma de humanidad, lo matan.

Empiezo a escribir en el avión y no sé qué voy a decir cuando llegue. Viajo a dar una charla junto a colegas para padres y docentes, para pensar cómo transmitir la pasión a los jóvenes y cómo construir entre todos un mundo de ojos brillantes… Vaya paradoja, pienso, lloro. Qué decir…

Emanuel, me entero, tiene -tenía- 22 años. Cuentan los amigos que había visto en la tribuna a uno de los responsables de matar a su hermano, años atrás, en una picada ilegal. Un barrabrava que, lejos de estar en juicio o preso, estaba ahí, disfrutando libre y coleando de un partido de fútbol. Cuentan, también, que tras un cruce fuerte de palabras, “El Sapo”, así le dicen al “valiente”, ordena a la barra “péguenle… Es de Talleres”. Los golpes no se demoran. Emanuel se defiende, corre, intenta escapar… Pero lo agarran, los “obedientes”, y lo tiran. Lo matan.

En tiempos de grieta, en épocas de vivir fracturados, una fisura más. La horda (esta es la palabra que define a estos energúmenos) se desata, emprenden contra el chico Balbo, lo golpean, con saña, con frenesí, lo golpean animalmente, lo levantan como bolsa y lo arrojan al vacío.

Muchos, demasiados, contra uno. Poco podía hacer Emanuel, pobre alma, contra tantos “machos” juntos. Eran muchos los que lo mataban y eran muchos más los que miraban y nada hacían

Y aún más, todavía: fueron mucho los que no pararon el partido a pesar de un chico muerto, asesinado en la cancha.

Alguien tendría que haber parado el horror: no hablo sólo del Estado, mi indignación va más allá. Hablo también de quienes estaban allí, los hinchas, miles. Los asesinos, y los testigos silenciosos. Bestias, y miedosos. Los unos y los otros.

Empoderados por la mulitud, por los colores que dicen defender, “machos pobres tipos”, y asesinos

No soy un valiente, no lo soy. De hecho, la violencia me paraliza, nunca me tomé a trompadas en mis 51 años. Si veo gente peleando en la calle me mareo; pero hay cosas que me superan, situaciones en donde el miedo es ínfimo al lado del factor humano, de la sensibilidad que me precio de tener, de lo solidario que todos tenemos pero queda suspendido, ausente, cuando reina lo animal y gana la barbarie.

No soy un valiente, no lo soy, pero hace unas semanas salí de mi casa y a unas cuadras veo a tres muchachos acorralando a un chiquito de unos 13 años. Claramente estaban robándole y atiné, sin pensarlo, a gritar “¿¿Matías, pasa algo??” Claro que no sabía su nombre, pero grité con tal fuerza que los chicos que le robaban salieron corriendo. Eran chicos ellos y era chico el pequeño asaltado. Temblaba, pobrecito, lo calmé, lo acompañé a su casa, podría ser mi hijo.

Emanuel también podría ser mi hijo. No puedo creer la inhumanidad. Y no puedo parar de pensar en el terror de esa cabecita, cuando lo agarran descarnadamente… ¿Qué habrá sentido, pobrecito, que habrá sentido?

La soledad, la soledad más descarnada, lo siniestro. Estaba en su cancha, en la de su amado “pirata”, y lo estaba asesinando. Desesperación. Impotencia, muerte absurda, cruel y descarnada.

Se jugó la fecha entera, siguió todo adelante; y lamentablemente no me sorprende, pero me duele.

La tapa de OLE es River festejando y abajo, en zócalo, “Agoniza el hincha de Belgrano”. ¿Qué nos pasa, por Dios, qué nos pasa? Hemos perdido la esencia, lo básico.

“Bajen las armas, que aquí solo hay chicos comiendo”, decía León Gieco, y digo yo, por favor, paren la furia, párenla, que aquí solo hay chicos tratando de crecer.

El fútbol es un juego, pero se ha convertido en territorio de violencia: matamos a un chico, mataron los asesinos, y matamos como sociedad. ¿Qué contó al volver a casa la gente que estaba ahí, en el estadio? “¡Che, no sabés lo que pasé! Mataron un chico en la cancha, y además no nos cobraron el penal…”

¿Con qué cara miran a sus mujeres, madres muchas, y a sus hijos, los que solo miraban el espanto sin hacer nada? ¿Con qué cara miran a sus amigos, a sus compañeros de trabajo? Vergüenza me da, mucha vergüenza, y me indigna, como hace mucho no me indignaba algo, me indigna y duele.

A mí, que me sobran a veces palabras, ahora me faltan. A esta barbarie la arreglamos entre todos o no lo arregla nadie. Basta de no te metas, basta de muerte basta, de muertes absurdas basta, de demencia basta, del horror basta

Soltemos los miedos inútiles, empaticemos, comprometámonos: ésto es entre todos, o no lo para nadie.

Antes de salir de mi casa llamé a mi hijo, que iba camino al colegio, para decirle que lo quiero. No le conté nada de ésto, no pude, pero quería abrazarlo de alguna forma.

Emanuel murió, la puta madre… Qué difícil hablar de ojos brillantes cuando el corazón esta estrujado. Los chicos nos miran, nos necesitan. Reaccionemos por favor.

 

Por Alejandro Schujman, psicólogo especialista en adolescentes. Autor del libro Generación Ni Ni y coautor del libro Herramientas para padres. Autor del espacio Escuela para Padres en Buena Vibra. Su sitio.

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