Femicidio en Ecuador: el cuerpo de mujer como factor de riesgo

“Es que eran dos chicas viajando solas”. ¿Sería una cuestión a considerar si se hubiera tratado de dos chicos viajando solos?

“Es que no tuvieron cuidado al aceptar ir a la casa de un varón desconocido”. ¿Hubiera sido cuestionado si dos varones eran invitados a la casa de una chica sola?

“Es que seguramente tomaron alcohol”. ¿Y si era que los dos amigos de viaje tomaban alcohol?

“¿Cómo es que los padres les permitieron hacer un viaje tan desorganizado y con tal nivel de riesgo, con poco dinero y a la deriva en lugares con dificultades para comunicarse con la familia?” ¿Se esperaría con la misma inquietud el llamado diario de hijos varones, sería esperable que comuniquen a la familia cada decisión que tomen para que sea consensuada?

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No. Dos pibes solos viajando por Centro América, haciendo dedo, durmiendo donde caigan, compartiendo alojamientos, aceptando camas y comidas ajenas, acampando a la intemperie… serían sencillamente dos locos aventureros, jugados, valientes y volverían llenos de anécdotas que sorprenderían y divertirían a la familia con los ravioles del domingo.

Pero no. Se trata de mujeres, del cuerpo de las mujeres. Para la sociedad, un factor inexorable de riesgo… Por lo tanto, en tanto “chicas”, se espera que se contengan en sus acciones y decisiones en resguardo de su cuerpo.

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De ninguna manera se puede restringir el abuso hacia el cuerpo femenino a una cuestión de fuerza física. Es un reduccionismo absurdo. Si pusiéramos la violencia en paridad habría miles de modos en que las mujeres podríamos violentar del cuerpo del varón. Bastaría con emborracharlos, atarlos cuando están dormidos, ponerles un somnífero y hacer con sus cuerpos lo que se nos venga en gana con un palo en la mano por si se retoban. Pero resulta que esto no es lo que habitualmente sucede. Los cuerpos del varón no están en peligro, no requieren de tales alarmas, no transitan por esas contingencias. La inmunidad les pertenece por derecho propio.

Los cuerpos del varón no están en peligro. La inmunidad les pertenece por derecho propio

Es aberrante registrar el susurro o el grito social sumándole más violencia a la ya padecida.

Lo jugado, lo atrevido, las andanzas en una mujer son vistas como desatinos, descuidos inexorables e imperdonables. En lugar de hazañas son desaciertos, en vez de peripecias son incidentes, no son atrevidas sino putas, jamás se consideran con el aporte de la confianza familiar sino abandonadas a su suerte (siempre incierta) y carentes de la necesaria contención.

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Esta brutal insistencia en considerar y cristalizar al cuerpo femenino en su fragilidad y, por lo tanto necesitado de ser resguardado frente a la linealidad del consabido riesgo, lo confirma socialmente y habilita al monstruo que la cultura (en un perverso sinsentido que supone cuidado) alimenta y sostiene.

Nuevamente y desgraciadamente las diferencias de género refuerzan las desigualdades en un soberano malentendido que, finalmente, nos mata.

 

Por Adriana Arias, psicóloga, psicodramatista, sexóloga y autora de los libros “Locas y Fuertes” y “Bichos y Bichas del Cortejo”.

 

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