De la cesárea y otros demonios: mitos y verdades de un aliado importante de la vida

Cuenta la leyenda que Julio César debe su nombre, César, precisamente a la forma en que nació: caesus en latín quiere decir “cortado”, el vientre de su madre fue seccionado y el bebé César extraído mediante una operación cesárea.

Sea esta leyenda verdadera o no, lo cierto es que la operación cesárea es la intervención quirúrgica más antigua que se conoce, hay referencias a esta forma de nacimiento en textos de diferentes culturas varios siglos antes de la era actual. Su objetivo era salvar al niño gestado en el vientre de una madre muerta, ya que practicarla en una mujer viva era por supuesto inconcebible.

La Lex regia romana, por ejemplo, prohibía enterrar a una mujer embarazada que hubiese fallecido, era menester entonces extraer al feto mediante una incisión en el abdomen, con la esperanza de que estuviese aún con vida

Hubo que esperar, sin embargo, hasta el siglo XVI para que se intentara realizar la operación cesárea en una mujer viva, con el objetivo de salvar también su vida además de la del fruto de su vientre. Sin embargo, no se encuentra documentado absolutamente ningún caso exitoso que date de esa época, por lo cual la gran mayoría de los obstetras se oponía férreamente a realizarla.

La principal causa del fracaso de la cesárea en esos tiempos era la hemorragia, seguida de la infección. No fue sino hasta el siglo XIX con el advenimiento de nuevas técnicas quirúrgicas y de conceptos tan simples como ignorados hasta entonces como el de antisepsia, que la cesárea comenzó a convertirse en una alternativa válida, posible y alcanzable para el acto de nacer. Ya en el siglo XX, la aparición de la antibioticoterapia y de las nuevas técnicas de anestesia la consolidaron, convirtiéndola en una de las cirugías más realizadas en el mundo.

Según las recomendaciones de la OMS, la tasa de cesárea no debería exceder el 15% de los nacimientos, sin embargo en muchos países, incluido el nuestro, este porcentaje es ampliamente sobrepasado

Básicamente este porcentaje máximo es el recomendado porque no está demostrado que superándolo exista mayor beneficio. Y no sólo no hay mayor beneficio sino que aparecen las complicaciones que cualquier acto quirúrgico puede traer aparejado.

Entonces ¿por qué superamos tan ampliamente ese 15%? Se calcula que en nuestro país, en el sector público se realiza un 30-35% de cesáreas y en el sector privado bastante más.

El problema es complejo. Desde lo que supera el tema puramente médico: el sistema de atención personalizada del embarazo y el parto en el ámbito privado es señalado como uno de los culpables. El riesgo legal ante la proliferación de juicios por mala praxis, que llevan al profesional a optar por la cesárea como la opción más segura, la mayor complejización de las técnicas de diagnóstico prenatal que crea potenciales indicaciones donde antes no existían y la autonomía de la propia paciente que tiene derecho y puede elegir (siempre y cuando sea adecuadamente informada de los riesgos que acarrea una cirugía) una cesárea como vía de finalización de su embarazo son algunas de las posibles causas de este fenómeno.

Desde lo médico también hay mayor cantidad de indicaciones para la cesárea, relativas o absolutas. El límite de viabilidad fetal cada vez más precoz, las mayor cantidad de gestas múltiples producto de tratamientos de fertilidad, cirugías uterinas previas, la pérdida de la habilidad de los obstetras en partos instrumentales ante la facilidad de practicar una cesárea, las técnicas de diagnóstico prenatal cada vez más sofisticadas antes mencionadas, por nombrar algunas, se suman a las indicaciones clásicas.

No es sencillo el tema y no es sencilla la solución.

Desde el punto de vista del obstetra, entender que no siempre la salida es quirúrgica, conversar con la paciente, escucharla. Saber explicar, despejar dudas, acompañar

Y, desde la paciente, demandar la información, no tener miedo a preguntar, exigir respuestas, aprender a elegir. Pero, llegado el caso comprender también que la cesárea no es un demonio, sino una cirugía que ha sabido recorrer un par de milenios de camino para salvar vidas.

 

  • La autora de esta columna es Leonora Arditti (@LG_RDT), médica argentina. Su blog: Primum non nocere.

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