“Mi esposa murió tras intentar parir en casa”: la historia que Ariel necesita contarle al mundo

Buena Vibra viene publicando diversas notas sobre la importancia de distinguir entre “parto respetado” y “parto en casa”. Hemos hablado de los costos tremendos que puede tener para la mamá y para el bebé parir fuera del marco de contención y cuidado de una institución. Así nos llegó la historia de Ariel. La compartimos.

La historia arrancó unos años antes, con el nacimiento de su primer hijo. Habían tenido una mala experiencia con un parto por cesárea en el octavo mes, una decisión que, a su entender, había estado más vinculada a urgencias del obstetra que a necesidades del bebé. A ese parto prematuro le siguieron algunos problemas respiratorios del niño y una huella que prometieron no repetir en su siguiente hijo. Así fue que ni bien confirmaron que llegaría un hermanito empezaron a transitar otros carriles: habían escuchado hablar de parto humanizado y querían ir por allí. Lo necesitaban y creían que era la mejor manera de cuidar a la mamá y al bebé. Allá fueron.

“En el parto de nuestro primer hijo habíamos tenido una mala experiencia. Lo tuvimos con un reconocido obstetra y Benja nació por cesárea a los 8 meses de embarazo. Siempre nos quedó la sensación de que se apuró y de que no era necesario sacarlo tan rápido. El bebé pasó sus primeros 5 años con distintos problemas y siempre lo vinculados al nacimiento. Por ese motivo, cuando llegó el segundo buscamos alternativas. Queríamos un parto respetado, en el que se respete los tiempos del bebé y de la madre, y hoy, aún después de la más terrible experiencia, sigo apostando al parto respetado, pero con límites: tiene que ser dentro de una institución porque las consecuencias pueden ser terribles”. Así comienza Ariel a contar una historia espantosa, que decide narrar a Buena Vibra tras leer distintas notas sobre “parto en casa” y “parto respetado” que se publicaron en el sitio.

“Nosotros queríamos que se agotaran todas las posibilidades de parto natural e ir a cesárea recién cuando se hubiera intentado todo. Teníamos en la cabeza que en el parto de nuestro primer hijo las cosas no habían sido así”, repasa Ariel.

En esa búsqueda, buscaron y encontraron una “partera” muy recomendada, “con basta experiencia en el tema”. Cuenta Ariel que la conocieron y que al principio dudó, pero “luego de las charlas y el curso de preparto” se fue “relajando y dejando llevar”.

En las charlas para padres que daba esta señora “se hablaba mucho de la violencia de la institución médica y del gran negocio que hay atrás de todo eso”, recuerda Ariel. Las cosas que escuchaban eran fáciles de asociar a lo que ellos habían sentido en su primer parto. “Decían que en las instituciones médicas no se aplicaba el parto respetado y sigo pensando que es así, pero nosotros cometimos el error de ir por fuera”, lamenta hoy.

Llegado el noveno mes de embarazo, y luego de varios días de dolores y contracciones, comenzó el trabajo de parto. “Fueron 15 horas de trabajo de parto en casa, intentando que Vicente naciera allí. En varias ocasiones, Marisa, mi esposa, dijo basta, quería internarse, pero la partera y la obstetra, ambas en casa, le aconsejaron seguir. Decían que lo veían a diario, que era un cansancio lógico y que hiciera un esfuerzo más”.

Seguían pasando las horas y el monitoreo empezó a dar mal. “Vicente daba signos de sufrimiento y nos fuimos a la clínica. El viaje desde su casa hasta un reconocido sanatorio privado de Palermo -“el lugar que aconsejó la partera porque, decía, allí podía trabajar como quería”- fue un infierno.

En la clínica, volvieron a intentar parto natural pero el sufrimiento fetal seguía y resolvieron ir a cesárea. “Fue muy distinta a la del primero. Costó mucho porque el bebé estaba re encajado y era difícil sacarlo. Marisa estuvo más de 2 horas hasta que pudieron terminar la operación. Había perdido mucha sangre y los tejidos no cerraban”.

Hubo transfusiones, complicaciones, una segunda operación tres días después. Hubo momentos en que Marisa se sintió bien y hasta dio la teta a su bebé. Pero no lograba reponerse. Se había roto por dentro, había infecciones y mucha sangre dando vuelta, y una trombosis terminó con sus pulmones. Nunca salió de la clínica: falleció 15 días después del parto.

Ariel volvió a casa con el bebé sin mamá. “Desde ese día, me han pasado muchas cosas -llora-. Fue muy difícil seguir”. Costó rearmarse para poder cuidar a los niños, tan pequeños, tan indefensos, tan solos. “Benja tenía cinco años y no entendía por qué su mamá ya no estaba -repasa Ariel-. Cuando pasaron los meses y me lo pidió fuimos al cementerio y él me dijo ¨mamá no se tenía que morir¨. Lloramos mucho juntos. Le dije que era muy injusto lo que había pasado, que él debía tener mamá mucho tiempo más, pero le prometí que yo iba a estar siempre y que debíamos seguir. Que algún día el dolor no iba a ser tan fuerte”.

Ariel trató de buscar Justicia, de encontrar alguna explicación, alguna reparación, algún responsable. Pero no ocurrió. Perdió el juicio. Sobreseyeron a todos: a la clínica, a la partera y a la obstetra. Entendió, el juez, que “conocían los riesgos” y que habían tomado la decisión con conciencia.

La sentencia, a la que accedió Buena Vibra, reconoce que “la madre sufrió un serio deterioro en los tejidos del útero, presumiblemente debido al excesivo esfuerzo realizado durante el trabajo de parto”. Describe que hubo infecciones, que las vías urinarias estallaron y que hubo varios procedimientos médicos pero nada sirvió. También menciona que Ariel denunció que se demoró el traslado al hospital por consejo de las “profesionales” y que no había una ambulancia en la puerta por si surgía una complicación.

Da por probado, la Justicia, que la partera y la obstetra estuvieron asistiendo el parto domiciliario, que duró doce horas, y que los antecedentes médicos de Marisa volvían riesgoso y desaconsejado ese procedimiento, y que sí puede observarse una falta en “el deber de cuidado en el arte de la medicina en torno al parto”.

Pero, aún así, el Juez no encontró “causalidad” entre todo lo ocurrido y la muerte de la joven mujer. “Murió por un tromboembolismo pulmonar que no tiene correlación directa alguna con el trabajo de parto realizado en el domicilio ni con la cesárea”. Entonces, define, “no es posible atribuirles responsabilidad penal por el resultado fatal acaecido más de diez días después de su conducta negligente“. Y agrega, la sentencia, que “aún en caso de que se estableciera causalidad entre las conductas negligentes y el resultado fatal, perdería relevancia penal ya que la propia víctima habría consentido esa actividad especialmente riesgosa para su salud”.

Leer en detalle la sentencia duele. Recorrer la historia y leer nombres y apellidos e instituciones de renombre que nos privamos de publicar porque la Justicia se vuelve contra la víctima y contra el mensajero, indigna (sabelo: en el marco del negocio del parto en casa, cuando hay un problema no hay responsables). Y deja una profunda sensación de orfandad frente a un sistema que tolera con tremenda impunidad la desinformación y la manipulación de “profesionales” que se erigen en un lugar de poder y de saber que demasiadas veces sale mal, cobrándose vidas que no deberían interrumpirse tan temprano y por estas razones.

Si hay impunidad penal, que no haya, por favor, impunidad social. Y que no haya, por favor, más víctimas. Eso quiere Ariel, eso busca cuando busca reponerse a la “derrota” Judicial y quiere compartir un grito que no puede callar, por Marisa y por sus hijos: “parto respetado sí, pero afuera de las instituciones, NO”.

 

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