“El órgano emocional por excelencia es el cerebro”

¿Por qué decís que el órgano emocional por excelencia no es el corazón sino el cerebro?

Es una respuesta a los numerosos clichés que se han construído en torno a la naturaleza humana a lo largo de la historia. Que la emoción se opone a la razón es uno, bastante clásico, que empezó por culpa del filósofo Descartes hace muchos siglos. Que a los niños hay que tratarlos con distancia y frialdad, evitando sentimentalismos, fue otro cliché que imperó en las prácticas pediátricas hasta casi mitad del siglo XX (bastante horroroso, por cierto). El asumir al corazón como único responsable de las emociones es un cliché que tal vez se haya construido desde tiempos inmemoriales, apalancado por frases como “El corazón tiene razones que la razón no entiende” (de otro filósofo que se llamaba Pascal).

Afortunadamente, las investigaciones de la ciencia nos permiten ajustar nuestros modelos de cómo funciona el mundo y nosotros en él. Hoy sabemos que para que experimentemos una emoción es necesario que intervenga nuestro cuerpo: el ritmo cardíaco, la tensión de los músculos, etc. Pero ¿quién comanda esos cambios corporales? Nuestro querido cerebro, el dueño de los procesos emocionales.

Ciencia de las emociones

Explicás en tu libro que nos educamos emocionalmente, que aprendemos emociones desde la cuna. ¿Cómo podemos cultivar las emociones que nos hacen bien y desaprender lo que nos hace daño?

Toda emoción tiene un componente innato y otro componente adquirido. Es decir, toda emoción tiene su aspecto común a todas las personas (por ejemplo, los circuitos cerebrales propios del miedo), y también tiene su aspecto flexible a la trayectoria de vida de cada uno de nosotros: es decir, contamos con la capacidad de reconectar las neuronas para aprender a sentir emociones en determinadas circunstancias. Esto se llama condicionamiento.

En esencia, los condicionamientos son útiles porque nos permiten desde bebés adaptarnos a lo que se espera de nosotros en la sociedad en que nacemos. Pero, a veces, desafortunadamente, quedamos condicionados de manera no oportuna. En esta sociedad contemporánea es normal que aprendamos a ser fácilmente irascibles, por ejemplo. Entonces vemos como algo ‘aceptable’ que todos se anden peleando en la calle contra todos, y vivamos a la defensiva. ¡La buena noticia es que se puede re-aprender! La plasticidad de nuestro cerebro hace posible que podamos superar experiencias emocionales que no son beneficiosas, como las fobias; y hay prácticas terapéuticas que los psicólogos han desarrollado para enfrentarlas.

Las fobias están a la orden del día… ¿Tiene que ver con cómo vivimos?

Ninguna emoción apareció en nuestro cuerpo-y-cerebro de manera casual, sino que fue el resultado de una ganancia evolutiva de millones de años, tan útil como un hígado para afrontar toxinas o un par de ojos para resolver la visión en tres dimensiones. El asunto es que, expuestos como estamos al escenario moderno, muchas veces nuestras emociones se tornan disfuncionales. O sea, se desvirtúa el propósito inicial de las mismas y se activan sin beneficiarnos. Es fenomenal que recules de estampida al ver una serpiente, pero no es bueno que entres en pánico al caminar al aire libre en un parque. Por suerte, hace ya mucho tiempo nacieron técnicas terapéuticas que intentan llevar al paciente a des-aprender a tener un miedo inexplicable y desbordante a un estímulo que en realidad no le representa ninguna amenaza.

Si el cableado es tan primario y viene de tan lejos, ¿qué chances tenemos de ir cambiando y mejorando cosas para pasarla mejor, ser más felices?

Como animales, somos de los más exóticos del reino. Y no sólo por nuestra increíble capacidad de pensar y razonar, sino también por nuestra increíble capacidad de sentir emociones, algo que tampoco tiene comparación con la de ningún otro primo de cuatro patas. La evolución no sólo nos hizo la especie más racional, sino que también nos hizo la especie más emocional de todas. Y en este sentido, la complejidad de nuestras emociones es tan exquisita y tan refinada que podemos poner otros recursos a disposición de ellas. Los recursos mentales de atención y voluntad son extraordinariamente útiles a la hora de sacar del automático nuestras respuestas emocionales más primitivas, y poder manejarnos mejor con nosotros mismos y llevarnos mejor con los demás. ¡Tenemos todas las chances de hacerlo!

Si sentimos en función de cómo interpretamos, ¿la terapia cognitiva sería el modelo ideal de abordaje terapéutico?

Hay muchas formas de terapia que son realmente útiles según el caso a resolver. Lo que hicieron originalmente los terapistas cognitivos es entender que una respuesta emocional recurrente no sólo puede ser el resultado de la habituación a un estímulo de afuera, sino también el resultado de la habituación a un estímulo interno de nuestra propia mente; es decir, de nuestros patrones de pensamiento. En ese sentido, para cambiar la forma en que sentimos debemos ejercitar cambios en nuestra manera de pensar. Si cuando te exponés a tu próximo conflicto en el trabajo, en vez de interpretar que tu jefe está en tu contra re-interpretás que es en realidad otra la causa por la que te habla de cierta manera, vas a poder actuar de forma novedosa y romper el círculo vicioso de lo que te pasa todos los días.

A las personas impulsivas muchas veces les cuesta frenar cierto automatismo en la acción, algo que sentimos como más emocional, como una reacción poco filtrada por el cerebro. ¿Por qué y qué se puede hacer para parar y actuar mejor?

Conocer cómo funcionan nuestras emociones es el paso inicial por excelencia que debemos emprender. Por ejemplo, el enojo, que en realidad es una obra de dos actos. Quienes se enojan de forma impulsiva creen que la emoción es instantánea e indivisible. Pero la verdad es que cuando nos enojamos, antes de la respuesta enérgica -que es el segundo acto del drama-, existe un preámbulo: la activación de ciertas áreas cerebrales donde se asienta el dolor emocional. Literalmente, cada vez que te enojás es porque tu cerebro activa el dolor. Esto quiere decir que de alguna manera tu querida mente interpretó que algo te causó un perjuicio.

Saber esto es formidable, porque de a poco te permite entrenarte y advertir que realmente podés separar el enojo en sus dos etapas. Reinterpretá si verdaderamente quisieron hacerte un perjuicio en vez de tomártelo ‘personal’ de una y sin reflexión. Desmotivá así el encendido del dolor emocional. Date cuenta el reflexivo implícito en todo verbo del estilo enojar-se, ofender-se, etc. ¡Sos vos y tu interpretación quienes tienen las riendas del asunto! Así vas a poder moderar la respuesta enérgica de insultar, golpear algo o devolvérsela a alguien. ¡Se puede desmantelar el circuito de enojo que lleva habitualmente a escaladas de violencia!

¿Por qué decís que hay procesos de razonamiento “secuestrados” por la emoción intensa?

Porque cuando una emoción es muy intensa, todos tus procesos de razonamiento quedan a merced de ella. Y en algunos casos incluso actúan como abogados defensores, justificando la emoción.

Otro concepto fuerte del libro es el de “inercia emocional”. ¿Podés desarrollarlo? ¡Explica muchos errores que cometemos!

La velocidad de los procesos de tu mente es mucho mayor a la velocidad en la que cambia tu cuerpo cuando intenta salir de una emoción. Por eso, después de una discusión acalorada con tu pareja podés entender claramente que el tema ya quedó resuelto, pero la química en tu torrente sanguíneo sigue manteniendo tus músculos crispados y tu corazón al trote. Así que tu cerebro (que se la pasa monitoreando el estado de tu cuerpo) llega a una conclusión del tipo: “¡Epa! Si seguimos así de agitaditos es que siguen las cosas mal”. Y te lleva a tener ganas de reanudar la discusión.

Durante años, en los ámbitos laborales no solo se menospreció lo emocional sino que cualquier persona que soltara emociones en el trabajo estaba mal vista. Eso cambió, felizmente. ¿Ves esa tendencia en los trabajos y en los nuevos liderazgos?

Veo muchas empresas que sí se preocupan por educar a sus colaboradores en conceptos de inteligencia emocional y competencias emocionales aplicadas al trabajo en equipo y a la gestión. Pero les cuesta dar el salto inicial e invertir para que esta comprensión se haga parte de la cultura organizacional. ¿Por qué? Creo que por un lado está el temor a indagar en un tema relativamente novedoso para el mundo organizacional. Pero fundamentalmente está el entorno hostil del escenario económico de hoy día, que empuja a todas las compañías a esquemas de austeridad y ahorro. Las primeras cosas que se recortan son todas aquellas relativas al bienestar de los empleados en sus puestos de trabajo. No sabés cuánto daño le hace esto a todo el ecosistema de empresas. ¡Fijate que alrededor de todos nosotros está lleno de colegas que están hartos de trabajar donde están, no importa dónde sea! Parte de mi afán en divulgar la ciencia de las emociones es mostrar que el tema de los sentimientos tiene fundamentos lo suficientemente serios como para que nadie le tema a entrar en el asunto. Por más ahorro que tenga en sus planes, debe enfrentarlo.

En el libro hablás de la esperanza, de su gran valor. ¿Por qué esa emoción puede volvernos distintos? ¿Podemos aprender a ser más optimista o estamos condenados por nuestra educación emocional?

Ejercitar la esperanza es un entrenamiento esencial que permite desalentar la aparición de emociones negativas y promover la repetición de experiencias positivas. Básicamente, la esperanza es un proceso emocional en el que anticipás un provenir fructífero para tus deseos y metas. ¡Cortá con eso de hacerte la masita cerebral! Es necesario que practiques el recrear en tu mente escenarios beneficiosos cuando imaginás tu futuro. Hay pruebas científicas de que los optimistas viven más tiempo y con mejor salud, y no se trata de cosa-e-mandinga sino de efectos contundentes en sus conductas.

Federico Fros Campelo

 

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