Todos mentimos y engañamos: la ciencia explica por qué no podemos evitarlo

La historia de la humanidad está sembrada de mentirosos y hábiles manipuladores. Muchos son criminales que tejen engaños para ganar recompensas injustas –como hizo el financiero Bernie Madoff durante años, engañando a inversionistas en miles de millones de dólares hasta que su esquema se derrumbó. Algunos son políticos que mienten para llegar al poder o aferrarse a él.

A veces la gente miente para mejorar su imagen –una motivación que podría explicar mejor la aseveración del presidente Donald Trump de que la cantidad de público que estaba presente en la Inauguración de su mandato era mayor que la del presidente Barack Obama.

La gente miente para encubrir el mal comportamiento, como lo hizo el nadador estadounidense Ryan Lochte durante los Juegos Olímpicos de 2016 afirmando haber sido robado a punta de pistola en una gasolinera cuando, de hecho, él y sus compañeros de equipo fueron detenidos por guardias de seguridad armados después de dañar la propiedad.

Incluso la ciencia académica -un mundo en gran parte habitado por personas dedicadas a la búsqueda de la verdad- ha demostrado contener una galería de engañadores, como el físico Jan Hendrik Schön, cuyos avances en la investigación de semiconductores moleculares resultaron ser fraudulentos.

Estos mentirosos ganaron notoriedad por lo atroces, descaradas o dañinas que eran sus falsedades. Pero su engaño no los hace tan aberrantes como podríamos pensar.

Las mentiras enormes de los impostores, los estafadores y los políticos simplemente los ponen en el vértice de una pirámide de falsedades que han caracterizado el comportamiento humano por eones.

“Mentir, según los estudios, es algo en lo que la mayoría de nosotros somos muy expertos. Mentimos con facilidad, de maneras grandes y pequeñas, a extraños, compañeros de trabajo, amigos y seres queridos. Nuestra capacidad de ser deshonestos es tan fundamental para nosotros como nuestra necesidad de confiar en los demás, lo que irónicamente nos juega en contra a la hora de detectar mentiras” dice Yudhijit Bhattacharjee en un compendio publicado en la revista de la National Geographic.

“La ubicuidad de la mentira fue documentada sistemáticamente por Bella DePaulo, psicóloga social de la Universidad de California en Santa Bárbara –relata Bhattacharjee- hace dos décadas, DePaulo y sus colegas pidieron a 147 adultos que anotaran durante una semana cada vez que trataban de engañar a alguien.

Los investigadores encontraron que los sujetos mintieron en promedio una o dos veces al día. La mayoría de estas falsedades eran inofensivas, destinadas a ocultar las insuficiencias o proteger los sentimientos de los demás. Algunas mentiras eran excusas: un sujeto culpaba al fracaso de sacar la basura al hecho de no saber a dónde tenía que dejarla. Sin embargo, otras mentiras -como la pretensión de ser hijo de un diplomático- tenían como objetivo presentar una falsa imagen”.

Si bien estas fueron transgresiones menores, un estudio posterior de DePaulo y otros colegas realizado con una muestra similar indicó que la mayoría de la gente ha dicho en algún momento una o más “mentiras serias” – ocultando un affaire a su cónyuge, por ejemplo, o haciendo falsas declaraciones en una solicitud de la universidad.

Los investigadores de la Universidad de Duke idearon un experimento con 20 problemas matemáticos simples que un grupo de personas debía responder en 5 minutos.  Mientras más respondieran y mejor lo hicieran más les pagarían al final de la prueba.

Una vez concluido ese tiempo, los participantes eran invitados a pasar a otra sala donde debían, ante su asombro, echar su test en una máquina trituradora de papel. Lo que no sabían era que el papel triturado era falso y que los investigadores se quedaban con el original, el cual comparaban con las respuesta que los participantes declaraban haber hecho cuando se los consultaba.

La mayoría de a gente mintió sobre sus respuestas una vez que conocían las correctas. Y cuando los investigadores le mostraban que tenían su prueba original, se enojaban por haber sido engañados. Ellos, que estaban engañando.

Eso se debe a que “la intriga y el engaño son parte de lo que nos hace humanos”, según la historia de portada en la edición de junio de National Geographic. Los investigadores piensan que casi tan pronto como los humanos podemos hablar, comenzamos a disfrazar la verdad.

“La capacidad de manipular a los demás sin usar la fuerza física probablemente confirió una ventaja en la competencia por recursos y compañeros, similar a la evolución de estrategias engañosas en el reino animal, como el camuflaje”, escribe Bhattacharjee.

Los niños más pequeños son los menos propensos a mentir, probablemente porque todavía están aprendiendo cómo hacerlo. En un experimento en la Universidad de Toronto, se les pidió a niños que adivinen la identidad de un juguete oculto.

El experimentador, en un momento, sale de la habitación para tomar una llamada telefónica – que es, por supuesto, una mentira – y le pide al niño que no espíe. “La mayoría de los niños no pueden resistirse a mirar a escondidas”, escribe Bhattacharjee, pero cómo reaccionan después de eso depende de la edad.

Los más pequeños suelen admitir que echaron un vistazo, mientras que alrededor del 80 por ciento de los niños de ocho años afirman que no lo hicieron.

También se vuelven gradualmente más astutos en ocultar su comportamiento. Los niños más pequeños que han mentido suelen dar la respuesta correcta sobre el juguete, mientras que los más viejos ofrecen deliberadamente la respuesta equivocada.

Estudios de adultos han demostrado que los cerebros continúan perfeccionando su modo de mentir con el tiempo. “Dado que todos básicamente crecemos y simultáneamente mejoramos nuestras técnicas para mentir, lo que es realmente increíble es que también seamos tan confiados”.

Pero hay una ventaja también en eso, añade Bhattacharjee: “Sin la confianza implícita que ponemos en la comunicación humana, estaríamos paralizados como individuos y dejaríamos de tener relaciones sociales”.

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