Buenos Aires: viaje en el tiempo descubriendo secretos en el cementerio de la Recoleta

Historias que cuentan los guías a los visitantes

El cementerio de la Recoleta guarda historias insólitas. Habla de pasiones, de amores despechados; de odios que trascienden la muerte; de bóvedas que reproducen el dormitorio de los difuntos, de familias que premian la lealtad de sus sirvientes y entierran a la mucama en el panteón familiar, pero cumpliendo el rito de hacerla dormir afuera de la casa de los patrones.

El Cementerio fue inaugurado en 1822, en el lugar donde estaba el camposanto de la Iglesia del Pilar. Las bóvedas y tumbas son, en su mayoría, de familias aristocráticas de Argentina. Son propiedad privada de cada familia, quienes pagan una tasa anual por la administración. El Cementerio de la Recoleta tiene el curioso récord, de tener el metro cuadrado más cotizado de la Ciudad.

En el interior se encuentran los restos mortales de importantes personajes de la política, cultura, empresa de nuestro país, héroes de la Independencia, presidentes, generales, escritores, premios nobeles…

Pero la sepultura más famosa es la de Eva Perón.

Hechos verídicos del pasado conviven con un sinfín de mitos, fantasmas y leyendas.

Lo que las cenizas ni el tiempo pudieron silenciar, retumba entre callecitas y diagonales estrechas, que recorren turistas extranjeros.

Las imágenes y los bustos hablan y cuentan, por ejemplo, la tragedia de una pareja que tras no hablarse durante 30 años, se perpetuaron en dos bustos que se dan la espalda desde hace más de un siglo.

Eterno divorcio: las esculturas de espaldas recuerdan a los visitantes los desencuentros conyugales entre Salvador M. del Carril y su mujer.

No los unía el amor sino el desprecio. El mausoleo de Tiburcia Domínguez y su marido, Salvador María del Carril, uno de los promotores del fusilamiento de Dorrego, compañero de fórmula del General Urquiza, es una evocación para la posteridad de sus desavenencias conyugales. El suyo fue un matrimonio silencioso: no se dirigieron la palabra durante 30 años.

No era indiferencia, sino odio, de ese odio tremendo que trasciende la muerte. Y para que nadie lo olvidara, la viuda dejó constancia testamentaria de su voluntad: sus esculturas debían darse mutuamente la espalda. Ella, con gesto adusto, incómoda en un busto. El, confortable en un sillón, dirigiendo la mirada en sentido opuesto. Perpetuaron así su odio conyugal pos-morten.

Y así continúan las historias. Al libro del oftalmólogo Omar López Mato, “Ciudad de ángeles”, que compendió ésta y otras historias, se suma el relato oral de un grupo de historiadores. Ellos conocen hasta el último resquicio de esta necrópolis monumental que es el primer cementerio de la ciudad de Buenos Aires.

Las historias de este lugar donde reposan 350.000 almas -incluidos 25 presidentes constitucionales, cuatro máximos gobernantes de facto, 200 héroes de la Independencia y 100 gobernadores provinciales- se han convertido en relatos cautivantes de la vida cotidiana.

En el Cementerio de la Recoleta  verás mausoleos y esculturas funerarias monumentales, proyectados por los más famosos escultores y arquitectos de la época, Lola Mora, José Fioravanti, Alberto Lagos, Troyano Troiani, Giulio Monteverse y muchos otros.

Casi dos siglos

En sus casi dos siglos de existencia son miles las historias que atesoran esas célebres seis hectáreas en las que se yerguen 83 monumentos históricos nacionales

Pero este cementerio no es sólo conocido por sus panteones  con toneladas de los más costosos y exóticos mármoles venecianos. Es tristemente célebre también por haber inaugurado una nueva tipología delictiva, cuenta Eduardo Lazzari, uno de los historiadores que organizan las visitas y relatos orales por los sepulcros más señeros.

“Una gélida noche de 1881, los autoproclamados Caballeros de la Noche, secuestraron el féretro del cementerio de la Recoleta donde yacían los restos de doña Inés Indart de Dorrego”. Exigían el pago de cinco millones de pesos para restituir los restos de la cuñada de uno de los mayores mártires de la historia, el gobernador de Buenos Aires, Manuel Dorrego. Caso contrario “el ilustre apellido quedará manchado para siempre”.

El chantaje llegó en forma de misiva al Palacio Miró, sobre la calle Córdoba. Allí, Felisa Dorrego de Miró, hija de la difunta secuestrada, dio parte a la policía, pero antes consultó a su mayordomo. “Imposible retirar del cementerio un féretro tan pesado sin que nadie lo hubiera percibido”, sospechó el sirviente, quien había cargado con los honores de portar el ataúd durante las exequias.

Estaba en lo cierto. Los restos nunca salieron de allí y aparecieron en el panteón de la familia Requijo. Pero la policía siguió al acecho. Depositó una caja con fajos de billetes falsos en el arroyo de Maldonado, instruyó a la familia para efectivizar el pago y detuvo a la banda.

Pero los Caballeros de la Noche fueron exonerados: la ley nada decía sobre el robo de cadáveres. A partir de este hecho, se incluyó el artículo 171, que pena con dos a seis años de reclusión al que “sustrajera un cuerpo para hacerse pagar su devolución”.

 

El amor trae felicidad y también, a veces, muerte. Elisa Brown, hija del almirante irlandés, esperaba el regreso de su prometido, el comandante Francis Drummond, que luchaba contra el Imperio del Brasil a las órdenes de Brown. En la batalla de Monte Santiago, el joven muere heroicamente. El marino le comunica la noticia a su hija de 17 años y le entrega el reloj que había pertenecido a su novio, última voluntad del joven.

Desgarrada, Elisa se sumergió en las aguas del Río de la Plata para reencontrarse con el alma de su amado. Los restos de la novia del Plata yacen en una urna detrás de la del marino.

Liliana Crociati murió a los 20 años en su luna de miel en Insbruch. Un alud la sepultó junto a su marido en su cuarto de hotel en 1970. Ese mismo día, a 14.000 kilómetros de distancia, también murió Sabú, su perro adorado. Una escultura la evoca vestida de novia, con su pelo largo y suelto, secundada por su fiel mascota. En la bóveda, como una catacumba romana, ambientada como su dormitorio y lleno de fotografías, un sari rojo, comprado por ella en la India, cubre con la fuerza de una alegoría su lecho de muerte.

Con cama afuera
La mucama de la familia Sáenz Valiente, Rita Dogan, descansa en el perímetro del mausoleo de su patrones, aunque por fuera de la cripta familiar. Si bien no era costumbre de la época enterrar a los sirvientes cerca de los señores, debía reconocérsele “la fidelidad y honradez” de la sirvienta, según reza su epitafio.

Los valores de la amistad también están representados en la Recoleta a través del cenotafio conocido como “De los tres amigos”

Cómplices e inseparables, hombres de la generación del 80, permeables al sentimiento edificante que depara toda amistad, el músico Benigno Lugones, el escritor Adolfo Mitre, y el historiador Alberto Navarro Viola decidieron homenajear un sentimiento común. Y levantar un monumento que, como una epifanía perpetua, recordara esa amistad.

Las trágicas y precoces muertes de los tres amigos, antes de cumplir 30 años, estimularon a que otros amigos concretaran el anhelo: irguieron una pirámide donde cada uno de los tres lados honra al escritor, al músico y al historiador, a los hombres unidos por férreos lazos de amistad.

De los 183 años de vida de la Biblioteca Nacional, 75 estuvieron presididos por los tres ciegos más conspicuos que vio el país: Paul Groussac, José Mármol y Jorge Luis Borges.

Ajenos a lo que finalmente les depararía el destino, los tres dejaron testimonio expreso de su voluntad de descansar en la Recoleta. No pudo ser. Borges, que en ocasiones solía recorrer el cementerio con Adolfo Bioy Casares, imaginaba y discutía con su amigo durante horas con qué personajes de la historia trabarían amistad una vez que estuvieran presos para siempre dentro de ese perímetro.

La vida por una parcela en el cementerio. Eso pensó el sepulturero David Alleno, luego de 30 años de servicio abnegado en ese solar. Los ahorros de toda una vida tuvieron un solo fin: erigirse su propio mausoleo y encomendar a un escultor genovés el portento de sus desvelos. Cuenta la historia que una vez colocado el bajorrelieve en mármol de carrara, que lo inmortaliza con pico, pala, regadera y sombrero, volvió a su casa y se quitó la vida. La ansiedad pudo más: “Quiso ser inmediatamente sepultado en el lugar que lo obsesionó toda su vida. Dejó todo listo; sólo faltaba el cuerpo”, sentencia Lazzari.

Luz María García Velloso falleció a los 15 años de leucemia. El desconsuelo de su madre la llevó a pedir una anuencia especial para que se le permitiera dormir todas las noches al lado del sepulcro de su hija. Aferrada al túmulo, esculpido en mármol como un lecho de rosas sobre el que reposa la niña, la madre pasó noches enteras llorando a su hija muerta.

El pánico a ser enterrado vivo, un temor generalizado a mediados de siglo pasado, empujó al dueño de las tiendas Gath y Chavez, Alfredo Gath, a tomar todas sus previsiones. Ideó un mecanismo hidráulico dentro de su ataúd por el que al menor movimiento el féretro se abría. Lo probó varias veces para cerciorarse de su efectividad. Murió aliviado, con la certeza de que sí estaría muerto cuando llegara el momento.

El mito -o la historia verídica, insiste Lazzari- habla de que a la única hija del poeta Eugenio Cambaceres, “amante y madre de un hijo de Hipólito Irigoyen”, la enterraron cuando sufría un ataque de catalepsia. Su madre descubrió esto cuando fue a dejarle flores a su tumba: “Su ataúd estaba corrido y violentado”, cuenta Lazzari.

Aunque la leyenda también dice que la vieron fuera de su ataúd, aferrada a un árbol, entre gritos y sollozos. Una versión claramente emparentada con la mitología más fantástica, pero que continúa deambulando con la fuerza de una leyenda urbana. Es la “dama de blanco” que, desde hace años, recorre el cementerio. No son pocos los que juraron haberla visto. Impoluta y siempre de blanco.

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