Conocé la extravagante casa de Salvador Dali en Cadaqués

Uno de los episodios más infames que involucran a Salvador Dali es el colosal enfrentamiento con sus padres. En realidad no fue uno solo sino una serie de momentos conflictivos. Por ejemplo años después de que la señora Dalí había muerto, un joven Salvador garabateaba “Parfois je crache par plaisir sur le retrato de ma mère” (a veces escupo de placer sobre el retrato de mi madre) en una pintura temprana. El indignado anciano Dali lo echó de la casa. Tiempo después Salvador volvió y le entregó un condón dibujado con espermatozoides llenos con las palabras de despedida, “Esto es todo lo que debía.”

Sí. Eso fue Dali. Era muy colorido y rimbombante, pero probablemente sobre todo, le gustaban los golpes. Esta era, después de todo, el mismo hombre que con su esposa Gala, se presentó en un baile de máscaras en Nueva York vestido como el bebé Lindbergh y secuestrador.

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Y como no podía ser menos, la casa de Salvador Dalí en Cadaqués, España, también es provocadora y extraña.  Convertida ahora en el Museo Salvador Dali, la casa (o más bien las casas ya que Dalí compró 7 casas de pescadores y les había reformado para convertirlas en un museo) es una clara evidencia de su personalidad desbordante, controvertida y muchas veces contradictoria.

Los visitantes son recibidos en la entrada por un oso polar de peluche – un centinela algo macabro y estridente que se alza allí luciendo collares adornados, y llevando de sombrero una lámpara. Completando la taxidermia (al menos en este cuarto), hay un búho de peluche con la mirada fija en el camino de entrada. Un sofá en forma de labio se ubica a la derecha de la sala.

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Un poco más adelante, siguiendo con el recorrido, tres cisnes que Dalí tenía como animales de compañía velan por la calma de la biblioteca. Dali aparentemente los amaba tanto que en un punto (cuando vivían por supuesto) los tenía equipados con cascos colocados con velas para que pudiera verlos deslizarse en la bahía por las noches.

La casa es una serie de escaleras de caracol y estanterías, cada una con baratijas y muebles extraños e impares pero que representan en cierto modo lo que Dalí quería a cada instante: Provocar, llamar la atención, movilizar el ánimo, a cualquier precio.

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