Siguiendo los pasos de Darwin: un recorrido único en la Patagonia

La frase “No creo haber visto en mi vida lugar más aislado del resto del mundo que esta grieta rocosa en medio de tan extensa llanura” podría usarse hoy como una clara definición de Puerto Deseado, a pesar de que ha pasado mucho tiempo desde que el naturalista Charles Darwin dejó plasmado en sus escritos lo que sintió al descubrir el lugar que hoy lleva su apellido.

En un una zona detenida en el tiempo, a unos 40 kilómetros al norte de Puerto Deseado en Santa Cruz, se encuentran los Miradores de Darwin, los que se abren sobre un abrupto y ancho cañón rojizo de cientos de metros de altura que culminan en un curso de agua clara y desde donde se pueden tener vistas extraordinarias de la unión del río Deseado con el el Mar Argentino y sentir la tranquilidad que transmite la inmensidad del desierto patagónico.

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Los promontorios que se elevan a unos 42 kilómetros de esa comuna de la costa norte de Santa Cruz, donde la ría se convierte en río Deseado y brindan unas vistas inigualables panorámicas del cañón.

Para recorrer el lugar se puede hacer una excursión por agua, que recorre los sitios por donde pasó Charles Darwin en 1833 en su viaje a bordo del Beagle. Se remonta la ría hasta su final en gomones semirrígidos y se navega por el cañón del Río Deseado. Luego se sigue con una caminata hasta los miradores que describió Darwin en su diario.

Pero también se puede llegar por tierra en una excursión que toma cuatro horas para ir y volver. Esta opción implica pasar a través de la estancia La Aurora, a 70 km de Puerto Deseado; en el trayecto se pueden ver guanacos, choiques, piches y otros ejemplares de la fauna patagónica.

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La estancia, ahora en remodelación, permite a los visitantes hacer una pausa antes de llegar a los miradores y también disfrutar de la comida típica de esa zona, el cordero patagónico, en un salón de esquila que mantiene la fisonomia de los años 20, cuando esa actividad era rentable.

La cima de alguno de los Miradores de Darwin se alcanza luego de caminar unos cientos de metros desde la estancia y allí es posible y hasta necesario sentarse y admirar la inescrutable anchura del horizonte, quizás lo mismo que deslumbó a Darwin y a todos sus acompañantes hace casi dos siglos.

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