Cataluña: las protestas contra el turismo masivo abrieron un debate sobre el futuro de Barcelona

La Barceloneta arrastra otros barrios a la calle contra el turismo de masas

La sobreexplotación de Barcelona como destino turístico es hoy uno de los principales problemas de los residentes de la ciudad condal, quienes desde hace 7 años protestan contra el encarecimiento salvaje de los alquileres y la masificación turística.

Reclaman un modelo que aporte más beneficios para los barceloneses

Para el turista recién llegado puede resultar un poco chocante, pero el mensaje “Tourist Go Home” (Turistas vayan a casa) no responde a un brote de turismofobia o xenofobia, como están alertando en los últimos días algunos medios de comunicación.

Quizás otras pintadas que ya son un clásico en la capital catalana como “Barcelona no está en venta”, explican mejor el fenómeno que está llevando a una reacción cada vez más fuerte por parte de los residentes que viven en la hermosa ciudad a orillas del mediterráneo, contra las consecuencias de un modelo turístico.

Uno de los principales problemas de Barcelona es la “gentrificación”, lo que significa que el costo de vida -especialmente de los alquileres- suben en los barrios de los centros urbanos de las grandes ciudades, lo que provoca un desplazamiento de los residentes tradicionales de sus hogares, que son ocupados por personas de mayor poder adquisitivo, en su mayoría extranjeros.

“Hay una demanda muy fuerte de gente de alto poder adquisitivo, que son expatriados y que vienen a trabajar a empresas multinacionales, y están dispuestos a pagar cualquier precio”, dijo Virginie Spiteri, una francesa que trabaja en una compañía que se encarga de encontrar vivienda a extranjeros en Barcelona.

La expansión hotelera sin límites y el boom de los pisos turísticos es otra de las razones por las cuales encontrar un departamento para vivir en el centro de la ciudad a un precio asequible supone toda una odisea

Alfonso Molas, mexicano, compartía departamento en el céntrico barrio Gótico y a la hora de renovar su alquiler a mediados del año pasado, le exigieron un precio de 3.000 euros frente a los 850 que pagó los últimos cinco años.

En su manzana ya no quedan más que hoteles, el último construido, pegado a su departamento, es el Hotel The Serras, donde una habitación en agosto, en plenas vacaciones de verano europeas, cuesta casi 700 euros.

Gracias a que la alcaldesa de izquierda Ada Colau decretó una moratoria para evitar la construcción de nuevos hoteles en el casco antiguo, los planes de los empresarios Serras -una familia de la burguesía catalana vinculada a los negocios inmobiliarios-, de comprar el edificio donde vivía Alfonso quedaron truncados.

Pero el suyo es apenas uno de los miles de casos de personas que fueron desplazadas de sus hogares porque no pueden asumir el pago del alquiler como consecuencia del negocio turístico y que, paradójicamente, trabajan vinculados también a ese sector de la economía que ofrece puestos temporales y sueldos precarios que rondan los 1.000 euros.

Jaume, miembro de la Asociación de Vecinos del barrio Gótico, una de las más implicadas en la lucha vecinal, explicó que:

“No estamos en contra del turismo, pero se debe entrar en una fase de decrecimiento porque está cambiando los barrios, está desplazando a los vecinos y la ciudad está perdiendo toda identidad”

El modelo actual es lo que “esta llevando a que el casco antiguo de la ciudad tenga la apariencia de un parque temático que ofrece “tapas” y sangría a los turistas”, subrayó.

El otro frente contra el que lucha el Ayuntamiento de Barcelona es el de los departamentos turísticos “ilegales” ofertados por la plataforma Airbnb, un negocio que la ley ya sancionó con 600.000 euros.

El problema radica en la ola de capitales, principalmente rusos y chinos, que llegan a la ciudad atraídos por la explosión del negocio turístico y compran departamentos o edificios enteros que luego ofrecen al turista, en detrimento de los residentes, que se quedan sin oferta.

El “turismo de borrachera”, mayormente relacionado con las despedidas de solteros de británicos que llegan a Barcelona a través de las compañías “low cost” y actúan de forma descontrolada, minando la convivencia; o también los llamados cruceristas, que desembarcan e invaden la ciudad como hormigas y colapsan todo, son otras de las problemáticas que alimentaron las protestas sociales en los últimos años, con el barrio de pescadores de La Barceloneta como emblema.

Todos estos elementos juntos ponen en riesgo a Barcelona como destino turístico cultural y vanguardista -con la imponente Sagrada Familia como bandera-, y la sitúan al nivel de otras ciudades convertidas en meros mercados de consumo masivo que ofrece servicios de baja calidad.

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