Moreré: piscinas naturales y belleza virgen en Bahía

Aunque queda frente al Morro de San Pablo, todavía sigue siendo desconocida para muchos viajeros

Boipeba queda unos 200 kilómetros al sur de Salvador de Bahía, Brasil, vecina a Morro de San Pablo, una vieja conocida de los argentinos, que llegaban de a miles por temporada. Boipeba, Tinharé (donde está Morro de San Pablo) y Cairú forman lo que a la distancia parece ser una gran isla, pero en realidad son tres separadas por ríos.

Moreré es un pequeño pueblo de pescadores, situado en esta isla tropical remota de la costa de Bahía, llamada Boipeba . Con bellas playas desiertas repletas de palmeras de cocos, rodeadas de piscinas naturales de arrecifes de coral y bañadas por las cálidas aguas del Océano Atlántico del Sur ecuatorial, recibe turistas de todo el mundo.

Con sus largos y soleados días y sus románticas y estrelladas noches, Moreré es un paraíso para pasear, montar a caballo, nadar, bucear, pescar o simplemente para soñar despierto y no hacer nada.

Moreré es un paraíso donde uno puede acceder a los corales más grandes de la zona, además de unas “piscinas” naturales increíbles, que se forman cada día al bajar la marea. Estas “piscinas” son el mayor atractivo turístico de la zona, y llegan barcos en excursión no solo desde Velha Boipeba sino también desde el Morro de Sao Paulo.

En las fotos se ven las playas de Moreré con marea alta y con marea baja y, al fondo, las piscinas naturales. A esas piscinas se llega para bucear y la bienvenida la dan gran cantidad de peces de colores. El agua es clarísima, la visibilidad de muchos metros y la experiencia inolvidable.

Cuando se llega en lancha, se desembarca en Boca da Barra, playa en la que desemboca el río do Inferno, que rodea una parte de la isla e Boipeba. Al lado, en dirección al Sur, aparecen Tassimirim, Coeira, Moreré y Bainema, hasta llegar a Castelhanos.

Para que se tenga una idea del tamaño “de bolsillo” del lugar: en dos horas es posible hacer una caminata a ritmo firme, pero sin estrés, y conocer todas las playas, de punta a punta.

Cuando la marea baja, las piletas aparecen en el medio del mar. Agua cristalina y verde como en el Caribe, con profundidad de uno a dos metros, y fondo de arena blanca.

Los peces rayados negros y amarillos son los primeros que aparecen. El barquero presta máscaras de snorkel y es posible distraerse horas flotando viendo esponjas marinas, pulpos y varios tipos de peces.

Quien disfruta la comida de mar puede pasarla muy bien en Boipeba. Mientras se está en las piscinas naturales llegan las lanchitas trayendo pescado fresco, langostas y camarón pistola. Se puede comprar un kilo de langostas y pedirle a los pescadores que la hiervan para comerlas allí mismo, acompañadas por una cerveza o un coco helado.

El recuerdo más inolvidable que los visitantes se llevan es el silencio. El único ruido es el de los pájaros carpinteros, que es como si tocaran un tambor en un árbol hueco. Una isla para darse el gusto de estar, por un tiempo, bien lejos de todo.

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