Momentos en las Islas Malvinas: emociones profundas

A comienzos de febrero, tuvimos la oportunidad de estar por unas horas en las Islas Malvinas. La movilización fue muy grande y sentimos la necesidad de transmitir a través de breves textos escritos mientras estábamos en Malvinas, algunas de nuestros intensas emociones.

No hay en esto intencionalidad política alguna. Sencillamente compartimos vivencias y sensaciones sin más certeza que la de considerar la guerra como una de las más siniestras (sino la peor) facetas de la historia de la humanidad.

Anclados frente a las Islas

La mirada busca esa tierra que sentimos nuestra y penetra el inevitable manto de neblina que suele cubrirla.

La llovizna fría cede lentamente. Un pequeño claro entre las espesas nubes muestra algo del celeste de un cielo que no se rinde.

Lentamente el día despeja. Aparecen los contornos ásperos de la costa, acantilados y montañas, barcos abandonados y las casas del puerto al final de la bahía.

La emoción es profunda

Nos acompaña en todo momento el recuerdo de esos chicos argentinos que perdieron la vida o quedaron marcados para siempre por el delirio de dictadores criminales y delirantes

Vive a la vez en nosotros la certeza de estar en un pedazo del territorio de la Patria, esa palabra que, en Malvinas, adquiere de pronto otra perspectiva.

Son apenas las primeras sensaciones de un día distinto.

Reflexiones luego de la excursión de la mañana

Lo que conmueve es pensar en tanto chico enviado a morir, o en los sobrevivientes cuyas vidas cambiaron para siempre, más cuando antes de ayer contemplábamos monumentos a los caídos como el de Madryn, donde el dolor y la bandera tienen otro significado.

Venimos de una excursión a una colonia de pingüinos en el medio de la nada (TODO acá está en el medio de la nada). El suelo es pantanoso, casi no hay lugar donde se pise en firme.

Páramo desolado, algunas formaciones rocosas y montañas bajas a lo lejos, mar, frío, viento y la niebla, siempre agazapada

Es forzoso imagina a esos muchachos de 18 a 20 años tratando de entender qué es la guerra, sin siquiera preparación ni equipamiento adecuado y la mezcla de angustia y bronca crece.

Muy fuerte la experiencia. El dolor y la tristeza destiñen los bellos paisajes.

El pueblo y la despedida

A la tarde recorrimos el pueblo de menos de 3000 habitantes.

Se fue el sol, que no visita muy a menudo Malvinas. Llegó el viento, un habitante permanente. La sensación de frío, de un lugar duro, áspero, hostil para vivir se acentuó.

Las emociones son variadas y los pensamientos contradictorios

Estuvimos con gente cuyos tatarabuelos nacieron en las islas. Se advierte una reivindicación dura de los kelpers respecto de su historia y pertenencia, no a Gran Bretaña sino a las islas. Da para pensar y analizar largamente.

La única certeza, lo que no admite duda alguna es el horror de la guerra, el recuerdo de los cientos de chicos caídos y de los miles con huellas imborrables en sus vidas.

Haber generado la guerra (las guerras en general son absurdas, para la de Malvinas habría que encontrar un adjetivo más duro) es definitivamente imperdonable. No bastan las palabras para calificar a los grotescos y canallescos personajes que la desencadenaron.

Para los argentinos –en especial para los de nuestra generación- Malvinas es, por sobre todas las cosas, una herida que no cierra

Con el dolor a flor de piel caminamos las calles (limpias, prolijas, breves) de la que por menos de dos meses se llamó Puerto Argentino.

Y nos despedimos con el profundo deseo de lograr una solución al conflicto abierto con la ocupación colonial de las Islas hace ya 184 años del único modo que podemos imaginar: en paz y contemplando los derechos de todos los involucrados.

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