Las redes sociales no deberían ser el escenario donde los jóvenes gestionan su dolor

En los últimos días, dos adolescentes se quitaron la vida ante los ojos ciegos del mundo. Alejandro Schujman, psicólogo especialista en adolescencia y crianza, explica que los niños y jóvenes no sufren “de un día para el otro” y “no piensan en morir sin antes dar indicios que podrían permitir tomar recaudos, pedir ayuda profesional, desarticular aquellas estructuras que los agobian”. Una nota que todos los padres debemos leer para empezar a ver lo que nos cuesta.
«Primero se llevaron a los judíos,
pero como yo no era judío, no me importó.
Después se llevaron a los comunistas,
pero como yo no era comunista, tampoco me importó.
Luego se llevaron a los obreros,
pero como yo no era obrero, tampoco me importó.
Más tarde se llevaron a los intelectuales,
pero como yo no era intelectual, tampoco me importó.
Después siguieron con los curas,
pero como yo no era cura, tampoco me importó.
Ahora vienen por mí, pero es demasiado tarde.»
Bertolt Bretch

Un abrazo, una mirada, una presencia amorosa y firme contienen.
Un padre y una madre atentos contienen.
Amigos presentes en la cara a cara, cuerpo a cuerpo y codo a codo, contienen.
Las redes sociales relacionan, acercan, comunican, pueden ser trampolín de lo virtual a lo real y algunas cosas más, pero nunca jamás de los jamases son vehículo de amor. No contienen.

Y nuestros chicos, una vez más, en un siniestro cuento de la buena pipa, están gestionando el sufrimiento a través de las redes.

Esta generación de padres no soportamos que los chicos sufran y taponamos de todas las maneras ese sufrimiento, dándole más de lo que podemos a veces y mucho menos de los que necesitan en otros casos.

Fue la ballena azul hace unos meses que circulaba, decía yo, fuera de los océanos, habilitada por la mirada tibia de padres que miran sin ver –amorosamente quizás, pero miradas vacías al fin-, generando niños en sombra.

No dejamos que nuestros chicos sufran, somos padres que taponamos. No les enseñamos a gestionar el malestar, no les enseñamos a crecer y, cuando tienen que ver qué hacen con el sufrimiento, se mueven al límite de sus posibilidades.

Y ésto empieza no a los 12, no a los 14, cuando la adolescencia cobra mayor intensidad en el riesgo del pasaje al acto: empieza a los cinco años, a los tres, o con el nacimiento.

Cuando los padres negamos o miranos a nuestros hijos a través de los ojos de las pantallas, pecamos por omisión

No ofrecemos nuestra oreja a nuestros chicos y ellos van a buscar otras. Y hoy la vía regia para el “decir”, para el comunicar sin comunicar, es la de la gestión de las emociones a través de las redes sociales, a través del ojo del Gran Hermano.

En apenas días, dos noticias de jóvenes que se quitan la vida: en La Plata, en Estados Unidos y con transmisión en real time. Dos más, dos nuevas muertes evitables, absurdas, descarnadas.

Una chica que desesperadamente da fin a un sufrimiento sin dudas insostenible pone coto a su impotencia al suicidarse descerrajándose un disparo frente a sus amigos del colegio.

Cuando Lara -y no voy a opinar por prudencia básica, dado la particularidad de este caso- se inmola, se dispara delante de sus compañeros, lo que me vuelve como siniestro (aquello familiar vuelto extraño) es que elija el lugar en el que seguramente más contenida se haya sentido para pedir una ayuda que, tardía y fallidamente, no iba a poder llegar.

Una vez más, otra vez, y me pesan los dedos para escribir estas palabras, el gran tema de estos tiempos: la soledad de nuestros jóvenes

Otra vez más, los padres tibios. Adultos que no pueden acompañar o no saben cómo gestionar el sufrimiento de los chicos, amplificando el daño del bullying.

Los chicos siempre -y esto lo he dicho en charlas, en artículos periodísticos y en mis libros- siempre dan señales de su padecimiento. No sufren “de un día para el otro”, no piensan en morir sin antes dar indicios que podrían permitir tomar recaudos, pedir ayuda profesional, desarticular aquellas estructuras que los agobian.

Debemos entender qué es lo que, desde nuestros chicos, no estamos sabiendo ver, escuchar, percibir, acompañar para que las noticias nos sorprendan, nos horroricen, con tragedias que en muchos casos pueden ser crónicas de una muerte anunciada, y previsible.

Lo maternal y lo paternal tienen que ver con contener, con dar señales, orientar y promover aquellos puntos de anclaje en los que nuestros chicos puedan encontrar los caminos del crecer. Y estamos delegando parte de esta autoridad en las redes sociales

Se forman en las redes sociales grupos de pertenencia; se entrelazan allí lugares de anclaje que les dan identidad a los chicos y seguimos, los adultos, dejando sillas vacías, esenciales, críticas, irreparables cuando pasan cosas como la muerte.

Con drogas, con picadas, con accidentes, con suicidios… Se nos siguen matando chicos y los adultos vamos a tener que decidir y elegir: o lo vemos por los portales de noticias o dejamos los miedos absurdos y las tibiezas de época y nos ocupamos de lo que tenemos que garantizar. Es nuestra tarea, nuestro deber, que los chicos crezcan con las herramientas que -como compromiso ineludible- los profesionales, docentes, padres y adultos en general debemos darles.

Para que vengan por nosotros sin que sea tarde.

 

Por Alejandro Schujman, psicólogo especialista en adolescentes. Autor del libro Generación Ni Ni y coautor del libro Herramientas para padres. Autor del espacio Escuela para Padres en Buena Vibra. Su sitio.

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