Messi no se fue, lo echamos: triste postal de un país que devora a sus ídolos

¿Cómo convencer a nuestros chicos que lo que importa es competir, divertirse, poner lo mejor de uno cuando nos fagocitamos a nuestros ídolos? ¿Cómo hacer para que los miedos más importantes en los jóvenes dejen de ser el de fracasar y decepcionar a los padres?
Difícil en esta sociedad caníbal.

Tenemos al mejor jugador del mundo, a un dotado, talentoso, único. Verlo jugar nos llena el alma y los ojos. Pero no alcanza, nada alcanza, salir segundos es sinónimo de fracasar, solo vale ser campeón.

El fútbol es solo un juego (o debería serlo), pero hay algo más que ponemos en circulación cuando la pelota rueda. Y son las frustraciones, viejos fracasos o, peor, intentos que ni fueron embriones de sueños, que murieron antes de ser gestados.images

Lo esencial de la vida, pasa por otro lado, no dudo de eso. Pero ¿qué se pone en marcha en el inconsciente colectivo cuando se incrementan los infartos en épocas de mundiales de fútbol?

Ayer Messi pateó ese penal con la cabeza, con el miedo, con la presión de tener que demostrar que no “se esconde” en las finales. Estamos muy enfermos, país, si el tipo que nos deslumbra tiene que dar examen cada vez que se pone la celeste y blanca.

Estamos enfermos de creer que el éxito es levantar copas… ¡Cuánto nos empequeñece eso!

Me duele, pero más que por Messi y la Selección, me duele por todos nosotros, que nos creemos y vivimos la vida a través del ojo del Gran Hermano, dejando pendiente el valorar y levantar nuestros pequeños trofeos cotidianos. Como decía Oscar Wilde: “Este no es el ensayo, es la obra”.

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Lio no renunció, lo echamos. Lo dejamos afuera cuestionando una y otra vez su pertenencia: si canta el Himno, si con la del Barsa juega mejor, si siente o no siente la camiseta… Cuánto disparate, cuánto patriotismo narcisista mal entendido.

¡Como si nos debiera algo Lionel Messi, por favor! Somos nosotros los que le debemos mucho a él. Y no: por el contrario, exigimos. Y caemos en comparaciones absurdas: ¿Messi o Diego? Disparates de un pueblo que a veces confunde, castiga y devora ídolos.

Escribí hace muy poquitos días una reflexión acerca de una foto que dio la vuelta al mundo. Un entrenador de básquet infantil, besando la frente de uno de sus dirigidos.
La historia, muy sencilla. El pequeño estaba por tirar los dos últimos libres del partido, que podían definir el partido, erra el primero y rompe el llantobasquet. Su entrenador entra a la cancha, y le dice: “Respira, quedate tranquilo, lo que vos hagas va a estar bien”. Le besa la frente, y esa foto recorrió el mundo y se viralizó. El pequeño apuntó y convirtió el segundo, aunque era lo de menos. Lo importante era la contención, poner lo esencial por delante del resultado. Y ahí estuvo el hombre.

Está claro que una cosa es el mini básquet y otra muy distinta el fútbol mega profesional, pero si algo de este cuidado hubiéramos tenido, quizás hoy teníamos otra copa América en la vitrina de la AFA. Es más, me animo a decir… El penal no lo erró Messi, lo desviamos todos nosotros, poniendo en un botín una carga desmedida, descomunal.

El penal no lo erró Messi, lo desviamos todos nosotros poniendo en su botín una carga desmedida, descomunal

Ojala nos sirva de algo, soy un optimista empedernido, pero cuando se trata de los pueblos, los aprendizajes son más costosos… Yo seguiré diciendo que lo que importa es jugar, que el fracaso es no intentar, es solo un granito de arena, chiquitito, pero es algo.