Abuelos al rescate: los niños necesitan volver el tiempo atrás

La lluvia invita a encontrarse, café mediante. El bar se ha llenado de familias, parejas, grupos de amigos y también de solitarios con pantallas.

Llegan ellas, son tres. Por los abrazos y gritos de alegría es un reencuentro de amigas que no se ven hace tiempo. La de rostro cansado trae a su hijo, Agustín. Eligen mesa calculando los obstáculos porque el niño recién comienza a caminar.

Apenas se sientan activan rituales: hablan al mismo tiempo, ríen, comparten fotos y repiten “¡Qué bien que estás!”.

El mozo espera paciente el pedido, aunque nadie decide. Agustín, sofocado por el abrigo, comienza a quejarse, lo que incomoda a las amigas, atrapadas en una charla impostergable. La madre intenta distraerlo con sobres de azúcar que, en segundos Agustín muerde regando el entorno de blanco. El mozo, ya impaciente, hace crujir la suela de los zapatos en el piso azucarado.

Finalmente, piden cortados y medialunas. El mozo se aleja gruñendo. Alternan susurros, exclamaciones y gritos espasmódicos; están alegres y lo demuestran. Agustín llora porque ahora quiere un florero de vidrio que adorna la mesa. La amiga joven (que no tiene hijos) se lo acerca, y al instante estalla contra el piso. Asustada, la madre revisa al hijo para ver si se lastimó. Ni herido ni preocupado, Agustín ríe. Entre suspiros el mozo busca una escoba.

“Es tremendo”, murmura la madre compungida, “quiere todo, toca todo, ¡no para!”.

La amiga mayor (que tiene dos hijas) sentencia: “Los varones son así… ¿lo hiciste ver?”

“Sí. El pediatra dice que está perfecto, pero me mandó al neurólogo”, responde ella, mientras intenta convencer al hijo que no muerda una taza. A cambio le ofrece cucharitas pero él las rechaza gritando. Para distraerlo -ahora está sentado sobre la mesa- le ofrecen un servilletero. Habían quedado a mitad de la última desventura amorosa de la amiga joven, que se desvive por contarla.

Suena un celular y las tres se distraen. En ese instante Agustín hace lluvia de servilletas y se arquea lanzando un chillido. Aunque no llega a golpearse, asusta a muchos. La madre resopla y decide desabrigar al hijo que, desde que llegó, transpira a mares. Ella quiere estar con sus amigas pero ¿cómo? “¡Claro, el video de Piñón Fijo!”, piensa. Había olvidado este último recurso y acordarse la reanima.

“Perdoname, pero ¿qué dijo el neurólogo?”, recuerda la amiga mayor. “Nada, sólo pidió estudios”, explica, buscando el video en el celular a la vez que seca el bracito de Agustín, sumergido en un vaso de soda.

Más aliviado y con la vista clavada en Piñón, el niño se tranquiliza; las mujeres retoman la charla. Vuelven a reír y a gritar. La pareja de una mesa vecina suplica por que bajen el volumen (de la charla, de “chu-chu-a” o de ambos). Como cumpliendo el deseo, Agustín arroja súbitamente el celular al piso. Lagrimeando, la madre pide auxilio pero sus amigas no saben cómo.

Desde otra mesa se acerca una señora. Sus canas, sus lentes y su sonrisa transmiten paz. Explica que es abuela y ofrece ayuda. Aceptan sin dudar. La señora extiende las manos y el niño se acerca mansamente. A ritmo lento y de la mano comienzan a caminar por el bar. La concurrencia suspira y agradece.

Con paso cauteloso, llegan a un rincón adornado con flores. Agustín mira a la abuela esperando autorización; ella sonríe, él pasa su mano suavemente por los pétalos y nada es dañado. El paseo lo ha cansado y Agustín no tarda en dormirse en brazos de la abuela.

Las amigas siguen hablando; esperan otro café.

El mozo sigue mirando; espera limpiar la mesa.

La abuela sigue cerca; espera haber ayudado.

Y la infancia sigue resistiendo, a la espera de sus espacios, sus pausas y sus tiempos.

 

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