“Dejemos descansar al guerrero”: ejercer el bien nos aleja del mal

Que no quepa la menor duda: Satanás sabe (por diablo y por viejo) cuánto le sirve el hecho de que haya tanta gente luchando contra él de mil variadas formas.

Sabe el dueño de los oscuros infiernos que, ocupados como están los hombres en la lucha contra lo maligno (sea la que fuere la forma que lo maligno tenga), pocos quedarán disponibles como para hacer el bien.

Esto último: que se haga el bien, es, sin dudas, lo único que desvela y preocupa al antiguo Luzbel, ángel caído en desgracia debido a un muy añejo problema de autoridad, competencia y límites con su Padre.

Mientras haya muchos que se ocupen de luchar en su contra, generalmente con sus mismas armas, el siempre atareado demonio estará tranquilo. Todo andará “bien” para el “mal”.

Dicen los que saben que al bien no se lo busca a través de, justamente, los instrumentos propios de su sombra (el mal) sino que, en todo caso, se le abre la puerta, se lo ejerce, se lo cultiva, se lo goza

Hasta hay quienes dicen que el mal no existe, ya que es simple (o no tan simple) ausencia de bien, es decir: al igual que la oscuridad, que se define por ausencia de luz, el mal es ausencia de bien y así se lo puede entender.

De hecho, cuando entre dos habitaciones contiguas, una oscura y otra iluminada, abrimos una rendija en la pared que las separa, no es la oscuridad la que pasa de un lado a otro, sino que es la luz la que penetra.

Bien y mal no son River contra Boca. No hay entre ambos equivalencias, ontológicamente hablando, por más que así quieran verlo muchos.

Sin embargo, la cruzada bélica en contra de los males del mundo (o en contra del mundo, vaya uno a saber) aflora hasta en campos a veces muy ajenos al de la bárbara y muy conocida batalla contra el Eje del Mal, llevada adelante, misiles mediante, en contra de pueblos de oriente hoy malheridos.

Por ejemplo, las religiones instituidas tienen, todas ellas, sus cruzados, sus afanosos guerreros que dicen custodiarlas con prácticas que suelen llamarse fundamentalistas. Actúan como si Dios hubiese tenido que luchar contra algo o alguien para crear lo que creó. Sin embargo, su divino descanso el séptimo día no se debió a batalla alguna. Se parece más al descanso del artesano o al del agricultor al finalizar una jornada, que al del guerrero.

Otro ejemplo de la mirada bélica de la existencia la ofrecen los mejores -y no tan mejores- políticos, quienes se ven a sí mismos como “luchadores”, usando para sus prácticas metáforas de orden épico y guerrero que poco tienen que ver con la vida civil. Una vida que está relacionada con la construcción de lazos, afectos, recursos y, sobre todo, la generación de los profundos sentidos comunitarios que fundan las naciones.

Por otra parte, y para continuar con el acotado muestrario de la intensa lucha contra el mal que apabulla nuestra vida cotidiana y, paradójicamente, deja huérfano al bien, digamos que la temida Inseguridad (que ya puede llevar mayúscula) es también un tema más que significativo en este mismo sentido.

La Seguridad (también con mayúscula) según su actual acepción, consiste en evitar la acción delictiva luchando directamente contra ella.

No se centra, por ejemplo, en promover la honestidad o acrecentar la inteligencia de la confianza y la generosidad social (instancias, sabemos, que estimulan la capacidad inmunológica y sanadora de una comunidad) y se aboca a la nunca suficiente seguridad armada. Una suerte de canto a la paranoia, fundado, sin embargo, en el terror que generan las estadísticas irrefutables del creciente delito. Claro está que las sociedades agobiadas por el miedo no piensan, reaccionan, pero eso es otro tema.

Vaya a saber cuántas rejas habrá que colocar a nuestra vida para que el mito de la Seguridad se haga realidad. Luchando contra la delincuencia se logra, a veces, detener a los delincuentes, pero no se logra promover la salud social, fundada, como sabemos, en lo solidario. Sin promoción de valores solidarios, la lucha contra el delito y la corrupción será una agobiante y eterna letanía plena de frustración y, de paso, el negocio de unos pocos.

La metáfora guerrera no es la más adecuada para acompañar la forja cotidiana del llamado Bien

Dejemos descansar al guerrero. Es que el pobre batallador, por mejores intenciones que tenga, termina nutriendo aquello que desea combatir. Quizás, en función del bien haya que apuntar a la metáfora del jardinero, que tiene el coraje de regar las plantas, esperar sus tiempos, podar cuando hay que hacerlo, actuar en armonía con la naturaleza, sin tener que demostrar virtud alguna.

No la demuestra, la ejerce.

Ejerce, entre otras, la virtud de la confianza en lo que no se ve, pero está allí. Como el germen de la semilla, que espera la estación propicia para brotar.

Desesperados nos quiere el también criollamente llamado Mandinga. El sabe que desesperados en la lucha eterna en su contra perderemos el sentido de todo.

Será él, el dueño del mal, el dueño del sentido de la existencia. Lo que sería, sin dudas, una pena y un desperdicio, con tantas cosas buenas que hay en la vida.

 

  • Miguel Espeche es psicólogo y psicoterapeuta. Autor del libro “Criar sin miedo”. Su sitio. En Twitter: @MiguelEspeche
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