Entrenar al cerebro: cómo enseñarle a no sufrir estrés

Según surge de la investigación realizada por científicos del Instituto Max Planck de Ciencias Cognitivas y del Cerebro en Leipzig, Alemania, cuyos resultados se publican en Science Advances, la meditación cambia la arquitectura de algunas zonas del cerebro y consigue mejorar las habilidades sociales y reducir los niveles de ansiedad.

Los investigadores pudieron comprobar que las terapias de conciencia plena –o mindfulness, en inglés reducen la percepción subjetiva del estrés, y por otra parte aumentan la capacidad de concentración.

Sin embargo, hasta ahora, no estaba claro qué tipo de práctica mental produce qué efecto y cuáles son los procesos subyacentes de los efectos detectados, y eso lo que aporta de nuevo esta investigación.

En el estudio participaron 313 voluntarios -sin experiencia previa en esta clase de intervenciones- que siguieron un programa de entrenamiento de nueve meses, dividido en tres módulos de tres meses cada uno. Cada módulo consistía en un tipo de ejercicios utilizados para paliar el estrés, cuya eficacia no había sido probada con tanto rigor hasta este estudio.

El primer módulo estuvo dedicado los factores de conciencia y atención plena, en el cual los participantes realizaron técnicas básicas de meditación, respiración y atención a las sensaciones.

Las otras dos partes del entrenamiento requerían la interacción de dos participantes, desconocidos entre sí, que debían compartir experiencias personales durante diez minutos día tras día, además de realizar otras tareas.

El segundo se centró en las competencias socio-afectivas, como la compasión, la gratitud, la empatía o la gestión de emociones difíciles. En este programa los participantes tuvieron que trabajar en parejas para compartir sus emociones.

Y en el tercer programa, centrado en actividades socio-cognitivas, como la autopercepción y adquirir la perspectiva de los otros, los participantes aprendieron a tomar diferentes perspectivas de aspectos de su personalidad a partir de experiencias subjetivas, que compartían a través de ejercicios específicos y en parejas.

A continuación, los investigadores analizaron cómo había cambiado el cerebro de los participantes tras el entrenamiento, y observaron que cada módulo produjo cambios en áreas distintas.

Los resultados revelaron que todos los tipos de entrenamiento hacían que los individuos se percibieran menos estresados durante la prueba. Sin embargo, sólo el segundo y el tercer módulo, que implicaban el desarrollo de capacidades de interacción con otras personas, disminuyeron los niveles de cortisol.

Mediante un examen de estrés psicosocial, se descubrió que la secreción de cortisol, la hormona del estrés, disminuyó más de un 51%, aunque solo tras acabar los dos programas centrados en desarrollar competencias sociales. No se percibió esa bajada al acabar el primer programa, destinado a fomentar la atención. Sin embargo, al terminar cada uno de los tres programas, sí se había reducido la percepción subjetiva del estrés.

La secreción de cortisol, la hormona del estrés, disminuyó más de un 51% tras acabar los dos programas centrados en desarrollar competencias sociales

“El compartir diariamente información personal con un desconocido, unido a la experiencia de escuchar empáticamente y sin juzgar, habría ‘inmunizado’ a los participantes frente al miedo a ser avergonzados y juzgados por otros, un desencadenante típico del estrés social”, declara Veronika Engert, primera autora de uno de los artículos, en un comunicado difundido por el Instituto Max Planck para las Ciencias Cognitivas Humanas y del Cerebro.

Los resultados, concluye Singer, muestran que cualquier adulto sano pueden mejorar competencias sociales cruciales necesarias para el éxito de la interacción social y la cooperación reduciendo el estrés a través de la meditación, y que cada ejercicio mental tiene un efecto diferente en el cerebro, la salud y el comportamiento.

“Dependiendo de la técnica de entrenamiento mental que se practique, cambiarán de forma significativa estructuras cerebrales específicas y los marcadores de comportamiento vinculados a ellas “, destaca Sofie Valk, autora principal del artículo

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