La mirada de los otros, un espejo con mucho agobio y poca plenitud

– Vivo con unos niveles de angustia muy altos.

– ¿Por qué? Quiso saber el Maestro.

– Siempre tengo que estar esforzándome. Y vivo todo el tiempo con la angustia de perder las oportunidades que van surgiendo.

– Agotador…

– Sí, balbuceó el discípulo entre lágrimas.

– ¿Y cuál creés que es el objeto de tu esfuerzo?

– Llegar adonde quiero llegar.

– ¿Y adónde es eso?

– Me da vergüenza…

El Maestro lo miró con ternura.

– Ser reconocido… Poder ganar mucho dinero haciendo algo que me guste y los demás valoren…

–  Cuánto peso en la mirada de los demás… ¿No?

– Nadie debería necesitar aplausos, continuó el Maestro.

– Me falta paz…

– Y la buscás en un lugar en el que no la vas a encontrar.

– ¿Por qué?

– Porque la verdadera paz no se consigue logrando cosas -ni siquiera ser reconocido-. Se logra sabiendo quién sos, y estando contento con eso. Saber que uno está bien tal como es.

Cuando el discípulo escuchó la frase “saber que uno está bien tal como es”, se emocionó. ¿Sería posible? ¿Cuál era la programación que en cierto sentido reprobaba el presente y lo impulsaba permanentemente hacia adelante, obligado a ser alguien distinto del que era? Él sentía que así como era, no estaba bien. En el mejor de los casos, lo estaría si cumplía sus objetivos. Como si el potencial de ser estuviera condicionado a ciertos logros.

– ¿Es posible? Preguntó con gran escepticismo.

– Buscás algo que te sacie. El problema es que estás buscando en el lugar equivocado, porque ese hambre no se sacia. Al revés, el agujero se hace cada vez más grande. El ser se calma siendo, y no, teniendo o logrando.

– ¿Por qué decís que se agranda?

– Apenas logramos el objetivo propuesto, percibimos con claridad que no nos brinda lo que esperábamos. Entonces, resulta inevitable sentirnos mal. Peor aún, registramos que debemos seguir esforzándonos para mantener ese logro, sintiendo pánico de perderlo. Todo pese a saber que no nos da la paz que tanto deseamos.

– Me encantaría estar en paz conmigo mismo. No tener que seguir esforzándome todo el tiempo. Si pudiera flotar… No tendría que estar todo el tiempo nadando para evitar hundirme. Es agotador…

– La ironía de tu metáfora es que los seres humanos flotamos. Los que se ahogan es porque se angustian tanto que terminan hundidos por sus propios esfuerzos por salvarse. Si se quedaran tranquilos, flotarían.

En el mismo sentido, no necesitamos hacer algo para ser. Y, sin embargo, la mayoría de las personas pasa toda su vida empujando.

– Qué triste no poder parar aún sabiendo todo ésto. Siento que si no lucho, me muero.

– ¿Si no luchás por ser alguien destacado te morís?

La pregunta del Maestro caló hondo. Era tan absurda como la vida del discípulo.

– No te rías…

– Como me voy a reír si todos tenemos esa enfermedad… ¿Qué sentís que pasaría si dejaras de esforzarte para sobresalir?

El discípulo sintió una mezcla de paz y angustia.

– Siento que me quedaría sin el pan y sin la torta. O sea, perdería el tren para ser alguien reconocido, sin por ello ganar una mejor vida.

– ¿Y no te parece que esa es tu trampa?

–  ¿Cuál?

– Por temor a quedarte sin nada, vas a terminar logrando lo que no te sirve.

– ¿Y qué hago?

– Darte cuenta del tema y poder contarlo, ya es un enorme avance.

– Pero no alcanza…

– De esto se trata vivir. La vida no es un objetivo a alcanzar sino un camino a transitar. Y el tema que estás planteando es el más recurrente de los problemas humanos: el proverbial anhelo de ser reconocido, que no es mas que una manifestación de la desesperada búsqueda de amor.

– ¿Y entonces?

– Qué ansiedad, mi amigo. Aflojate un poco. Estás bien como sos.

Como todas las personas, tenés problemas. No porque seas idiota, sino porque estás vivo. No te obsesiones en resolverlos porque será peor. Simplemente observalos y cada vez que se manifiesten y puedas, date cuenta.

– Es una hoja de ruta bastante tranquila…

– Como decía un excelente terapeuta, “el esfuerzo, para los constipados.”

 

Por Juan Tonelli

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