“La vida que aprendo”: por qué priorizar lo importante sobre lo urgente

A medida que pasan los años la vida te enseña que algunos somos tan rebuscados y quejosos que necesitamos que nos llegue algún tipo de ultimátum para dejar de poner lo urgente por encima de lo importante. Y es ahí, recién ahí, cuando priorizás a conciencia y en profundidad, o cuando pasa algo serio que te parte definitivamente al medio, que te agarra un ataque de lucidez tan grande que hasta le darías las gracias al puto ultimátum.

Cuando estés ahí, acordate de estas palabras. O leélas ahora, antes de que el golpe llegue, y prevení, sé feliz antes…

La vida que aprendo…

Que la gente que en circunstancias normales ya es extraordinaria, en casos extraordinarios consigue el milagro de que todo parezca normal. Que no hay elogio mayor que ser acusado de ingenuo por un cínico.

Que nada cura más que saberte y sentirte amado. Y que cerca de la gente que sufre, recibes un montón de lecciones de dignidad.

Que fingir que no pasa nada acelera lo que no quieres que te pase. Y que una decisión tan sencilla como quedar con los que amas y alejarte de los que te hacen la vida imposible te acerca bastante a la felicidad.

Que perder el miedo a cosas absurdas es una delicia, lástima que hayas tenido que pasar por un miedo más grande y nada absurdo. Y que los sentimientos bonitos por la gente que nos importa los tenemos que expresar cara a cara más a menudo.

Que cuando la vida se complica, se multiplican las oportunidades de aprender de personas increíbles. Y que no debemos desaprovechar ninguna ocasión para reír, llorar o para darnos un buen abrazo.

Que aceptar las limitaciones tiene un lado doloroso y otro liberador. Te puedes dedicar en cuerpo y alma a lo que te queda, si aprendes a dejar de lamentarte por lo que pierdes.

Que cuando se cierra una puerta se abren solitas un montón de ventanas. Que la amabilidad puede ser la idea más revolucionaria. Que en lugar de maldecirnos los huesos deberíamos celebrar este esqueleto que nos aguanta.

Que hemos venido aquí, aunque lo disimulamos muy bien, a amar y a ser amados, y por tanto, a cuidarnos. Que se necesitan médicos y maestros con visión vanguardista, que en lugar de dedicarse solamente al pedacito que se les ha asignado, sean capaces de tomar distancia y ocuparse de las personas por completo, de los pies a la cabeza.

Que la persona con la que puedas llorar y que te haga la compañía adecuada es, por fuerza, un muy buen amigo. Que sin confianza no hay motivación, porque confiar a menudo da más frutos que vigilar.

Que me seducen los voluntarios que curran. Los que saben que todo es un desastre y que todo puede ir muy mal. Y que, por eso, se arremangan. Y mantienen la ingenuidad necesaria para creer que podrán. Porque sin confianza no hay convicción y sin convicción no hay resultados y sin resultados no hay motivos para mantener la ilusión.

Que priorizar significa descartar. Para poder dar el sí entusiasta y posible deberás decir el no contundente y sin culpa al que no cabe.

Que lo peor del miedo es cuando nos hace de piloto, cuando se instala al volante. El miedo a la verdad nos hace mentirosos, el miedo a sentir emociones fuertes nos hace fríos, el miedo al riesgo nos hace tirar demasiadas toallas, y el miedo a morir nos puede impedir vivir.

Que somos más lo que hacemos que lo que decimos, somos más lo que decidimos que lo que pensamos, somos cuando actuamos y no cuando reflexionamos. Que la educación es el arte y el oficio sublime de aprender mientras se enseña y de enseñar mientras se aprende.

Que nos hace falta más mala leche y más esperanza. Nos conviene señalar y denunciar a los culpables, mirarlos a los ojos, no asumir que esto es lo que hay, mostrarles toda la rabia que sentimos. Y simultáneamente ir arreglando con las manos el día a día, desde el inconformismo, con ambición y con la certeza absoluta de que es posible.

Que la belleza está en la mirada, y no existe privilegio más bonito que ser observado desde el amor incondicional y la alegría de vivir.

Que el optimismo es siempre la opción más recomendable y que, cuando las cosas van mal, es imprescindible.”

(Carles Capdevila)

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