El día que dejé de decirle a mi hijo “date prisa”

Cuando llegaba tarde a algún sitio, mi hija insistía en intentar sentar a su peluche en el auto y ponerle el cinturón de seguridad.

Cuando necesitaba parar rápidamente a comprar pan, se paraba a hablar con la señora mayor que se parecía a su abuela.

Cuando tenía 30 minutos para ir a correr, quería que parase para acariciar a cada perro con el que nos cruzábamos.

Cuando tenía la agenda completa desde las seis de la mañana, me pedía que le dejase romper ella misma y batir los huevos con todo cuidado.

Cada vez que mi hija me desviaba de mi horario, soltaba las dos palabras que más usaba con la pequeña: “Date prisa ”. “Vamos a llegar tarde. Date prisa”. Y aunque las palabras conseguían poco o nada para aumentar la velocidad de mi hija, las pronunciaba igualmente. Tal vez incluso más que las palabras “te quiero”.

Era una matona que empujaba, presionaba y acosaba a una niña pequeña que sólo quería disfrutar de la vida. Hasta que un día descubrí que estaba enseñando a mi hija a no disfrutar de la vida. A no sentirla, a no vivirla. Que simplemente la estaba enseñando a correr de un sitio a otro como hacía yo. Fue un descubrimiento doloroso. La verdad duele, pero la verdad cura… y me ayudó a acercarme a la madre y persona que quería ser.

Los primeros días no fueron fáciles. Me temblaba la voz pero fui capaz de mirar a mi hija y decirle: “Siento mucho haberte metido prisa. Me encanta que te tomes tu tiempo, y me gustaría ser más como tú”.

Gandhi decía que en la vida existe algo más importante que aumentar su velocidad pero, en el caos actual, es casi imposible creer que se puede elogiar a la lentitud.

Creo que vivir deprisa no es vivir, es sobrevivir. Nuestra cultura nos inculca el miedo a perder el tiempo, pero la paradoja es que la aceleración nos hace desperdiciar la vida. Nadie en su lecho de muerte piensa: “Ojalá que hubiera pasado más tiempo en la oficina o viendo la tele”, y, sin embargo, son las cosas que más tiempo consumen en la vida de la gente.

La velocidad es una manera de no enfrentarse a lo que le pasa a tu cuerpo y a tu mente, de evitar las preguntas importantes. La lentitud nos permite ser más creativos en el trabajo, tener más salud y poder conectarnos con el placer y con los otros.

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