Cómo educar a nuestros hijos para evitar la violencia de género

Como sociedad debemos ocuparnos de que no se repitan los abusos físicos y las muertes de mujeres a manos de hombres. Como adultos, podemos trabajar para que los que hoy son niños lleguen a adultos preparados y formados de modo tal que no haya que ocuparse de este tema en el futuro.

Porque una buena parte de lo que ocurre hoy se relaciona con la forma en que fueron criados esos adultos, ya sean mujeres que no pueden alejarse de los abusadores u hombres que no pueden dejar de maltratar, porque es el modelo en el que se criaron y les parece natural, o porque están repitiendo lo que padecieron o atestiguaron, eso que quedó dentro de ellos como traumático y necesitado de ser procesado a través de una repetición sin palabras… ¡que no resuelve!

¿Qué tenemos que ofrecer los padres a nuestros niños y niñas en la primera infancia? En primer lugar, un vínculo en el que se sientan seguros de modo que puedan confiar en esos adultos que los crían. Así conocerán lo que es el buen amor: que cuida, atiende, interpreta, mima, sostiene, que no maltrata, no amenaza con retirar su afecto ni culpabiliza; que pone límites adecuados sin agresión física ni psicológica, que cuida y enseña a cuidar las fronteras del cuerpo y de la intimidad física.

De ese modo, los niños alcanzan un vínculo de apego seguro que les servirá de modelo para futuras relaciones, y podrán distinguir sin problemas lo que es el buen amor de lo que no lo es. También tendrán una adecuada autoestima que les permitirá quedarse solos sabiéndose merecedores de una relación amorosa, pudiendo esperar hasta que aparezca, sin miedo de que esto nunca ocurra.

pelea

Es importante también el modelo de pareja que muestran los padres: un papá que respeta a mamá les enseña a sus hijos varones a hacer lo mismo, y a sus hijas mujeres a no aceptar relaciones de otro tipo. Una mamá que se hace respetar, o, si no lo logra, se retira, también da lecciones a sus hijos de lo que se puede o no aceptar en una pareja.

Conectemos a nuestras hijas con lo que sienten y validémoslo, en especial con la agresividad sana, de forma que puedan defenderse cuando otro ser humano las incomode o viole su espacio de seguridad. Sin darnos cuenta de lo que provocamos, les decimos: “prestale, no seas tacaña”, o “no te podés poner triste por esa tontería”, o “está jugando, no te ofendas”… Y con esas frases las obligamos a renegar de su mundo interno, a no hacerle caso.

Nuestras hijas tienen que crecer atentas y conectadas a señas sutiles, como las que registraron las hermanas que en el cuento no quisieran casarse con Barbazul. ¿Qué vieron ellas, que no registró la que aceptó casarse con él?

Estemos atentos a las maneras en que sin querer “anulamos” las alertas que les permitirían a nuestras hijas, al crecer, reconocer a un hombre como potencialmente dañino.

Ayudemos a nuestros hijos varones, también, a conectarse con lo que sienten y a hablar de ello desde la infancia: el miedo, la inseguridad, la vergüenza. Ya no vivimos en la selva ni hace falta criar machos alfa que nos protejan de otras “manadas”, que pasen a la acción sin intercambiar palabras.

Por otra parte, tenemos que frenar en casa las burlas, los maltratos, las ironías, los insultos. Históricamente se usaron para “hacer fuertes” a los varones y someter a las mujeres, y esas prácticas, como ya mencioné, se perpetúan.

La madurez, junto con una adecuada conexión con nuestras emociones, nos permiten entendernos hablando: cuando los chicos fueron bien queridos, bien tratados y alcanzaron una adecuada fortaleza interna, no necesitan recurrir a sus manos o a la fuerza al crecer, ni aceptar maltratos por no poder reaccionar a tiempo.

 

Maritchu Seitún es psicóloga. Especialista en crianza y autora de los libros “Criar hijos confiados, motivados y seguros”, “Capacitación emocional para la familia” y “Latentes”, entre otros.

 

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