“Es viernes y mi cuerpo lo sabe”: por qué lo deseamos tanto

El estrés, la ansiedad y el ritmo vertiginoso con el que vivimos en la actualidad nos hace desear tanto el mañana que no disfrutamos del hoy.
es viernes y tu cuerpo lo sabe

Lo vemos cada vez más temprano, ya desde el lunes se lo comienza a mencionar. Los miércoles (mediado de semana) o los jueves aparece más insidiosamente y cuando llega el viernes, porque de él hablamos, es una fiesta.

Aparecen personajes exóticos bailando, mascotas brincando junto a algún retocado ambiente alusivo y hasta algún político de turno que se dirige a una reunión de trabajo pero mientras viaja en la ruta va cantando alegremente: “es viernes y mi cuerpo lo sabe”, subiéndolo a las redes para ganar en popularidad. Todo sea por el final de la tortura y el inicio del descanso glorioso.

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La grieta en la semana: obligaciones versus placer

Antes, hace no muchos años, se hablaba del síndrome del domingo, ¿recuerdan?. Se escribía que era una nueva categoría, aún sin entidad clínica, que reflejaba el anticipo nefasto de la semana laboral, del pesadísimo lunes sobre nuestra espalda.

En la actualidad, se vive una versión empeorada y aumentada del síndrome del domingo.

Muchos actores (inclusive algunos asimilados a la felicidad plena y a la diversión) confesaban padecerlo, como asimismo empresarios y políticos. Todos ellos sentían la nefasta sombra del lunes que no les permitía tener un disfrute pleno del domingo.

Esta es una versión empeorada y aumentada: ahora no es sólo los domingos, sino toda la semana. Nuestra mente ha ampliado de tal forma los registros temporales y ha restringido tanto la capacidad de experienciar el presente que se autocastiga anticipando lo que vive como penoso mañana.

En un gran salto anticipatorio, recrea con pensamientos e imágenes lo que serán las actividades del futuro. Y como ya el neurocientífico Damasio demostró, la anticipación mental de situaciones que vendrán genera un impacto en el cuerpo muy similar al que viviremos entonces.

Estrés, ansiedad, angustia… La otra pregunta que surge entonces, inevitablemente, es: ¿tan poco disfrutamos nuestro trabajo? ¿o es que nos vemos desbordados por la intensidad de las obligaciones, a pesar de que amemos lo que hacemos? ¿es que acaso es imposible experimentar bienestar en el trabajo, sentir menos el impacto del paso del descanso a la actividad laboral?

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La mente del trabajador

Algún tiempo atrás (principios del siglo pasado) predominaban trabajos más asociados a procesos industriales donde “poner el cuerpo” y realizar esfuerzo físico era una necesidad, un requerimiento para ocupar un puesto. Así, se producían largas jornadas de esfuerzo físico que generaban, por acumulación semanal, cierto desgaste.

Hoy esto sigue ocurriendo con muchísimos trabajadores, por cierto: portuarios, de la construcción, viales. A estas personas parece más fácil comprender, pues la llegada del fin de semana supone para ellos un alivio claro y bien sentido de la energía depositada en sus labores. Pero no es específicamente a este grupo que me refiero.

En realidad, este fenómeno de “esperar el viernes” se ha vuelto un fenómeno más generalizado donde el tipo de trabajo parece no pesar demasiado, de hecho quizás quienes más comunican su pesar por la demora del fin de semana en las redes sociales son quienes tienen trabajos en oficinas, los llamados homeoffice (trabajo en casa), estudiantes de todos los niveles y mucho más.

La explicación parece más bien venir por el tema de la ansiedad y el apuro mental, esa frenética anticipación de la vida que corre por autopistas vertiginosas en lugar de por caminos conscientes. En esas vías colapsadas de multitasking y urgencia, nuestra atención se des-sensibiliza del milagro del momento a momento y la profundidad de cada instante.

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Atención plena a cada minuto

El desafío está en nosotros: el tiempo es el mismo, la vida es una, pero los momentos perdidos se evaporan y empobrecemos nuestra percepción si salteamos la belleza de cada mañana, el esbozo de cada minuto en nuestras vidas.

¿Qué es más urgente que reverenciar cada pequeña acción, cada ser humano o fenómeno natural que vamos encontrando en nuestro día? ¿Vale la pena el sacrificio de una vida empeñada por un mañana mejor cuando nos disociamos de toneladas de experiencias sensoriales en el presente?

¡No importa que eso sea trabajo, tiempo libre o lo que sea! En todo caso, una saludable cuota de alivio y regocijo no vendrían mal el viernes, pero ¿anhelarlo toda la semana?.

El consejo de un maestro Zen ante la pregunta de cómo alcanzar la iluminación puede servirnos: “Cuando comas, sólo come. Cuando tomes una ducha, sólo toma una ducha. Cuando camines, sólo camina”. Es que una vivencia profunda e integral de cada pequeño instante en esta corta existencia que tenemos rebozará nuestro corazón de felicidad mucho más que un castillo de naipes expuesto al arbitrio del devenir imprevisible de nuestras vidas. Ojalá podamos aprenderlo a tiempo.

  • Martín Reynoso es psicólogo y coordinador de Mindfulness en INECO.

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