Walter Dresel: “No hay que esperar a perder la salud para humanizarnos”

Entrevistamos al uruguayo Walter Dresel, médico cardiólogo y homeópata, autor de varios libros exitosos sobre salud y bienestar.

Avanza el año y la agenda nos atropella. Los balances empiezan a alumbrar lo que hicimos, lo que esperábamos hacer, lo que está pendiente. También asoma el cansancio y más de una vez advertimos que nuestro bienestar quedó en el camino. ¿Cómo planear un proceso de reingeniería personal que nos ayude a vivir mejor en adelante?

El vértigo en el que vivimos puede hacernos sentir superados por las circunstancias, y es entonces el mejor momento de hacer un alto en el camino para reflexionar y elaborar un proyecto para el año que se inicia con metas y objetivos a corto plazo. Dos o tres metas para los próximos seis meses es lo más adecuado para poder monitorear nuestros progresos.

En su libro “En el límite”, usted insiste con que la salud es un bien perecedero. ¿Por qué nos cuesta tomar conciencia de esa vulnerabilidad y por qué sirve asumirlo?

Solemos creer que somos invulnerables y que nada nos puede pasar. Por ello usamos y abusamos tanto de nuestro cuerpo físico como de nuestras emociones. Darse cuenta a tiempo que todo tiene un límite es una buena forma de no caer en el precipicio de una crisis personal, con los costos que ello tiene.

Usamos y abusamos tanto de nuestro cuerpo físico como de nuestras emociones

Todos vivimos, o sentimos que vivimos, en una vorágine que nos arrastra, nos devora. ¿Parar y salir de ahí está en nuestras manos? ¿Qué podemos hacer para poner alguna pausa?

La respuesta está en cada uno. Si nos detenemos a tomar un café con nosotros mismos, nos preguntaremos hacia dónde corremos y cuál será el final. En las grandes ciudades se vive aceleradamente sin saber muy bien cuál es el destino elegido. Cada ser humano debe hacerse responsable de lo que quiere para su vida, y para ello deberá mirarse en el espejo de su alma e interrogarse al respecto.

¿Darnos una buena calidad de vida depende de nuestra voluntad?

No siempre depende de nuestra voluntad. Hay situaciones externas a nosotros que inciden directamente en el estilo y la calidad de vida que podemos tener. Sin embargo, es prioritario querer tener una buena calidad de vida. Ese sería el primer paso para alejarnos de aquellas situaciones que nos dañan y que impiden que podamos disfrutar de la vida plenamente y que nos permitan acceder al bienestar que todo ser humano merece.

Usted insiste en el libro con que el cuerpo y las emociones nos dan señales. ¿Qué signos concretos no debemos subestimar y qué hacer?

Hombres y mujeres sabemos perfectamente cuándo estamos en el cien por ciento de nuestras capacidades y cuándo no. En el área emocional, la angustia, la ansiedad, la irritabilidad, la hipersensibilidad, el insomnio, son sólo algunas de las señales que debemos atender con premura, para no permitir que, sumadas, culminen en una enfermedad de difícil curación. En el área de nuestro cuerpo físico, cualquier alteración del funcionamiento de nuestros órganos o sistemas debe hacernos pensar que existe un conflicto, lo que nos indica que debemos hacer la consulta médica correspondiente. La automedicación es extremadamente peligrosa. Ante todo se impone hacer un diagnóstico adecuado.

hay muchas enfermedades que podemos prevenir, y que son provocadas por nuestra actitud y nuestra conducta ante la vida

En varias páginas del libro usted sostiene que descuidar la salud es un acto también egoísta con nuestra familia, con quienes nos rodean. ¿Por qué?

La razón de esta afirmación se basa en que hay un sinnúmero de enfermedades que podemos prevenir, y que son provocadas por nuestra actitud y nuestra conducta ante la vida. Ejemplos de ello son el tabaquismo y el alcoholismo, los más frecuentes, que a mediano y largo plazo provocarán incapacidades que deberán ser atendidas por el núcleo familiar, en circunstancias que perfectamente pudieron haberse evitado si se hubiera pensado no sólo en el placer inmediato, sino en el entorno y el derecho a la vida que también tienen los demás.

En el libro usted relata su experiencia personal y dice que abusamos de la buena disposición de nuestro cuerpo, que lo gastamos, y que ese desequilibrio termina en enfermedad. ¿Cómo podemos advertir ese proceso y frenarlo?

Nuestro cuerpo es extremadamente complaciente y responde a todos nuestros requerimientos sin protestar durante un cierto tiempo. Los excesos que cometemos son contabilizados cuidadosamente y, en determinado momento, comenzará a enviarnos señales de ese sobreuso. La mejor manera de advertir ese mensaje es evitar que nuestro organismo las tenga que remitir. Es decir: tomar conciencia de que la vida está para vivirla, pero para vivirla adecuadamente, teniendo en cuenta que hoy la ciencia nos permite vivir mucho más que cincuenta años atrás pero que no nos proporciona la calidad de vida correspondiente a esos años extra. Eso es una cuestión de responsabilidad individual.

Usted abrazó la homeopatía. ¿Qué bondades tiene? ¿Qué lugar puede ocupar en el cuidado de nuestra salud?

El día que abrí mi mente comencé a interesarme por disciplinas que pudieran agregar elementos para ayudar a aquellas personas que venían en busca de ayuda. La Medicina Homeopática aplica los mismos criterios diagnósticos que la Medicina Tradicional, pero agrega como de capital importancia los aspectos emocionales y su incidencia en la génesis de las enfermedades. Yo utilizo la Homeopatía cuando creo que puedo ayudar al paciente mediante este tipo de medicina, siendo extremadamente cuidadoso en el diagnóstico certero de la dolencia de quien me consulta. Creo firmemente que el equilibrio entre la medicina tradicional y la homeopatía es lo que mejores resultados pueden dar a las necesidades de los pacientes.

No es que las “emociones negativas” sean la causa directa de las enfermedades, pero predisponen al organismo a las mismas

El libro sostiene que “las emociones negativas disminuyen nuestras defensas”. ¿Es así?

El estrés de la vida cotidiana disminuye nuestras defensas o nuestro sistema inmunológico, permitiendo que diversas enfermedades se instalen con rapidez. No es que las “emociones negativas” sean la causa directa de las enfermedades, sino que predisponen al organismo a las mismas. La ansiedad generalizada, la angustia y la depresión abren las puertas de par en par para que diversos agentes externos dañen nuestra integridad.

Los tiempos modernos, en las grandes ciudades, no generan condiciones que nos permitan desarrollar una vida cotidiana que respete nuestros limites. ¿Qué podemos hacer para luchar contra esto?

Hay dos maneras de darse cuenta de dónde están nuestros límites. Aún en las grandes ciudades, seguimos siendo hombres y mujeres racionales y con capacidad de pensar y de sentir. La primera forma es esperar que nuestro organismo nos envíe la información de que algo o mucho no está funcionando adecuadamente con nosotros, tanto en lo físico como en lo emocional. La segunda forma, que sería la más inteligente, es intentar preservarnos y generar un espacio de reflexión acerca de la importancia de mantener un razonable estado de salud, como base fundamental para el cumplimiento de nuestros sueños. La vida tiene un sentido unidireccional y no hay retorno posible; por lo tanto, los errores que cometemos los terminamos pagando con arrepentimiento y culpa, por no habernos dado cuenta a tiempo de nuestra vulnerabilidad.

La ansiedad generalizada, la angustia y la depresión abren las puertas de par en par para que diversos agentes externos dañen nuestra integridad

En el libro usted habla del peso genético. ¿Por qué es importante atender las enfermedades que podaron o afectaron nuestro árbol genealógico?

Los quebrantos de salud que podemos sufrir los seres humanos tienen dos orígenes bien claros y definidos. Uno tiene que ver con el estilo de vida y la exposición a agentes agresores, tanto internos como externos. El segundo origen tiene que ver con lo que cada uno trae genéticamente. Habitualmente vemos en la clínica familias con tendencia a cierto tipo de enfermedades. Por ejemplo: hay grupos familiares en los cuales las enfermedades cardiovasculares están presentes en varias generaciones. En otros el cáncer en diversas localizaciones es la enfermedad más frecuente. Tanto en un caso como en otro hay que ejercer la prevención para poder detectar en forma precoz si hay elementos que nos den la pauta de que pueda producirse un evento de esa naturaleza. Por supuesto que también existen un número elevado de enfermedades que no tienen que ver con la genética, pero sí muchas veces con la forma en que vivimos y el desconocimiento de cuáles son los peligros de determinados “permisos” que podemos darnos.

El cerebro, dice usted, va siempre más adelante que el cuerpo. ¿Hay que bajar la marcha para escucharlo?

Una frase que suelo utilizar para mí mismo es que mi cerebro va un par de cuadras más adelante que mi cuerpo. En un aspecto esto es positivo, porque podría interpretarse que hay un proyecto, que hay metas y sueños a cumplir. Pero como la llave de la larga vida está en el equilibrio, tenemos que valorar también si nuestro cuerpo físico está en condiciones de acompañar todos esos impulsos, teniendo en cuenta que los años pasan y van dejando su huella en nosotros. Detenerse a reflexionar nos permitirá eliminar todo aquello que es superfluo y quedarnos exclusivamente con lo que es importante para cada uno en los caminos de la vida.

Sostiene en su libro que cuando la salud se ve jaqueada nos humanizamos. Uno lo ve muchas veces. ¿Por qué tenemos que llegar hasta allí para frenar y valorar lo que tenemos?

La enfermedad y la muerte igualan a los seres humanos. Cuando una persona ingresa en un Centro de Tratamiento Intensivo no se le pregunta si quiere o no quiere estar allí. Ni más ni menos lo que está en juego es su propia vida. Nos humanizamos porque en forma obligada tenemos que tomarnos un tiempo para recuperarnos y allí pasamos la película de nuestra vida, donde los primeros actores somos cada uno de nosotros. Eso nos torna más permeables a pensar en un proceso de reingeniería personal, una vez que hayamos recuperado nuestra salud. ¿Por qué tenemos que llegar hasta allí, para valorar lo que tenemos? La respuesta es el falso sentimiento de invulnerabilidad que tenemos los seres humanos, que creemos que podremos con todo, hasta que el quebranto de la salud se instala como un rayo en el cielo sereno.

Saber que el mundo sigue andando sin nosotros o con nosotros menos autoexigentes debiera aliviarnos, no amenazarnos…

En realidad todos sabemos que el mundo sigue y seguirá andando con nosotros o sin nosotros. Sin embargo, es un sentimiento muy especial el que se experimenta cuando una persona está privada de su libertad porque está en un Hospital o en un Sanatorio. Al tomar conciencia de que algo ha sucedido y, sobre todo, cuando nos damos cuenta que ha sido por nuestra negligencia, surge de nuestro interior una necesidad de que el mundo se detenga hasta que podamos nuevamente insertarnos en él. Esto no puede darse, y cada hombre y cada mujer están demasiado involucrados en sus propios proyectos, conflictos e inseguridades como para pretender que todo se detenga. Así, al comprobar que afuera todo sigue igual mientras nosotros nos debatimos para el retorno es una sensación muy especial. La vida hay que valorarla como el regalo más preciado que la naturaleza nos ha dado. Cuidarla y respetarla dependerá de los principios y los valores que cada uno maneje. Es clave recordar que el modo en que la hayas administrado definirá cómo llegarás al otoño de tu vida.

Más sobre el Dr. Walter Dresel en su página www.exitopersonal.org

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