¿Puede un psicólogo abrazar a su paciente? El debate que jaquea algunas ortodoxias

Maria Luisa Carpio, psicóloga, comparta con Buena Vibra su reflexión respecto a una discusión frecuente entre terapeutas de diferentes escuelas. Y, definitivamente, apoyamos el valor de un buen abrazo en cualquier ámbito.

Los psicólogos ¿Damos abrazos? Pues sí, definitivamente sí. No en todos los casos, no en todas las sesiones pero si es necesario y/o nos place, lo hacemos.

El análisis, la explicación al paciente sobre su diagnóstico, las palabras de apoyo y aliento, las dinámicas, el abordaje terapéutico… Todo es parte del tratamiento.

¿Y por qué no un abrazo?

Cuando nuestros pacientes se quiebran haciendo que un nudo se forme en nuestra garganta, cuando están desalentados o afligidos ¿Por qué no dar un abrazo?

Pero no un abrazo de esos solamente físicos, si no uno de esos que tocan el alma, de esos que hablan en el más profundo silencio y que, también, pueden acompañarse con las palabras. Un abrazo que diga: todo va a estar bien

Un abrazo que proteja, que dé seguridad, que sostenga, que refuerce, que revitalice, que de contento.

A lo largo de mi carrera, he notado que no todas las personas saben abrazar. Algunos debido a que jamás han sido abrazados, o han tenido un pasado en el que el acercamiento corporal ha sido causa de daño, etc.

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¿Cómo me doy cuenta de su renuencia o de su extrañeza ante un abrazo? Algunos se quedan inertes mientras lo reciben (lo que sirve también mucho para mi análisis); algunos otros alcanzan a estirar los brazos, pero es el suyo un abrazo yerto, forzado; otros mantienen las plantas de los pies quietas afirmadas en el piso, lejos un cuerpo del otro y alargan los brazos; algunos hasta dan una palmada (muchas veces por el nerviosismo o la sorpresa).

El debate entre los psicólogos

Hace poco, leí todo un debate sobre si se puede dar un abrazo a un paciente que lo pide o no. El debate surgió debido a que un colega acotó que, para ser respetados por los pacientes, hay que guardar distancia de ellos. Me permito decir que ello habla mucho de los pocos recursos con los que cuenta el colega. Doy fe de que el ser amable y cálido no te quitan lo profesional, y para nada merman el respeto del paciente; por el contrario, suelen respetarnos y admirarnos por tener gran calidad de seres humanos (ya que de ésto se ve cada vez menos).

Por otro lado, no se trata de usar una estrategia para ser respetados, se trata de que nuestra propia naturaleza inspire respeto, ésto sumado al profesionalismo, la calidad del servicio y la calidez humana.

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Personalmente puedo acotar que casi no ha sido necesario que me pidan un abrazo, me doy cuenta de que el paciente lo necesita y se lo doy. Y algunas veces me nace y al despedirme les digo: Déjeme darle un abrazo. ¿Eso desacreditará mi ética y valor profesional? ¡De ninguna manera!

Estoy a favor de la nobleza, la vocación y el espíritu de servicio. Y déjenme decirles algo más…. Muchas veces esos abrazos han sido reconfortantes para quien les habla.

 

  • Por Maria Luisa Carpio, psicóloga.
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