Secretos y mentiras familiares: ¿Cómo salir de esa trampa?

Aquello que no se sabe pero se presiente genera sufrimiento y riesgo de repetirse. El análisis del psicólogo familiar Alejandro Schujman
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“Estaba muriéndose, yo me estaba despidiendo, ¿entendés? Mi vieja, el momento más terrible de mi vida y me dijo ‘No me lo puedo llevar conmigo, tu papá no es quien vos pensás’. Después de ahí, no recuerdo más nada. Entendí todo: que me haya hecho pis en la cama hasta los 13 años, que mi vida amorosa hasta el día de hoy es un desastre. No podía enojarme, se estaba muriendo, ¿te das cuenta? Me cayeron todas las fichas juntas. Mi viejo, pobre (porque lo voy a seguir nombrando así), sabía pero no podía ir en contra de mi mamá. Y ella se sentía culpable, como si hubiera sido responsable de una historia prohibida siendo una nena casi, que se yo, no puedo enojarme ni con ella ni con mi papá. ¿Está mal? El primo de mi mamá (no puedo ni voy a llamarlo papá) y ella ya están muertos; y yo, con casi 40 años, empezando de vuelta. Ahora entiendo todo: mi abuelo que nunca me quiso, esa mala onda todas las putas fiestas, ahora entiendo todo ¿Y cómo sigo?”

No es una novela mexicana, es el relato desgarrador desde el diván de una mujer que vivió engañada y fue víctima de los secretos y mentiras familiares. Ella arrastra el grillete de saber que algo que no sabe fue lo que le hizo la vida cuesta arriba.

Una mujer (su madre) que creció en una sociedad arcaica, pequeño pueblo del interior del país, y ocultó que estaba embarazada de su primo hermano casi hasta el día del parto. Rápidamente conoció un hombre al que amó y adoptó a esa beba que hoy, ya mujer, entiende el porqué de su sufrir.

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El secreto fue sostenido casi hasta su tumba

Ahora entiende mi paciente la tristeza apagada de su madre, a quien nunca vio del todo feliz, a pesar de su amado compañero, a pesar de sus hijos, a pesar de los pesares.

Su madre arrastraba un secreto, que la envolvía a ella y a toda su familia. Hoy ya no está, y ella entiende todo. Quizás no sea tarde. El tiempo lo dirá.

Los secretos familiares son una de las causas de sufrimiento más profundos en la psiquis humana.

No es difícil de entender, el dolor se origina en el seno del ámbito más seguro, confiable y amoroso que tenemos los seres humanos, la familia. O al menos así debiera ser.

Somos la especie más indefensa de todos los seres vivos, precisamos muchos años para lograr la independencia y poder ser nuestros propios garantes.

En la intimidad de las familias debiéramos recibir los mayores cuidados, pero no siempre sucede así.

Los secretos familiares son sostenidos en el tiempo desde un triángulo de emociones que suelen perpetuar la permanencia del silencio.

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Miedo, vergüenza y culpa

Emociones que se apoderan de los actores principales, los que deben romper pactos de silencio y desarmar el circuito de la mentira, el ocultamiento y el dolor.

  • Miedo: esta madre seguramente sintió temor de lastimar a su hija si le contaba la verdad; también habrá temido ser juzgada, rechazada o condenada.
  • Vergüenza: de la mirada crítica y condenatoria de su hija, la familia y la sociedad toda.
  • Culpa: por la misma trampa del secreto sostenido, más tiempo pasa, más difícil es alojar la verdad y descubrirla, y más culpa siente por el efecto del secreto los que perpetúan el silencio.

Lo que esta madre no sabía es que la verdad, por más dura que sea, es siempre preferible a la mentira o el ocultamiento sostenido en el tiempo cuando tiene que ver con cuestiones tan sensibles.

La verdad, ante todo la verdad. Y los seres humanos tenemos ese derecho que es condición necesaria e indispensable para la salud mental

Caso contrario hay una pieza que falta y ese faltante arrastra a las generaciones porvenir.

El “saber no sabido”, o la tristeza sin razón

“Tardaron 30 años en decirme que soy adoptado. Miedo toda la vida de que no me vinieran a buscar, me costaba adaptarme en el jardín de infantes, mi timidez, pánico de quedarme solo, y era eso. Si yo los amo, son mis viejos. La cantidad de quilombos que me hubieran ahorrado. Yo sabía que había algo que no me decían. Yo sabía“.

Muchas familias ocultan a sus hijos/as que son adoptados por miedo a que busquen a sus parientes biológicos y dejen de “quererlos”. Nada más alejado, no conozco un solo caso en 33 años de profesión en que haya sucedido tal cosa.

La gratitud y el amor por haberlos elegido y ser los padres y madres del corazón puede más que todas las preguntas que lógicamente se harán los niños y niñas que han comenzado su existencia en situación de abandono o con progenitores que no pudieron o no quisieron criarlos y amarlos.

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La gran psicoanalista Maud Mannoni acuñó el concepto del “saber que no se sabe” para referirse entre otras cosas a este tipo de situaciones. Es un saber que se juega en el plano del inconsciente, fondo del psiquismo, y sube a la superficie cuando la verdad pone un sentido que antes estaba ausente.

Llevando este concepto al tema que nos ocupa, podemos pensar que en el sufrimiento de niños y niñas, hombres y mujeres cuando algo del secreto familiar fundante está presente, opera como una especie de condena.

Dos formas en las que se puede presentar este fenómeno

  1. Cargar con un secreto que no puede ser develado por alianzas contraídas.
  2. Ser protagonistas de una historia sin decir, un rompecabezas sin completar, que falten piezas esenciales de nuestra historia y que el sufrimiento sea un “saber no sabido” que enferma.

Imaginemos un camino a oscuras plagado de pozos y trampas. Quienes lo atraviesen, poco podrán hacer para evitar los peligros. Solo iluminar el sendero podrá hacer que quienes por allí vayan puedan prevenir y eventualmente, reparar lo que haya que arreglar para que el andar sea seguro.

Hacer la luz sobre la senda es el equivalente a poner palabras en el vivir.

Y el presente es el camino que nuestros adultos desde el pasado nos dejan, sea asfalto o ripio, sea llanura o precipicio. Si sabemos, podemos anticipar, y arreglar. La ignorancia y el saber no sabido son el pasaporte al sufrir.

Las lealtades son valores supremos cuando se trata de causas nobles, justas y motores del amor. Cuando se trata de secretos, de evitar el sufrimiento que puede generar ponerle palabras a cuestiones ocultas, lo que generan es parálisis, imposibilidad de decidir, y entender. Secretos que nos atraviesan como fantasmas en nuestras vidas.

Las alianzas, sea por temor, por respeto, por jerarquías en clanes familiares se perpetúan. Y en esos casos, las lealtades son anclas y grilletes. Es menester romper esas cadenas, “traicionar” las alianzas, y ser definitivamente libres.

Muchas veces esto no es posible sin ayuda profesional, pero de una u otra forma el sufrimiento oculto debe sucumbir.

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Quien quiere oír que oiga

Suele suceder que cuando el miembro de una familia denuncia pactos silenciosos en el seno familiar es sancionado porque rompe los códigos. Pero aconsejo este dolor: soportar desplantes y enojos de quienes no están en condiciones de ponerse del lado de lo saludable, que el cargar con la espada del secreto sobre las espaldas.

Quienes se enojen no pueden ni reconocer ni valorar la valentía de quien rompe el cerco. La condena familiar será dolorosa, pero será un mal menor con el paso del tiempo y el trabajo de cada uno.

Los que denuncian muchas veces tienen que lidiar también con la indiferencia y la complicidad de los que cierran oídos.

El sufrimiento, el “saber no sabido”, es la peor de las condenas; repetimos y repetimos sin saber el porqué.

Pero hay opciones. Buscar la verdad cuando sospechamos que algo no nos es dicho. Reparar o repetir esa es sencillamente la opción

Una gran parte de los secretos familiares tienen que ver, como en la viñeta del principio, con los orígenes, lazos familiares, infidelidades, historias prohibidas, historias de alcobas, culebrones de la vida real. Y allí el nacimiento del secreto. Doloroso secreto que enferma. Y la cura está en la palabra.

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De padres e hijos, de mentiras y verdades

Los padres tenemos la obligación de criar a nuestros hijos en el marco de la palabra, evitando secretos que puedan ser determinantes en el armado de su vida.

Los hijos tienen el derecho a conocer su historia, sea cual fuere. Y es nuestro deber ser los transmisores

Ocultando, los dejamos expuestos y al desnudo, lejos de protegerlos los exponemos a la ignorancia, antítesis de la libertad.

Y muchas veces de manera egoísta los padres mantienen el secreto no para evitarles a los hijos el padecimiento, sino para evitarse ellos mismos el dolor de ver sufrir a los hijos. Bajo la máscara del amor, descuidando a quienes más quieren cuidar.

El camino y el tesoro, es ir en busca de lo no dicho, los excluidos, los dolores, los sufrimientos, las muertes prematuras, aquello que por amor a un otro, se oculta

El tiempo no es lineal, se puede sanar ahora; lo que no tuvo lugar en su momento, ahora sí lo puede tener.

El sistema familiar no admite excluidos, secretos, por eso se repite en los venideros una y otra vez, hasta que alguien pueda mirarlo y así repararlo. El tesoro se encuentra allí tras esa búsqueda, donde se siente un gran movimiento en el ser, hermosa sensación de alivio y libertad.

Cuando escribí algo sobre este tema en las redes sociales me llamó la atención la enorme cantidad de mensajes que recibí con textos y confesiones muy similares: “Hay un secreto terrible respecto a mi origen, pero no me animo a darlo a conocer”, “Guardo hace años un dolor terrible pero no tengo el coraje de decirlo”.

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Caja de herramientas​

Me animo y me autorizo, en este tema tan sensible, a armar una pequeña pero esencial caja de herramientas para quienes de una u otra manera sufren de “secretos y mentiras”.

Enfrentar los miedos y atravesarlos si de hablar y decir se trata.

  • Nada es peor que el silencio que enferma y, además, condena a alguno de los protagonistas a vivir en la ignorancia, privando del bien más preciado, la libertad del saber.
  • Buscar la ayuda necesaria y gestionar la manera de golpear la copa, pedir silencio y decir lo que haya que decir.
  • Los costos serán siempre menores que sostener el secreto.

Interrogar de manera incansable.

  • Si la sospecha es que somos víctimas de un secreto silenciado que nos implica respecto a nuestra identidad, pues entonces no dudemos en horadar todo lo que nos sea posible hasta encontrar la verdad.
  • Escuchemos las señales que la intuición nos da. Preguntemos, preguntemos, hasta tener respuesta. Hay que animarse, de una u otra forma.

Hay dos cosas que podemos y debemos hacer los seres humanos en toda la maravillosa y compleja aventura del vivir:

  • Ejercer el derecho a la libertad.
  • Ser honestos

Rompamos los cercos que no pueden derribar otros. Interroguemos desde el amor, no seamos cautos y prudentes cuando de enfrentar la verdad se trata. La verdad nos hace libres

Y no seamos respetuosos cuando de pactos y alianzas se trata.

Bienvenida la irreverencia y el descaro de atreverse a ser auténticos, que duela lo que tenga que doler, pero que no vaya al cuerpo ni a dolores eternos y a veces trágicos.

Si sabemos, podemos elaborar, y si elaboramos, podemos no repetir y reparar.

Ese maravilloso verbo que es resultado del amor. Así de sencillo, así de complejo, difícil pero no imposible.

Gracias a mi amiga Noelia Ayala por sus aportes en esta columna.

  • Alejandro Schujman es psicólogo especializado en familias. Autor de Generación Ni-Ni, Es no porque yo lo digo y Herramientas para padres.​

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