La pandemia, una oportunidad de repensar el Estado tras habernos ido al “carajo”

Hace décadas que Argentina no prioriza la salud. Hoy vemos su importancia como sostén del bienestar económico y social. Tenemos la oportunidad de revisar el rol del Estado cuando esto amaine.

En chino, “crisis” (wei ji) tiene dos caracteres: el primero significa peligro; el segundo, oportunidad. Tal vez esta pandemia desatada justamente en China, y con derivaciones aún imprevisibles, genere la oportunidad de repensar el Estado cuando esto amaine. Y hacerlo sin los arteros mitos que han engordado los discursos políticos miles de veces.

La situación expone brutalmente no solo los efectos epidemiológicos y sanitarios sino la debacle económica que la pérdida de la salud supone, y su contracara: la importancia de ella como sostén del bienestar económico y social.

Esta tragedia global está mostrando que un Estado fuerte y la centralidad de la salud en todas las políticas son elementos claves de la cohesión social

Hace tres meses, en este país no había Ministerio de Salud, pero un sistema degradado por falta de atención médica equitativa en calidad, fragilidad financiera y de gestión no es culpa de este gobierno, el anterior o el penúltimo. Desde hace muchos años las crisis de la economía, o lo que es peor, discusiones irrelevantes sobre el otorgamiento de derechos escandinavos en un país con déficit crónico de agua potable y cloacas, desplazaron a la salud pública a un lugar alejado en las prioridades de cualquier administración.

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La elección de algunos de los ministros de Salud durante ese lapso es evidencia contundente de la irrelevancia del problema para nuestra clase política. Al igual que en la economía, donde se va de recetas ortodoxas al keynesianismo, en un vaivén que explica la ausencia de acuerdos sobre los trazos esenciales de un destino común, tampoco existió en política sanitaria una visión mancomunada. O los muchos que la tienen fueron acallados con tibias iniciativas de reformas que eluden afectar la centralidad, y especialmente los intereses del problema.

Y ahora que llegó la amenaza de una epidemia sin cura, observamos, tras décadas de recortes, las torpezas y el vacío de protección de un sistema incapaz de respuestas drástica

Observamos un sistema que, priorizado en los discursos pero ignorado en los presupuestos, alimentó la salud privada, mientras solo la capacidad y la dedicación de sus trabajadores enfrentaban solitariamente y en el olvido, durante largos días y
noches, el desafío de sostener hospitales públicos pobres para argentinos carenciados.

Hace varias décadas que, a pesar de los discursos, se desmantela lo que llegado el momento, como ahora, es lo único que nos puede dar cierta seguridad. Hace varias décadas que elogiamos en el discurso el hospital público, pero nos atendemos en el privado.

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Hace varias décadas que se ganan elecciones con la postergación social, pero se despilfarran recursos en beneficios no sustentables. Hace varias décadas que se defiende el valor del federalismo y se descentralizan servicios, y la ausencia de acuerdos y rectoría a nivel provincial y nacional termina generando más inequidad.

El problema no es bajar el gasto público sino transformar un Estado inútil para garantizar servicios básicos como salud y educación a través de la verdadera justicia social; esa que requiere tiempo y cambios estructurales: un Estado que se haga cargo de educación y salud, con un régimen laboral que premie capacidad y dedicación; una seguridad social como ingreso básico universal sobre la que se articulen las demás prestaciones; protección social a grupos vulnerables como los discapacitados, régimen impositivo progresivo basado en cargas sobre ingresos personales, sin excepciones, y una política económica que tenga claras las prioridades en inversión pública, y no la creación de ministerios “para la tribuna”.

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La pandemia puede ser el ji, y tal vez la política acepte colocar a la salud –de verdad– en todas las políticas; discutir la necesidad de un ministerio que maneje centralizadamente PAMI y obras sociales, y acabar con las inaceptables inequidades territoriales. Después de desfinanciar durante años el sistema sanitario público humillando a sus médicos, despreciando a sus enfermeros, echando a sus científicos para que trabajen en la esfera privada, e inaugurando hospitales sin dotación, aprovechemos el habernos ido “al carajo”, pues desde ese puesto de observación privilegiado, los marinos aprovechaban para establecer su estrategia de navegación.

  • Rubén Torres es médico sanitarista. Rector de la Universidad Isalud. Ex superintendente de Servicios de Salud.
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