Demasiado tarde para lágrimas: las deudas que el equipo de salud no puede (ni debe) pagar

Javier Vilosio, prestigioso médico argentino, comparte un profundo análisis respecto a cómo llega el sector sanitario argentino a la pandemia actual. “Pagaremos con sufrimiento y con vidas las insuficiencias del sistema de salud”, dice, e invita metabolizar las enseñanzas y a decidirnos a cambiar por fin las cosas cuando ésto pase.
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Demasiado tarde para lágrimas…

El título de estas líneas es el de una película norteamericana de 1949, definida por la crítica como parte de la mejor expresión del melodrama y el cine negro de la época. Es la historia de un golpe de suerte (una maleta con mucho dinero arrojada a su automóvil) que hace que el que era, hasta ese momento, un matrimonio común, atraviese un proceso de progresiva transformación hacia la oscuridad y la tragedia. Era mucho el dinero y muchas las pasiones desatadas.

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Una moraleja, obvia, es que toda acción tiene sus consecuencias. Otra, que la ambición es capaz de no hacernos ver lo obvio.

Durante muchos años, en Argentina se construyó una peculiaridad sanitaria, una modalidad de organización, financiamiento y prestación desarticulado, altamente ineficiente y progresivamente más inequitativo

Ello, además, en el contexto de una problemática social creciente, un país que no logra retornar al menos la calidad de los debates sobre el proyecto de país que supo tener, con periódicos y varios catastróficos derrumbes de su economía, ensanchamiento de la grieta social y cultural y una dirigencia política y social que, con escasas excepciones, no logra superar la mediocridad del juego político cortoplacista, teñido de oportunismo y con escaso cuidado de las instituciones de la República. Y el sistema de Salud nunca es una isla.

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También son conocidas las opacidades e ineficiencias del modelo en el que el Estado tiene poca capacidad de regulación y control; empezando por la de controlarse a sí mismo.

¿Podríamos tener un mejor sistema de salud? Sí. Sabemos que el dinero que se gasta no es poco (casi diez puntos del PBI). La primera conclusión es que no lo estamos gastando de la mejor manera. Un segundo dato no es menos relevante: poco menos de la tercera parte de ese gasto es “de bolsillo” -las personas pagan en forma directa servicios, bienes o coseguros- , lo cual es preocupante en un modelo que, desde su formulación política, garantiza la protección sanitaria para todos los que pisen el suelo nacional.

Un mejor sistema también requiere mayor integración y cambios en su funcionamiento, al menos por dos grandes motivos: por una cuestión de eficiencia en el gasto (con los mismos recursos ofrecer mejores servicios) y por la necesidad de ofrecer niveles de cobertura y calidad similares para todas las personas. Pero, desde hace ya largo tiempo, las sucesivas administraciones de gobierno han abandonado la idea de reformas estructurales del sistema, e inclusive por momentos se han profundizado los niveles habituales de incoordinación entre las tres grandes “cabezas” nacionales: el Ministerio, la Superintendencia de Servicios de Salud y PAMI. Situación replicada en muchas provincias (¿la mayoría?) entre la seguridad social provincial y autoridad sanitaria.

Cuando hablamos de reforma sanitaria, siempre acecha el temido fantasma de la gobernabilidad… Y sí, así de poderosos son algunos intereses en juego

En este complejo marco, superpoblado de deudas pendientes, asoma un actor que hoy, a la luz de urgencias que desata el Covid-19, desenpolva su invisibilidad y se vuelve absolutamente vital: hablamos de los trabajadores de la salud. Esas personas a las que -sea por aburrimiento, por temor o por sincero reconocimiento- se las que se aplaude cada día a las nueve de la noche.

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Trabajadores de la salud

Mucho se habla “hoy” de los médicos pero poco se habla del “equipo de salud”. El concepto incluye a un grupo grande y muy diverso de personas con enormes diferencias en su educación, complejidad, responsabilidad y riesgo en sus tareas.

Auxiliares, técnicos y profesionales. Son todos imprescindibles. Por vocación, conveniencia o necesidad todos integran los servicios de salud. Allí trabajan. Allí depositan expectativas, materiales, sociales y hasta espirituales.

Ellos no pelean una guerra, no son soldados; son personas adultas que realizan sus trabajos y no quieren que ello les cueste la salud, o la vida. Viven de sus empleos. Y su quehacer se desarrolla en el contexto del modelo que hemos reseñado muy someramente.

En el caso de los profesionales, y especialmente entre radiólogos, kinesiólogos, enfermeras y médicos, son moneda corriente el pluriempleo y la precariedad laboral. Salarios y honorarios profesionales son una variable de ajuste de los crónicos desequilibrios financieros que afectan al sector.

Los incentivos para nuestros jóvenes profesionales están alineados en el corto plazo de las instituciones y sus necesidades políticas en ese horizonte, la rentabilidad y la reducción del gasto en términos contables. Sin políticas sanitarias de carácter estratégico, naturalmente la formación de técnicos y profesionales no puede responder a ningún proyecto sanitario previsible.

El divorcio entre Universidad, prestadores y autoridad sanitaria es otro tabú inconmovible entre nosotros, definido por rígidos marcos políticos en los que cada actor atiende solo su juego

La formación de postgrado de los médicos sigue un camino similar, más influida por el mercado tecnológico que por las necesidades desconocidas de un sistema fragmentado que no sabe adónde ir, ni cómo.

Así es como hoy, en la crisis que creemos se avecina, no tenemos un primer nivel de atención consolidado y efectivo para el trabajo comunitario en las zonas socialmente más vulnerables, que es hacia donde están mirando con recelo los analistas y epidemiólogos; ni tampoco un soporte adecuado para el cuidado de las personas con patologías crónicas cuyo contacto con los hospitales debe ser evitado. Y no se podrá construir en semanas. Solo podemos pensar en paliar el desborde de los hospitales.

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También estamos sacando cuentas sobre respiradores y camas necesarios. Y probablemente pronto también contaremos los equipos de diálisis, y es muy necesario hacerlo. Sin embargo, debemos recordar que esos equipos o insumos médicos no significan, de por sí, una solución. Se trata de objetos inanimados que requieren de operadores humanos, personas entrenadas para el trabajo en ámbitos de cuidados críticos. Son principalmente los kinesiólogos respiratorios, las enfermeras y los médicos intensivistas.

Todos ellos se desempeñan en ambientes de alto impacto emocional y físico: altas cargas horarias, estrés emocional, y escaso o ningún soporte para el cuidado de su bienestar psicológico y siempre al borde del burn out

¿Por qué los jóvenes profesionales elegirían semejante perspectiva para el futuro de su desempeño laboral, siendo que, además, van a necesitar más de un empleo y mayoritariamente van a tener que aceptar modalidades de contratación precarias? Y eso no es todo: saben que muchos de sus puestos laborales vienen siendo cubiertos por otros profesionales no especializados -sea porque no hay o porque resulta menos costosos para los empleadores-, así que a la hora de hacer las cuentas la solvencia técnica de muchos de ellos es al menos incierta. En recursos humanos cantidad y calidad son dimensiones igualmente relevantes.

El problema de la enfermería es un capítulo aparte en el dislate de la formación de personal sanitario en Argentina. Es una cuestión muy grave y de larga data. Por distintos factores, históricos, culturales y económicos es una profesión poco valorada socialmente.

Los enfermeros, también afectados por el pluriempleo, mal pagados, en malas condiciones laborales (sobrecargas horarias y de cantidad de pacientes) son quienes en esta crisis están en el ojo de la tormenta, a la par de los médicos

Contrariamente a lo que muchos piensan, los enfermeros no son auxiliares de la medicina; son profesionales con conocimientos, destrezas y herramientas propias, que integran a la labor del equipo de salud.

En nuestro país hay alrededor de 4 enfermeros cada 10.000 habitantes, de los cuales casi la mitad son auxiliares, es decir no universitarios. O sea que tenemos más o menos medio enfermero de nivel técnico o universitario por cada médico. Es muy poco: Chile tiene 22 enfermeros cada 10.000 habitantes, Uruguay 19, Brasil 7, Bolivia 5.

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La falta de enfermeros capacitados es muy conocida; también forma parte del discurso habitual en el ámbito de los expertos y los funcionarios. Varios proyectos más o menos ambiciosos, públicos y privados, han fracasado básicamente a la hora de garantizar salarios y condiciones laborales estimulantes, nuevamente, en el marco de un sistema siempre al borde del desfinanciamiento. Así que tampoco podremos “adquirirlos” de aquí al agravamiento de la crisis previsto.

Finalmente, la mayoría de los trabajadores de la salud realizan hoy sus tareas sin equipos de protección adecuados, o escasos o de mala calidad. Este tema es hoy y será en las próximos meses motivo de conflicto y de mayor carencia de personal entrenado. Dada la contagiosidad reportada del COVID, por cada trabajador de la salud que se contagia son varios más los que deben ser retirados de sus tareas asistenciales y aislados.

El hecho es que pagaremos con sufrimiento y vidas (muertes que pudieron evitarse) las insuficiencias del sistema de salud que ya conocemos desde hace tiempo

¿Seguirá el sistema de salud en un lugar significativo de la agenda política el día después de la crisis? ¿Será por fin el momento de asumir los costos políticos de las transformaciones necesarias? En cualquier caso, sin heroísmo, los trabajadores de salud harán su mejor aporte; todos los demás hagamos lo propio, porque ya es demasiado tarde para lágrimas.

  • Javier Vilosio es médico. Especialista en Medicina Paliativa. Master en Economía y Ciencias Politicas. Docente.

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