La mitad de los que tienen diabetes no lo sabe: 7 pistas para detectar los síntomas

Como una “pandemia global” que afecta ya a más de 400 millones de personas en todo el mundo: así califica la Organización Mundial de la Salud (OMS) la diabetes en sus diversas variantes. La más preocupante es la diabetes mellitus tipo 2, que representa más del 90% de todos los casos. Pero lo que más alarma genera es la mitad de los que tienen la enfermedad ni siquiera lo sabe.

El diagnóstico temprano y un pronto tratamiento son fundamentales para evitar las graves complicaciones que la diabetes tiene en sus etapas más avanzadas, sobre todo a nivel cardiovascular y renal.

Una mala dieta, el sobrepeso y la obesidad, y por supuesto la falta de ejercicio físico, son los principales causantes de que una persona desarrolle diabetes

“La diabetes no duele. Sus síntomas pasan frecuentemente desapercibidos porque el paciente apenas los nota y en muchos casos ni siquiera los conoce. La gran mayoría de diabéticos descubre su enfermedad cuando acude al médico por otros motivos”, explicó al El País el doctor Diego Fernández, endocrino y responsable del grupo 2.0 de la Sociedad Española de Diabetes (SED), al arrojar luz sobre los factores que debemos tener vigilados para prevenir o diagnosticar a tiempo esta enfermedad.

Es importante tener en cuenta las siguientes señales:

1. Más ganas de orinar

El término científico es poliuria, y el doctor Fernández nos explica que es uno de los síntomas más característicos de la diabetes. “Cuando nuestra sangre contiene una alta concentración de azúcar, nuestro cuerpo busca los medios para eliminar ese exceso. Intenta paliarlo mediante los riñones, lo que hace que orinemos más y de manera más frecuente”.

Este síntoma es especialmente visible durante la noche (nicturia) y puede incluso afectar a nuestra capacidad para descansar. Si usted cree que va al baño más de lo habitual considere acudir al médico para consultar a qué puede deberse.

2. Mayor sensación de sed

Nuestro cuerpo, para compensar la pérdida de líquidos por el exceso de orina, pone en marcha la alerta de la sed. “Es el efecto de nuestro metabolismo intentando corregir el primer desajuste” recuerda el doctor. Es un círculo basado en nuestra propia fisiología: nuestro metabolismo trata el azúcar mediante su dilución con agua, por lo que cuanto más azúcar tengamos en sangre, más agua necesitaremos y, como es obvio, más frecuentemente acudiremos al baño a eliminarla.

Tratar esa sed con bebidas azucaradas, carbonatadas, batidos o incluso con zumos embotellados es desaconsejable y no hará sino añadir glucosa a nuestro torrente sanguíneo, iniciando nuevamente todo el proceso.

3. Pérdida de peso

Resulta irónico que una afección como la diabetes, asociada a una inadecuada alimentación y la obesidad, tenga como uno de sus síntomas la pérdida de peso. Sin embargo, tal y como explica el doctor Fernández, “cuando tienes el azúcar muy alto, la insulina resulta insuficiente o no funciona como debería y esa situación obliga a tu cuerpo a buscar las reservas de grasa para obtener la energía que necesita”.

La insulina es una hormona generada en el páncreas y cuya misión fundamental es aprovechar los nutrientes que el cuerpo necesita, especialmente la biosíntesis de la glucosa. Esta pérdida de peso es un síntoma característico de la diabetes en la infancia.

4. Cansancio todo el día

La sensación de falta energética es un signo muy común en todos los tipos de diabetes, especialmente en el tipo 2. En este síntoma entran en juego varios factores que hacen que su cuerpo, a pesar de hacer poco ejercicio físico, se sienta cansado y escaso de fuerzas.

En primer lugar, y conectado con los primeros puntos, su cuerpo está constantemente deshidratado. Gestionar el exceso de azúcar requiere gran cantidad de agua y energía, que el metabolismo desvía para realizar esas funciones internas, dejando menos para otras tareas diarias.

Además su exceso de azúcar está consiguiendo que sus células estén peor alimentadas. Puede sonar paradójico si tenemos en cuenta que la glucosa es la principal fuente de energía de nuestras células, pero “hay que recordar que la responsable de administrar esa entrada de energía es precisamente la insulina”, indica el doctor Fernández, que recientemente participó en la presentación una app de seguimiento para diabéticos y familiares llamada LibreLink. Cuando el nivel de azúcar es excesivo, la insulina no gestiona adecuadamente el combustible interno que necesita nuestro organismo y aparece el cansancio injustificado.

5. Heridas que cicatrizan más lentamente

“La diabetes es fundamentalmente una enfermedad cardiovascular. Por tanto sus problemas más serios están relacionados con la vascularización, ya sea en los grandes vasos (por eso existe más riesgo de infartos e ictus cerebrales) o en los vasos más pequeños que se ocupan de cicatrizar pequeños cortes y heridas”. Además, añade el doctor, “esto también incide en un mayor peligro de contaminación e infección”.

6. Hormigueo y picores en las extremidades

“No se deben al azúcar en sí mismos, sino a las complicaciones en la vascularización”, aclara Fernández. Se conocen como neuropatías, son muy características de la diabetes (sobre todo a medida que la enfermedad avanza) y se sabe que un alto porcentaje de diabéticos desarrollarán problemas en el sistema nervioso a lo largo de su vida.

En las primeras etapas de la enfermedad, unos niveles excesivos de azúcar en sangre pueden producir daños leves en los nervios periféricos, lo que se traduce en picor, escozor, hormigueo o entumecimiento de las extremidades. Si usted los sufre a menudo, quizá es momento de consultar con su médico.

7. Visión borrosa

Para tranquilizar al lector diremos que en las primeras etapas no se trata de la grave retinopatía diabética que puede conducirnos a la ceguera. “En los primeros momentos, tan solo serán momentos de visión borrosa, como si necesitásemos gafas”, aclara el doctor. “Cuando tienes niveles altos de azúcar en sangre, inevitablemente también afecta al sistema visual y sus conexiones”.

El exceso de azúcar puede además causar la inflamación del cristalino, una estructura que funciona como una lente, y que al cambiar de forma puede alterar nuestra capacidad de enfocar los objetos y, por tanto, hacer que veamos borroso.

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