7 mentiras de los antivacunas: ayudemos a alumbrar la verdad

Médicos españoles crearon un documento para desmontar 7 mentiras de los antivacunas. Compartí y ayudá a cuidarnos entre todos.
certificado de vacunacion

Preocupado por el avance del movimiento antivacunas y la reaparición de enfermedad erradicadas en muchos países del mundo, el Colegio Médicos de Barcelona salió a la palestra y publicó un documento con el objetivo de desmontar siete ‘fakes’ o mitos que giran en torno a las vacunas.

La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) ya advertió que las noticias falsas sobre las vacunas, que se propagan principalmente a través de redes sociales, son “tan contagiosas y peligrosas como las enfermedades que ayuda a propagar” esta desinformación.

rubeola argentina

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Las mentiras de los antivacunas

Aquí, las 7 mentiras que los médicos piden ayudar a erradicar:

1- Las vacunas contienen sustancias tóxicas

La institución deja claro que las vacunas “son los fármacos sometidos a más control por parte de las agencias reguladoras de los medicamentos”. En el caso de Cataluña, “son monodosis y no contienen mercurio”. En este sentido, explica que el tiomersal es “un compuesto orgánico con mercurio que solo se utiliza como conservante en algunas vacunas multidosis”. Este compuesto no se acumula en el organismo y no se ha descrito “ningún riesgo asociado a la su presencia”. Es más, el mercurio está presente “de forma natural” en el aire, el agua y la tierra.

Algunas vacunas contienen compuestos de aluminio como adyuvante para aumentar la respuesta inmunitaria. La cantidad de aluminio presente en las vacunas “está muy por debajo de los niveles considerados tóxicos” y tampoco se ha encontrado “ninguna correlación entre la concentración de aluminio en la sangre o el cabello y los antecedentes de vacunación”, según al institución. Al igual que el mercurio, el aluminio está de forma natural en el aire y, de hecho, Los niños, durante los primeros seis meses de vida, reciben más aluminio a través de la lactancia materna o artificial que de cualquier vacuna.

Por otro lado, el formaldehido se puede utilizar en el proceso de fabricación de vacunas para inactivar virus y toxinas, “pero es casi eliminado durante el proceso de purificación”. Además, slgunas vacunas llevan componentes, como la gelatina o la neomicina, que en raras ocasiones pueden provocar reacciones alérgicas a personas susceptibles. Sin embargo, el riesgo de presentar una reacción alérgica grave a una vacuna es muy bajo (1 caso por cada millón de vacunados).

sarampion

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2- Las vacunas causan autismo

En 1998, Andrew Wakefield y otros investigadores publicaron en la revista The Lancet un artículo que asociaba la vacuna triple vírica (sarampión-rubeola-parotiditis) con el autismo. No obstante, esta asociación nunca ha sido demostrada por ningún estudio posterior; al contrario, todas las evidencias científicas actuales permiten rechazar esta asociación.
‘Los resultados del estudio de Wakefield eran erróneos y obedecían a intereses económicos’

Por si fuera poco, quedó demostrado que los resultados del estudio de Wakefield eran erróneos y obedecían a intereses económicos. Por este motivo, en 2004, diez de los doce autores del artículo original publicaron otro artículo en The Lancet en el que se retractaban de las conclusiones del artículo original.

Estudios posteriores, como el realizado en más de medio millón de niños daneses, demostró que los niños no vacunados de triple vírica tenían la misma probabilidad de desarrollar autismo que los vacunados.

3- Las vacunas desencadenan enfermedades crónicas y alergias

Los médicos defienden que no hay ninguna evidencia científica que demuestre que una vacuna haya sido la causa o el desencadenante de una enfermedad crónica, ni tampoco hay ninguna evidencia científica que demuestre que las vacunas provoquen o empeoren enfermedades alérgicas, como el asma o el eczema.

La susceptibilidad de los enfermos crónicos a las enfermedades inmunoprevenibles es más elevada que la de los individuos sanos. La misma enfermedad de base, el comportamiento de la infección, o la respuesta a los tratamientos “puede causar una peor evolución de las infecciones en comparación con un individuo sano”. Los enfermos crónicos, además, pueden presentar una respuesta inmune menor a las vacunas, motivo por el cual pueden requerir la administración de “vacunaciones adicionales”.

4- Los efectos adversos de las vacunas a menudo se silenciando

Sobre este aspecto, los médicos insisten en que todas las vacunas son sometidas a pruebas rigurosas a lo largo de las diferentes fases de los ensayos clínicos que deben superar para ser aprobadas y siguen siendo evaluadas regularmente una vez comercializadas. Los profesionales sanitarios y la industria farmacéutica tienen la obligación de declarar las sospechas de reacciones adversas de las que tengan conocimiento. Incluso los ciudadanos también pueden declararlas directamente.

Para velar por la seguridad, la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios es la responsable del Sistema Español de Farmacovigilancia de medicamentos de uso humano. Del mismo modo, en cada comunidad autónoma hay un centro de farmacovigilancia, “encargado de evaluar y registrar las sospechas de reacciones adversas a vacunas en una base de datos”. Esta información se traslada a nivel internacional a la Agencia Europea del Medicamento (EMA) y a la Organización Mundial de la Salud (OMS).

5- La disminución de las enfermedades infecciosas no se debe a las vacunas, sino a otras mejoras

El Colegio de Médicos asegura que con la vacunación se evitan más de 35.000 casos anuales de enfermedades que afectaban a los niños en Cataluña hace tan solo 30 años. “Sin duda, las mejoras socioeconómicas han tenido un impacto directo sobre las enfermedades transmisibles”, apunta el documento.

No obstante, si se analiza la incidencia de muchas enfermedades infecciosas a lo largo de los años, no hay ninguna duda del impacto directo y significativo que han tenido las vacunas. Enfermedades como la viruela se consiguieron erradicar gracias, precisamente, a las vacunas.

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6- Las enfermedades para las que nos vacunamos son benignas

Las vacunas protegen frente a enfermedades que pueden ser graves, tener complicaciones y secuelas importantes, o, incluso, causar la muerte. Las personas que no se vacunan “no solo ponen en peligro su salud, sino que pueden transmitir la enfermedad a otras personas vulnerables”, como los bebés, las personas mayores y los pacientes inmunodeprimidos, que tienen un riesgo más alto de sufrir complicaciones graves.
Las personas que no se vacunan “ponen en peligro su salud y pueden transmitir la enfermedad a otras personas vulnerables”

De hecho, los médicos insisten en que las vacunas son víctimas de su propio éxito. A medida que las enfermedades que previenen las vacunas disminuyen y se vuelven menos visibles, algunas personas pueden tener la falsa percepción de que ya no es necesario vacunarse. No obstante, a diferencia de la viruela, que ya está erradicada, las otras enfermedades prevenibles por vacunas no han desaparecido y, si dejamos de vacunar, reaparecerán.

7- Detrás de las recomendaciones vacunales se esconden intereses económicos

Los profesionales sanitarios deben regirse por el Código Deontológico, según el cual: “El deber del médico es prestar atención preferente a la salud del paciente, atención que en ninguna circunstancia no será interferida por motivaciones religiosas, ideológicas, políticas, económicas, de raza, sexo, nacionalidad, condición social o personal del paciente, ni por el temor de un posible contagio del médico”.

Esto es lo que “debe ser el interés primario de su actuación”, tanto cuando trata a un paciente, como cuando imparte docencia en cursos, reuniones y/o congresos, según los médicos.

Por otro lado, la industria farmacéutica se debe regir por una ley de transparencia y los nuevos medicamentos han de ser evaluados por las agencias de regulación, que se encargan de la evaluación de las solicitudes de autorización de comercialización de nuevos medicamentos y la posterior supervisión.

Su objetivo es contribuir a la protección de la salud de la población, asegurando que los medicamentos para uso humano sean seguros, eficaces y de alta calidad en beneficio de la salud pública.

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