Qué es el vaginismo: síntomas, causas y tratamientos

El vaginismo es una fobia sexual que tiene cura. Con ayuda profesional podés tratarlo y disfrutar. Aquí, una historia en primera persona confirma que “se puede superar”.
que es el vaginismo

Aunque la sexualidad es considerada como fuente de placer y bienestar para la mayoría de las personas, algunas mujeres la asocian con una amenaza o con algo doloroso e insatisfactorio. Existe una disfunción sexual llamada vaginismo que genera terribles sentimientos de frustración. ¿Qué es el vaginismo?

El vaginismo es una fobia sexual frecuente en mujeres de todas las edades. Es una disfunción que se puede tratar y resolver con diferentes abordajes. Quienes lo padecen, sufren una contracción involuntaria de los músculos de la vagina en el momento de la penetración, lo cual causa una gran incomodidad y dolor que hacen que no se pueda realizar el acto sexual.

El temor a la penetración afecta sus relaciones y, también, la posibilidad de lograr un embarazo por medios naturales.

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Qué es el vaginismo

Los expertos consideran que el vaginismo es una fobia sexual porque cuando se aproxima el momento de la penetración, la ansiedad elevada hace que los músculos vaginales se cierren, evitando que la relación sexual se logre. Cuando la pareja deja de intentarlo, la ansiedad disminuye. Esto significa que la persona aprendió a bajar el estado de ansiedad, evitando o a huyendo del encuentro sexual.

¿Cómo es el circuito de la fobia?

Antes del encuentro sexual, comienzan a aparecer los pensamientos anticipatorios “voy a sentir dolor”, por lo tanto se activa el Sistema Autónomo Simpático frente a la percepción de que un peligro inminente se aproxima, con lo cual el cuerpo se pone en alerta generando un estado de tensión y ansiedad excesiva, que hacen que los músculos vaginales se cierren evitando la penetración.

Cuando la pareja desiste de realizar el acto sexual, la ansiedad comienza a bajar y todos los músculos del cuerpo se relajan.

Sexualidad sin penetración

El vaginismo es una disfunción que se define por la imposibilidad de tener una relación sexual coital vaginal debido al dolor que el acto de penetración provoca. En general, estas mujeres aprenden a tener orgasmos por la estimulación de sus genitales externos y sus parejas se adaptan a este estilo sexual, encontrando otras maneras de completar el acto sexual y encontrar placer.

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Las causas del vaginismo

Hay muchos factores que pueden llevar al vaginismo. Lo importante es hacer un diagnóstico certero para poder indicar un tratamiento adecuado a la mujer y su pareja. Las causas más frecuentes son:

  • Situaciones traumáticas: mujeres que han vivido en algún momento de sus vidas abusos sexuales, violaciones y situaciones de violencia.

En casi todas las mujeres que sufren vaginismo hay antecedentes de dolor en una primera relación. Muchas veces hubo abusos con intentos de penetración, o penetraciones consumadas en un clima de mucho dolor físico y emocional

  • Distorsiones cognitivas: muchas mujeres tienen fantasías conscientes o inconscientes de daño ante la penetración. Es común escuchar frases como “miedo a ser lastimada en la penetración”, “el pene es como un cuchillo, me puede dañar”, etc. Otras veces aparece un fuetre “temor al embarazo” y terror ante sus consecuencias.
  • Problemáticas de pareja: los problemas vinculares que afectan la sexualidad son muchos. Desde peleas y discusiones continuas, relaciones tóxicas, situaciones de violencia física o psicológica, o el tener una pareja con personalidad psicopática. También puede haber trastornos del deseo que no tengan que ver incluso con el otro sino con cuestiones personales muy primarias.
  • Educación represiva: muchas mujeres han aprendido desde pequeñas que la sexualidad es algo malo, que el cuerpo femenino es una zona de riesgo, que disfrutarlo está mal, etc. Entonces, aparece el sentimiento de culpa al pensar que está realizando un acto inmoral. También se teme la pasión y la pérdida de control, asomando dificultades con la entrega que es fundamental para una relación sexual con penetración y placer.

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  • Causas físicas: infecciones urinarias, enfermedades de transmisión sexual. A veces las mujeres tienen flujo, u otras lesiones genitales que les causan dolor (dispareunia) durante la penetración, y si tienen relaciones en esas condiciones les va a quedar el recuerdo de una experiencia dolorosa que se impactará en sus cerebros como algo negativo que debe ser evitado.

Cura del vaginismo: los tratamientos

Hay muchas maneras de abordar este problema y en general lo que mejor funciona es un tratamiento que incluya distintos planos. Las investigaciones han demostrado que las terapias sexuales junto al abordaje cognitivo conductual, tienen un alto grado de efectividad en el tratamiento del vaginismo.

Algunas de las técnicas que se utilizan para el tratamiento del vaginismo son:

  • Reestructuración cognitiva: se trabajan con las distorsiones cognitivas sobre la sexualidad que generan el estado de tensión y ansiedad.
  • Psicoeducación: consiste en brindarle información a la paciente sobre lo que le está sucediendo. Hoy se sabe que cuando la persona conoce lo que le está pasando, la ansiedad baja.
  • Técnicas de Relajación: para que la paciente aprenda a relajarse en el momento de la relación sexual, evitando que se contraigan los músculos de la vagina.
  • Exposición gradual: la paciente va a ir enfrentando la situación que le genera tensión de forma gradual, hasta que la ansiedad baje de forma total y pueda realizar el acto sexual sin dolor ni molestias.

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“Se puede superar”: una historia en primera persona

A partir de una nota leída en Buena Vibra, una joven de 35 años se animó a hacer un tratamiento para resolver sus dificultades a la hora de tener una relación sexual con penetración. La experiencia resultó para ella sanadora en múltiples planos y decidió compartirla.

Su objetivo es acercar fuerza y esperanza a todas las mujeres que no pueden disfrutar a pleno su sexualidad. Aquí, un testimonio en primera persona que nos tocó disfrutar de cerca.

“Tenía miedo a que me doliera mucho”

“Me decidí a contar mi historia para ayudar a otras mujeres que sufran lo mismo que yo. Tengo 35 años y hasta hace un mes nunca había tenido relaciones sexuales con penetración vaginal, algo que guardé como un secreto doloroso muchos años.

Voy a aclarar ciertas cosas que muchas pueden creer que no vienen al caso pero a otras le pueden servir: dicen que soy linda, que soy atractiva (de hecho creo que todas las mujeres lo somos si aprendemos a mostrar lo mejor de nosotras mismas), soy alta, simpática y por cierto, bastante “calentona” en el plano sexual.

Pero mis padres me educaron de una manera conservadora. Nada de novios ni de besuquearse con los chicos en el colegio. “Esas cosas son para otra clase de chicas, no para vos”, me advertían. ¡Como si yo fuera de otro planeta! Obviamente, tenía compañeros que me gustaban y suspiraba por los actores adolescentes de la tele y los jóvenes cantantes famosos de turno.

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A los 12 años tuve mi primera menstruación. En el cole nos dieron clases de educación sexual, pero en mi época eran bastante básicos y no recuerdo que algo de esas charlas me haya servido.

La cosa es que estaba en pleno hormonazo y, como una prima me había enseñado cómo masturbarse, a los 14 años empecé a buscar placer con la ayuda de mi querido colchón. Me encerraba en mi cuarto por un par de minutos, ya que a esa edad no se dispone de mucha privacidad, y así fue como empecé a tener mis primeros orgasmos por frotación en el clítoris. Sí: la masturbación no es sólo para los varoncitos.

Durante todo el secundario, mientras mis compañeras andaban “transando”, noviando y vaya a saber qué otras cosas más, yo me convertí en la linda intocable, la figurita difícil. Los pobres valientes que se me acercaban con alguna intención eran rebotados como pelotas de basquet. Si bien soñaba con estar de la mano con alguno, que me abrazara y estuviera conmigo, era como una cosa más platónica, no quería el contacto físico/sexual porque eso “no estaba bien”.

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Cuando cumplí 18 años me dejaban ir a boliches, siempre y cuando fuera con un grupo de amigas. Salía casi todos los sábados. La pasaba genial con mis amigas, bailábamos, tomábamos, pero con los hombres yo seguía siendo “la difícil”. Me convertí en una perfecta “histérica”: miráme y no me toques.

A los 21 me relajé un poquito y empecé a besuquearme con algún que otro chico en fiestas de la facultad. Con uno llegué a salir por casi 2 meses y, cuando empezó el manoseo, si bien lo disfrutaba empecé a sentir una especie de temor al saber que el próximo paso era ir a la cama.

El temor era en realidad a quedar expuesta con una falta total de experiencia en esa área, que descubriera que todavía era virgen y, además, el famoso “dolor” de la primera vez

Seguí así hasta los 25 años. Fue entonces cuando apareció un morocho fantástico que resultó ser el hombre de mi vida. Muy tierno, se me acercó de a poco y estuvimos de novios durante 7 años.

El venía muy canchero, había tenido varias relaciones anteriores, mucha experiencia en la materia. Y tal vez, de alguna manera, esto avivó su interés  porque yo sentí la necesidad de contarle que era virgen y él se lo tomó de una manera muy natural. Yo quería que la tierra me tragara, porque a esas alturas no lo sentía como una virtud, sino que era como una especie de karma.

A pesar de que él me hacía sentir muy cómoda y no me apuraba, yo tenía miedo. Miedo a que me doliera mucho, a que me sangrara y no sé a qué más. Resulta que este temor que sentía era algo que, si bien me pasaba en la cabeza, me generaba una reacción física. O sea, el temor hacía que yo contrajera mi vagina con mucha fuerza, lo cual obviamente hacía imposible cualquier tipo de penetración.

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Como la química que tenía con mi novio era increíble, de alguna manera nos las ingeniamos para pasarlo bomba en la cama sin tener penetración vaginal (sí, él me ama y tiene una paciencia infinita). Bueno, no voy a explicar todas las cosas que hacíamos en la cama pero sí voy a decir que resultamos ser muy creativos y los dos pudimos tener orgasmos durante todo nuestro noviazgo.

Sin embargo, los años pasaban y a pesar de pasarla muy bien con mi novio, yo sabía que tarde o temprano tenía que resolver este problema. Porque era un problema y tenía un nombre: vaginismo.

Investigué un poco sobre el tema en internet, hice intentos fallidos de ponerme tampones, hasta que tomé coraje y empecé a ir a una psicóloga para hacer terapia. Hablé mucho sobre la raíz del problema que era ese famoso temor al dolor. La terapia me hizo bien, pero llegó un punto que tenía que dar otro paso más: tenía que ir a la práctica.

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Con mi novio ya estábamos a full y decidimos casarnos. Tal vez eso me hizo sonar una especie de alarma interna porque por dentro me dije: “No me quiero casar virgen! ¡Eso es del siglo pasado!”.

Un día, navegando por Internet encontré una nota que hablaba sobre “Nuevas terapias a favor del placer femenino“. Me puse a leer; hablaba sobre problemas sexuales en general y no solo de dificultades para alcanzar el orgasmo, cosa que no me interesaba ni me pasaba. Pero me llamó la atención que en la misma nota se mencionara el vaginismo. Así conocí a Viviana Tobi, una profesional que, desde el minuto cero, fue muy cordial y me hizo sentir muy cómoda. Fue importante porque al ser mi problema algo que da vergüenza, necesitaba sentirme contenida.

Mi tratamiento incluyó charlas sobre mis experiencias previas y un reconocimiento de mi vagina a través de gráficos y mirándome frente a un espejo. Luego fui probando de a poco con pequeños tutores del tamaño de tampones. Yo nunca me había introducido ni siquiera un tampón, así que se imaginan mi alegría la primera vez que pude hacerlo.

Hice ejercicios en casa, aprendí técnicas de relajación a través de la respiración. Esto fue clave para mí porque lo que yo siempre hacía era contener la respiración y automáticamente contraer los músculos que rodean la vagina, lo que imposibilitaba cualquier tipo de penetración. Al respirar de manera rítmica y pausada, me ayudaba a relajarme. A veces me ponía un pequeño vibrador al lado de la vagina. La vibración me hacía relajar aún más los músculos.

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Los miedos empezaron a desaparecer… ¿Y el dolor terrible? ¿Y el sangrado? ¿Y el himen que tiene que romperse? Increíblemente me di cuenta que todos eran mitos. Toda la vida pensando que iba a sentir un dolor terrible…

Tengo que admitir que a veces me dolía un poquito, pero no era un dolor era más bien una incomodidad, que sucedía sólo cuando yo contraía involuntariamente los músculos. Apenas exhalaba el aire y relajaba los músculos, la incomodidad desaparecía.

Además, en mi caso no hubo sangrado. Mi himen hacía rato que se había había esfumado y yo no tenía ni idea. Tal vez por las masturbaciones, tal vez por mis clases de danza, quién sabe… ¡Qué importa! Estaba feliz.

Con el correr de los días me fui animando a probar cada vez con tutores más grandes. La cosa empezó a ponerse divertida. Mi objetivo era lograr introducirme algo que tuviera un tamaño similar al pene de mi marido, así que cuando lo logré me dije: “¡Listo! ¡Puede entrar tranquilamente!”. Y así fue.

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Fue un momento muy emocionante para los dos. El “paso” de mis tutores al pene de mi marido se dio de una manera natural. Tal vez haya influído el hecho de que yo lo hice partícipe de mi tratamiento contándole mis pequeños logros e incluso mostrándole cómo me introducía los tutores. Esto también le debe haber dado cierta tranquilidad a él, al ver que era posible para mí y que no me dolía y no me resultaba traumático.

Ahora estamos disfrutando y probando distintas posiciones para ver cuáles nos gustan más. También sigo aprendiendo sobre mí misma, descubriendo de qué forma estoy más cómoda y siento más placer.

La verdad es que me siento orgullosa de mí misma y quiero contagiar mi alegría y mi fuerza a todas las mujeres que tienen este mismo problema. Dos frases más (muy trilladas tal vez pero que hoy adquieren un nuevo valor para mí): se las dedico especialmente a estas mujeres: ¡Se puede! ¡Nunca es tarde!”

El primer paso es buscar ayuda y dejar de vivir como una vergüenza algo que les pasa a muchas mujeres. Algo que los profesionales conocen, tiene nombre, tratamiento y cura. ¡A por ello!

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