Una noche de amor: una meta difícil entre hijos y años de convivencia

Después de un tiempo de convivencia, sobre todo cuando hay hijos pequeños mediante, las parejas “se pierden” entre tanta maraña de juguetes, ollas, corridas para llegar al jardín y otras cuestiones de la vida familiar. La intimidad se diluye en la construcción de la familia. Pareciera que esa fuerza se tragara todo intento de encuentro, de intimidad.

En el escenario de la familia no hay otro protagonista, el discurso de las contingencias cotidianas pasa a ser el relato diario. No hay otros temas, se pierden las miradas, las sutilezas, los códigos antes compartidos. Se olvida que cada día puede tener esos pequeños momentos de conexión.

Y no me refiero a programar algo especial… Hablo de encontrar un gesto, una acción que recupere un mínimo de la intimidad perdida.

Es frecuente que las excusas con nombre de responsabilidad se impongan y se espere el momento adecuado para estar juntos, ejemplo: “cuando mamá pueda cuidar los chicos”, “para el cumpleaños de fulanito” o para las cada vez más remotas vacaciones.

La construcción de ideales actúa como una meta ilusoria que calma las ansiedades vinculares. Sin embargo, el ideal hace perder lo posible. Cada nuevo día nos desafía a encararlo con una cuota de espontaneidad, creatividad y compromiso personal. Evaluar juntos los problemas a encarar, dar prioridades, abrir la percepción, aprender a delegar, tener una visión optimista, dar curso a las emociones, disfrutar del tiempo libre, promover la sociabilidad, darnos el tiempo para pensar, para compartir, acentuar el placer por sobre el dolor, salir del “lugar de la queja”, son algunas de las premisas para enriquecer la vida en pareja.

En el área sexual, estimular las caricias y todo tipo de expresión de ternura ayuda a no perder la conexión de los cuerpos. Perder las potencialidades actuales para encarar la vida diaria reaviva carencias y nos sumerge la incertidumbre, o, por el contrario, en la certeza de un futuro fracaso.

Un cambio de perspectiva supone centrarnos en las necesidades de la pareja (haciendo un balance de lo conseguido), con el fin de reflexionar acerca de la vida que deseamos construir. La rutina nos puede alejar del otro por el mero hecho de estar atentos a las exigencias del día a día. Buscar espacios para el encuentro, para reflexionar, para la intimidad, debería ser una grata tarea a tener muy en cuenta.

 

Por Walter Ghedin. Médico Psiquiatra y Sexólogo

 

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