Burning Man, la ciudad efímera que se levanta en el desierto durante una semana

Burning Man es una fiesta. Y es una ciudad. Y es una semana.

Indescriptible, inclasificable, fuera de las normas. Una vez por año, este suceso que cobra cada vez más notoriedad (con lo cual molesta a unos cuantos), convoca a cada vez más gente que busca ser parte de este “instante en el tiempo”.

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Para entenderlo apenas un poco al menos podemos decir que Burning Man es un encuentro anual que se lleva a cabo en la “ciudad” de Black Rock. Claro que a tal ciudad no hay forma de encontrarla, salvo durante los días que dura el suceso. Se trata de una comunidad temporal erigida en el desierto Black Rock en Nevada.

Allí, en los vestigios de un lago, a 150 kilómetros al noreste de Reno se lleva adelante este encuentro multitudinario y fugaz.

El evento es descrito como un experimento en la comunidad de autoexpresión y autosuficiencia radical (estos son algunos de los “10 principios” de los que se rige la comunidad de Burning Man) que explora diversas formas de expresión artística.

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Algunos de estos esfuerzos creativos incluyen disciplinas como la escultura interactiva, arquitectura, desarrollo de instalaciones, performances, inspiradas en el tema del año. Para conseguir esta  profusión de obras, Burning Man ofrece becas a cientos de artistas quienes se desviven por llegar a estar entre los integrantes de este suceso.

Burning Man fue celebrado por primera vez en 1986 en la playa Baker en San Francisco como un evento pequeño organizado por Larry Harvey y un grupo de amigos pero que posteriormente se ha llevado a cabo anualmente, y se extiende desde el último domingo de agosto hasta el primer lunes de septiembre.

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Uno de los objetivos clave del encuentro es conseguir no dejar ninguna huella de lo que se haya producido en el espacio utilizado; la intención es promover una atmósfera en la que los participantes tengan cuidado de no dejar basura, o de recogerla en caso de encontrarla.

De esta búsqueda de no dejar huellas viene el nombre de esta reunión. Durante la penúltima noche, toda la comunidad se reúne para celebrar la quema de una gigantesca escultura de madera con forma de hombre.

Esto es solo un anticipo, porque lo verdaderamente conmovedor y fundante de esta experiencia única ocurre durante la noche del domingo cuando los “habitantes” vuelven a encontrarse pero esta vez para quemar todo lo que se uso durante esa semana. Cada año, en la ciudad se construye un templo de madera que al llegar la última luna se prende fuego con toda la ciudad para que no quede ni un rastro, ni una huella del paso de la comunidad por ese sitio.

Casi como una explicación de lo que Burning Man significa, los organizadores cuentan que “la inmediatez de la experiencia es la piedra angular de la cultura del festival. Buscamos superar las barreras que existen entre todos y reconocernos a nosotros mismos y a la realidad que nos rodea mediante la participación en la sociedad y el contacto con el mundo natural más allá del poder humano. Ninguna idea puede sustituir esta experiencia.”

Acorde a estas ideas, otro de los principios básicos de “’Burning Man” es “la devoción que implica el acto de regalar”. Se espera que los participantes del festival subsistan a través de una “economía del regalo”, ya sea mediante el regalo mutuo de objetos o el intercambio de favores, aun sin esperar nada a cambio.

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Si bien el evento busca crear un ambiente social fuera de todo proceso comercial, publicitario o cuestiones relacionadas; al hacerse cada vez más conocido ha sido muy difícil mantener esta pureza. El objetivo es protegerse de la cultura de explotación que, consideran, deriva de estas actividades. La única transacción monetaria que se permite está relacionada con el transporte al evento o la compra de hielo y bebidas no alcohólicas, cuyos beneficios van a diferentes organizaciones sin ánimo de lucro.

En los últimos años, según explican los más antiguos participantes, este festival que desde sus inicios se ha asociado con el movimiento hippie y más recientemente con la música electrónica ha dejado de parecerse al evento original que iniciaron en 1986 para celebrar el solsticio de verano.

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El que durante años fue un oasis de la contracultura, se ha convertido ultimamente  en un punto de encuentro para algunos de los millonarios de más renombre de la industria de la tecnología de Silicon Valley quienes acuden a Burning Man para ver quién gasta más dinero en agasajar a sus invitados, levantando lujosos campamentos temporales en el desierto.

Estos magnates y sus invitados, que pueden llegar a pagar US$25.000 por la estancia, se trasladan al festival en aviones privados, pasan la semana comiendo platos cocinados por algunos de los mejores chefs del mundo y cuentan con asistentes -a los que llaman sherpas- que les ayudan a satisfacer todas sus necesidades rompiendo como es lógico con el espíritu del festival.

“En este crisol de la creatividad, todos son bienvenidos.” Explican los organizadores del evento quienes ya anunciaron que están preparando el del año que viene.

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