Cumplió un sueño que comenzó a los 63: en moto de Ushuaia hasta Alaska en 3 años

Ricardo Herscovich vive en Villa Dolores y es piloto aéreo retirado. Cuando tenía 63 años puso en marcha lo que definió en ese momento como: “el viaje de mi vida”.

En esa ciudad del valle de Traslasierra, preparó su moto Kawasaki KLR 650, bautizada “Pájaro”, para iniciar una travesía que culminara en Alaska, el helado extremo norte del continente americano.

Al “viejo motero” –tal como se autodefine- le esperaban unos 30 mil kilómetros, temperaturas extremas y, al menos, siete meses sobre ruedas para llegar a destino… Se alargó un poquito; fueron 3 años de muchas emociones.

“Hice muchos viajes en moto por Argentina y países limítrofes, y un día empecé a fantasear con un viaje por toda América casi como jugando, hasta que un amigo me desafió cuando me planteó:

“Si vos querés, podés”

Y agregó: “a partir de ese momento, lo que era una fantasía utópica se transformó en un proyecto realizable”.

Luego de un año de planificaciones y pruebas, la moto estaba lista. La “Pájaro” llevaría una bandera celeste y blanca y algunos baúles con ropa, equipo de campamento, repuestos, herramientas, un GPS, mapas, botiquín y hasta una libreta de contactos. Y agregaba:

“El viaje no está atado a ninguna estructura, no sé dónde voy a estar en Navidad o en mi cumpleaños; la única fecha posible es llegar a Alaska en verano para minimizar las inclemencias climáticas”

Y seguía emocionado: “cuando un piloto deja las alas, la mejor alternativa para canalizar la adrenalina y encontrarle un significado a vivir, es la moto. La moto es pasión, mientras la felicidad de rodar en una moto me acompañe, no tengo límites”.

Y hoy, con sus 67 años, Ricardo Herscovich cumplió con su sueño recorriendo 120.000 kilómetros en su moto para unir en tres años, Alaska con Ushuaia

Inició el recorrido con su compañera, su Kawasaki KLR 650, “confiable y noble”, y su  equipo completo de camping, herramientas, repuestos y el mate. Y así se despedía:

“Años de contactos por Facebook nos van dando una hermandad motoquera americana y mundial; así que algunos me fueron recibiendo; otras veces acampaba o buscaba un alojamiento barato”

“Lo hice muy tranquilo, visitando todos los países sin prisa, disfrutándolos, integrándome a los lugares”, describe.

Cuenta feliz que no fue complicado, que se le hizo fácil: “de a poco, a medida que se avanza, uno se va haciendo de una coraza que lo protege de extrañar porque la aventura es maravillosa; pero en todo este tiempo también me privé de cosas que pasaban en mi casa, a mi gente”.

Reconoce que, a su edad, los aventureros son menos. “Es muy difícil encontrar a alguien que se prenda en un viaje sin tiempo; la salud me acompañó y recién cuando regresé tomé noción de lo hecho”.

En su página de Facebook, Viejo Viajero x América, hay postales y vivencias del viaje.

“Ojalá sirva para motivar a otros, para que algún otro se decida, que no piense en la edad o en los impedimentos, sino en las oportunidades que nos da la vida”

Herscovich tiene tres hijos, nietos y una vida como instructor de vuelo y piloto comercial.

Relatos:

El tiempo fue pasando junto con los kilómetros, sólo en México recorrió 17.000.

“Cuando cubrí toda Sudamérica estaba feliz con lo alcanzado y cuando me quise acordar, estaba en Estados Unidos”.

Cuenta que los momentos más complejos fueron en 2014, en el salar de Uyuni, Bolivia. Iba entusiasmado para seguir el paso del Dakar, pero por una “caída tonta” se quebró el tobillo. La fractura soldó “más o menos bien”.

El otro momento bravo fue un desbarranco en la alta cordillera de Perú. “Aparecían cosas difíciles pero siempre se arreglaban. Al otro día, seguía”.

El entusiasmo crecía: “lo que conocía de películas, de ver en la National Geographic, me tenía a mí de protagonista. Ver funcionando el canal de Panamá, estar al pie del Golden Gate en San Francisco, la gente, los sabores…” Todo alimentaba su adrenalina.

Cuando arrancó el viaje calculaba estar un año afuera, pero pasó ese tiempo sólo entre Estados Unidos y Canadá esperando para entrar a Alaska con mejor clima.

El 21 de junio, justo el día de inicio de la primavera, vio el cartel de bienvenida.

“Estaba tan exultante que casi me pasé de largo. No lo podía creer; hice las fotos y estuve un día en un pueblito para después hacer base en Fairbanks”, la segunda ciudad de Alaska”.

Reitera que no le interesaba sacar la foto y volver, sino conocer. No había apuro.

Emocionado cuenta que lo mejor del viaje es “compartir costumbres, suplantar las propias por otras, abrirse a las sorpresas”. Y agrega con una sonrisa, seguramente ya pensando en su próxima aventura, que hace falta una “dosis de locura” para decidirse.

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