Librería de Ávila o Librería del Colegio: la más antigua de Buenos Aires

Cuando la patria era apenas el sueño de un puñado de patriotas que iba despertando lentamente en los cafés de la zona, en lo que ahora es la esquina de Adolfo Alsina y Bolívar, ya funcionaba la Librería del Colegio.

Manuel Belgrano, Juan José Castelli, Mariano Moreno y Juan José Paso -entre otros- frecuentaban la librería. Era uno de los lugares en los que se iba gestando lo que para mayo de 1810 sería la Revolución.

La librería de Ávila nació en 1785 y en sus salones debatieron ilustres personalidades de la historia política y cultural de la Argentina: desde Mitre, Sarmiento y Avellaneda hasta Victoria Ocampo, Borges y Bioy Casares.

No sólo es la más antigua del país, sino que algunos se animan a caratularla como la más antigua del mundo. Su propietario actual es Miguel Avila, un hombre vinculado a la cultura y los libros.

En 1994 la rescató de las garras de las leyes del mercado que la estaban por transformar en un local de comida rápida, y la rebautizó con el nombre de Librería de Avila.

Tradicionalmente fue conocida como Librería del Colegio, por encontrarse a metros del Colegio Nacional Buenos Aires

Ávila escribió acerca de la importancia de esta histórica esquina: “En este sitio se edificó en 1785 la primera casa de altos que hubo en Buenos Aires. Pertenecía al profesor de farmacia Francisco Salvio Marull y en la planta baja se instaló la Botica del Colegio”.

“Se dice que en sus escaparates aparecieron en venta los primeros libros que llegaron a la Gran Aldea”

Como detalle de la importancia que tiene este sitio, la historia relata que el 1 de abril de 1801 apareció en Buenos Aires el primer periódico del virreinato, un cuaderno de ocho páginas cuyo pretencioso título era El Telégrafo Mercantil, Rural, Político, Económico e Historiográfico del Río de la Plata, que fue leído con suma curiosidad por los habitué a las tertulias de la Botica del Colegio.

“Tiempo más tarde, cuando las invasiones inglesas eran un hecho, la lucha decisiva se concentró en el barrio sur -explica Avila-. San Ignacio y su manzana esperaban con los techos poblados de fusiles patricios.

Todas las azoteas y ventanas del vecindario ocultaban nidos de tiradores. Y si es seguro que el Café de Marco los tenía, es indudable que los altos de la Botica del Colegio se dispusieran a abrir heridas que su planta baja curarían”

De botica a librería

 

Hacia 1830, aquella botica dejó paso a una librería, que como era el uso y costumbre de la época la gente llamaría del Colegio, debido a la cercanía al Colegio San Carlos, el actual  Nacional Buenos Aires.

En 1926, el viejo local de la librería fue demolido y en su lugar se construyó uno nuevo de estilo ecléctico que permanece en la actualidad. Tiempo después, el local fue adquirido por la Editorial Sudamericana que lo explotó comercialmente durante 18 años, hasta que en 1967 lo vendió a una cooperativa de ex empleados de la librería, que privilegiaron la venta de libros de enseñanza por sobre la de obras de ficción.

La declinación comenzó a mediados de la década del 80, en 1989 la cooperativa resignó la continuidad del negocio y la Librería del Colegio cerró sus puertas. Y así quedó durante varios años.

El renacimiento

Una noche de 1993, Miguel Avila -que tenía experiencia en el oficio como ex dueño de la librería Fray Mocho- se detuvo a mirar la vetusta construcción, cuya planta baja lucía inactiva y abandonada.

“Mi hija estudiaba en el Nacional Buenos Aires y, como a veces ocurre, mientras esperaba que saliera de clase se armó un grupete de padres con los que trabamos cierta amistad. Esta esquina estaba cerrada y abandonada, vivían cirujas. Entonces uno de los padres me preguntó: ‘Miguel, ¿conociste la librería que estaba aquí?’. ‘Por supuesto -le respondí-. Fue la primera librería que tuvo Buenos Aires’. Me dijo ese padre que estaba por abrirse un local de comida rápida. Lo miré y tuve un ataque de nacionalismo. Pensé: defendemos el bife de chorizo y descuidamos tantas otras cosas”.

Ávila reflexionó que la librería más antigua del país, por donde pasó todo el pensamiento nacional, no podía terminar siendo una empresa norteamericana de venta de hamburguesas y se fue a su casa con el tema en la cabeza

“Por ese entonces era muy amigo del Padre Arce, párroco de la Iglesia San Juan Bautista, y le conté lo de la librería. Nos preguntamos quiénes serían los dueños. Se cruzó para preguntarle al canillita de la esquina, quien lo miró extrañado y le respondió: ‘Son ustedes, el Arzobispado de Buenos Aires’.

Entonces el padre Arce me contactó con Cayetano Liciardo, quien administraba las propiedades del Arzobispado. Liciardo era un tipo muy serio, le dije algo así como ‘vengo a tratar de recuperar una esquina muy cara a la memoria cultural de nuestra ciudad’.

Me miró asombrado y me preguntó: ‘De qué esquina me habla’. Le expliqué la situación y me respondió lacónicamente: ‘Los católicos tenemos un dicho: Dios cierra las puertas pero deja abierta una ventanita’. Si en cinco años nadie vino a preguntar por esa esquina, yo le voy a hacer caso al de arriba. Escríbame una carta que vamos a pelearla’. Después de mucho batallar, se deshizo el contrato y recuperamos esa esquina histórica”.

De la construcción original no había quedado nada, ni siquiera las perillas de la luz. Pero Avila se propuso transformar el local en lo que había sido la antigua librería. Lentamente se fue haciendo.

El sitio está declarado de Interés Cultural de Buenos Aires, Lugar Histórico Nacional y en España la declararon la librería más antigua del planeta: ninguna resistió desde 1785

En el subsuelo funciona un llamado café literario y cuenta con una oferta importante de libros antiguos y fuera de circulación en una amplia gama de temas, desde historia y antropología, hasta lingüística y literatura.

Fuente: la100.cienradios.com

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