Pistoia: una pequeña Florencia sin multitudes

Pistoia, TOP 6 del ‘ranking’ “Best in Travel 2017”, es parte de esa Toscana menos ajetreada, ubicada a apenas 35 kilómetros de Florencia, a medio camino entre Lucca y Florencia.

A los lugareños les sorprendió que su modesta ciudad fuera elegida Capital Italiana de la Cultura 2017, pero no cabe duda de que Pistoia merece semejante reconocimiento. Esta ciudad, próspera y segura de sí misma, donde la cultura aúna pasado, presente y futuro, ofrece un sinfín de experiencias deliciosas.

1. Subir al campanario de la Catedral

Al visitar por primera vez la Piazza del Duomo de Pistoia uno tiene la sensación de haber viajado en el tiempo. El suelo que pisa perteneció primero a un foro romano, después a una plaza de mercado medieval, y luego al núcleo municipal de una rica ciudad renacentista.

Un bello campanario de 67 m de altura preside el centro de la plaza, atrayendo las miradas hacia el amplio cielo azul y otorgando a la plaza una gran majestuosidad.

La plaza apenas ha cambiado desde la época de Dante y Maquiavelo. A la izquierda del campanario se halla el Palazzo Comunale, con el imponente emblema de los Médici, mientras que a la derecha se alza el Palacio Arzobispal y un bonito baptisterio de mármol blanco y verde encarado a la catedral románica.

Para verlo todo desde las alturas, se pueden subir los 200 escalones del campanario. Desde la oscura y fría base de la torre se asciende a la luminosa terraza almenada, desde donde se contempla la plaza y un mar de tejados de terracota enmarcado por las empinadas laderas de los Apeninos.

2. Explorar los pasadizos subterráneos bajo el Ospedale del Ceppo

El circuito subterráneo del Ospedale del Ceppo ofrece una visión más cruda de la vida medieval. A medida que la peste negra devastaba la población de la Toscana en el s. XIII, el hospital necesitaba expandirse con rapidez, y la única forma de hacerlo era desviando el río que tenía al lado bajo tierra. El circuito discurre a lo largo de este río, en un túnel abovedado sobre el cual se levanta la ciudad histórica.

Además de las pistas en forma de estratos sobre la construcción de la ciudad, existen otras curiosidades. A medida que el concepto ‘hospital’ cambió de mesón a hospicio y, después, a centro médico, estas cámaras subterráneas eran utilizadas como lavanderías, molino de aceite e incluso como un molino de grano público, alquilable, que funcionaba con el agua del río subterráneo.

Fragmentos de cerámica revelan conocimientos avanzados sobre enfermedades infecciosas (las ollas negras solo eran para enfermos de peste negra), mientras que nuevas cuchillas quirúrgicas avanzaban las clases de anatomía en el anfiteatro anatómico del piso superior.

3. Beber “Spritz” y conocer gente en Piazza della Scala

‘La Scala’ es una de las plazas más antiguas de Pistoia y, desde el s. XI, ha albergado un mercado en el que se vende de todo, desde pescado hasta fruta, hortalizas o flores, productos que se amontonan en bancos bajo las copas de los árboles. Es como una zona de restauración al aire libre y el núcleo de toda la comunidad.

Cada día sigue el mismo ritmo. Por la mañana, muchos pistoiesi van a comprar. A la hora del almuerzo, las contraventanas de las tiendas de la zona se abren para servir excelentes tentempiés y delicatessen como I Salaioli a los trabajadores de la zona.

A mediodía hay un bajón soñoliento que se esfuma a la hora del aperitivo, cuando los bares de vinos como Voronoi se llenan de gente joven y moderna.

Al caer la noche, la plaza se vuelve un lugar recogido, cuya iluminación revela sus detalles más bonitos a las parejas que pasean por los callejones antes de ir a cenar a trattorias románticas como La BotteGaia.

4. Saborear el valle del Chocolate

La afición toscana por el chocolate surgió en el s. XVII, cuando los duques Médici se aficionaron a tomarlo mezclado con flores de almizcle y jazmín. Corsini no es el único confitero que tritura y derrite cacao de excelente calidad.

En el barrio de Agliana, el destacado chocolatero toscano Roberto Catinari tiene una tienda elegante y moderna con 110 tipos diferentes de bombones; y al otro lado del valle, en Monsummano Terme, el pupilo de Catinari, Andrea Slitti, regentea el acogedor Caffé Slitti, donde se puede saborear crema ‘slittosa’ con una taza de excelente café.

5. Recorrer la ruta artística de la Fattoria Di celle

Existe una gran diferencia entre contemplar obras de arte en un museo y verlas en su contexto original. Es difícil imaginar el techo de la Capilla Sixtina sin el edificio que lo alberga, por ejemplo; o la conmovedora Asunción de Tiziano sin el brillo dorado que le dan los grandes vitrales de I Frari. El coleccionista de arte Giuliano Gori sabe muy bien el poder que tiene el contexto, y esa es la razón por la cual convirtió los jardines de la Fattoria di Celle, del s. XIX, en un original museo de arte.

Para visitarlos conviene calzarse las botas de montaña y prepararse para cuatro horas de caminata a través de la campiña, donde las esculturas de bronce sin cabeza de Magdalena Abakanowicz ejercen de siniestros centinelas; por bosques de robles envueltos en acero como gigantescas colmenas de cromo. Es absolutamente mágico.

Fuente: Lonely Planet.

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