Media hora en las alturas con la fascinante ciudad de Melbourne a los pies

La “Melbourne Star”, una gigantesca “vuelta al mundo” inspirada en el “London Eye” permite apreciar desde las alturas esa bella ciudad australiana llena de parques, edificios del siglo XIX y una excitante confluencia de culturas y nacionalidades.
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Casi cayéndose de la isla de Australia, escondida de los tiburones del Pacífico sur en la bahía de Port Phillipe, Melbourne es una de las joyas indiscutidas del país de los canguros. La primera impresión tras la llegada peleará por la sorpresa ante la explosión multicultural de sus habitantes -un crisol predominado por indios, chinos, indonesios y malasios entre los descendientes de británicos con piel descolorida y cabellos rojizos- y la prolija convivencia entre edificios estilo inglés del siglo XIX con gigantescas torres de oficinas, cada cual con alguna extravagante forma o detalle que las hace únicas.

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La mejor manera de disfrutar de ese cautivante paisaje la ofrece la “Melbourne Star”: una enorme “vuelta al mundo” que durante media hora se elevará cuatro veces por las alturas de la ciudad para descubrirla a sus pasajeros.

Con la serpiente del río Yarra discurriendo al pie entre parques, colinas cubiertas de edificios, centros comerciales y más parques, la impresionante rueda está ubicada en los Docklands, un elegante barrio residencial en cuyo shopping crece la blanca circunferencia de acero y vidrio. Por la tarde, el ardiente sol de enero cede su agobio para bruñir los contornos del moderno estadio multipropósito Marvel, detrás del cual se teje la parrilla de vías que enseguida se anudan en la Southern Cross Station, donde parten y llegan los trenes regionales que unen Melborune con Sidney, por ejemplo.

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El segundo giro vertical de la “Star” puede dedicarse a adivinar los contornos del rectángulo urbano que recorre el tranvía gratuito que la ciudad convida a sus vecinos y visitantes. Entre las calles Flinders, Spring, La Trobe y la Harbour Esplanade, el “City Circle” recorre cada veinte minutos y en ambos sentidos el corazón histórico -y a la vez moderno- de Melbourne, para que los pasajeros suban y bajen de sus coches cuando quieran.

Dentro de ese circuito de ocho calles de ancho por unas catorce de largo, están las perlas más brillantes del centro: desde la impresionante catedral de Saint Paul, la Federation Square, el Parlamento del estado de Victoria y el pintoresco teatro Princess, hasta la red de centros comerciales unidos por puentes sobre las calles, que se despliegan a lo largo de las calles Collins y Bourke con las tiendas más exclusivas del mundo. En esas dos calles -cruzadas también por el susurro de los tranvías- es obligatoria una mirada detenida sobre los bellísimos edificios señoriales del siglo XIX y comienzos del XX, restaurados y embellecidos para albergar casas de ropa, zapatos o joyerías.

 

Junto a esta exuberancia arquitectónica, es igualmente deslumbrante otro de los tesoros famosos de Melbourne: sus estrechos pasajes y callejones decorados por coloridos graffitis, creados por talentosos artistas que superponen su trabajo con la frecuencia suficiente para que cada visita a la ciudad sea nueva y diferente. Entre ellos, el más conocido es la AC/DC Lane, el callejón dedicado a la famosa banda australiana de rock creada por los hermanos Young. Bajo el amable murmullo que apenas rompe el silencio aún en el centro, una miríada de bares, restaurantes y cafés llaman a sus clientes con la tentación de sus aromas y el tintineo de las copas que se entrechocan, en brindis proferidos bajo decenas de lenguas.

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La rueda de Melbourne vuelve a elevarse, compitiendo con las torres y grúas que siguen y siguen construyéndolas, y ahora vamos a buscar otro de los infaltables de la ciudad, que por unas pocas cuadras no está dentro del City Circle: el famosísimo Victoria Market, un enorme mercado de carnes, pescados, quesos, fiambres y verduras frescas que se agita desde hace más de dos siglos, ahora crecido hacia uno de sus lados bajo larguísimas barracas bajo las cuales se venden artículos de cuero, tejidos, juguetes, recuerdos y artesanías. Aún desde la distancia de la altura, el Victoria Market se puede apreciar por sus techos bordó, aunque el edificio histórico en cuyos pasillos trasiegan clientes y vendedores de alimentos queda hacia el este y nos da la espalda.

Comienza la última vuelta de la Melbourne Star, y vamos a afinar la vista, la lente de la cámara o los binoculares -un auxiliar ideal para el paseo- para llegar con ellos más al sur, cruzar imaginariamente cualquiera de los numerosos puentes sobre el río Yarra, y llegar hasta los extensos jardines de la reina Victoria, en cuyos márgenes se multiplican los estadios y canchas que cada enero reciben a los mejores tenistas del mundo para el Abierto de Australia, en el Melbourne Park. También se elevan allí estadios de cricket -otro deporte popular en Australia, como el rugby y crecientemente el fútbol- y escenarios para conciertos de música al aire libre.

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Ni la vista ni los catalejos podrán llegar, en cambio, más al sur, a las playas más concurridas de Melbourne, Saint Kilda y Brighton, donde están las famosas “bathing boxes” de madera pintadas de colores vivaces, que son otro de los sellos de la ciudad.

El suelo crece bajo nuestra cabina, el paseo circular está por concluir, pero la lista de sitios para visitar se agigantó. Uno de los más atrayentes, la Melbourne Star, acaba de cumplirse.

 

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