La increíble vida de los presos en la cárcel más exitosa del mundo

Queda en una isla noruega, a una hora de Oslo. Los reclusos cultivan la tierra, producen leña, van a la playa y hasta esquían.

La mayoría de las cárceles del mundo son instituciones que se caracterizan por su triste reputación y sinsentido: superpoblación, escuela del crimen, abuso, muerte, crimen organizado, motines, tortura y marginalidad. “La cárcel es una manera cara de hacer que la gente mala sea peor”, dijo Douglas Hurd, político británico, y difícil contradecirlo. Pero hay excepciones: la prisión de Bastøy, premiada en 2014 por “promover los valores humanos y la tolerancia”. Claro: está en unos de los países con mayor calidad de vida del mundo.

La prestigiosa prisión se ubica en una isla deshabitada de 2,6 kilómetros cuadrados a una hora de Oslo. Sus 115 reclusos viven en un régimen abierto porque, como en Alcatraz, la geografía marca una barrera natural.

Ese es el único punto en común con la tristemente célebre cárcel de la bahía de San Francisco. Bastøy funciona como una comunidad: los condenados trabajan y tienen tiempo libre para pescar en verano o esquiar en invierno; viven en cabañas y cuidan el ecosistema.

Eso sí: nadie es enviado directamente a Bastøy. Son destinados a este lugar de privilegio quienes logran demostrar que pueden estar en un ambiente de seguridad baja y que demuestran las 24 horas que quieren reintegrarse a la vida social de manera positiva.

Noruega tiene la tasa de reincidencia más baja de los países escandinavos: a dos años de su liberación, sólo el 20% de los reclusos han vuelto a ser condenados. La de la isla cárcel es más baja: 16 por ciento

La prisión no aloja solamente delincuentes menores: la población de la isla tiene violadores y asesinos. Pero todos los que llegan ahí lo hacen tras haber demostrado mérito para ganarse ese lugar. Es más: hasta el ferry que, cada día, lleva al personal (sólo 5 de las casi 70 personas que trabajan allí viven en la isla) está operado por dos reclusos: uno cumple una condena de 14 años por intento de homicidio y otro de nueve años por “drogas y violencia”.

La prisión se organiza como un pequeño pueblo, “con unos 80 edificios, caminos, playas, paisaje cultural, cancha de fútbol, tierra para agricultura y bosque. Además de los espacios de la prisión, hay una tienda, una biblioteca, una oficina de información, servicios de salud, iglesia, escuela, servicios sociales del gobierno, un dock, servicio de ferry y un faro con comodidad para albergar pequeñas reuniones y seminarios”, según reza el sitio web de la cárcel.

Entre las 11 de la noche y las 7 de la mañana, los reclusos pueden recorrer la pequeña isla a gusto, y pueden usar la playa en verano a condición de dejarla limpia. También cultivan vegetales y crían ganado: generan su propio alimento.

Otro dato increíble es que cargan martillos, hachas y sierras eléctricas, elementos que en ninguna otra cárcel se dejan al alcance de los detenidos: son las herramientas que usan para cuidar el bosque y cortar leña.

Cuatro veces al día la seguridad verifica que estén todos: en la historia del penal jamás faltó nadie. Ninguno puede tener teléfono celular: hay cinco teléfonos públicos en las instalaciones.

Según los expertos, el buen trato permite mucho más que el castigo: favorece la reinserción social. El personal tiene mucha importancia: hay tantos trabajadores sociales como guardias. Y hay una unidad para la rehabilitación de problemas de drogadicción o alcoholismo.

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