¿Es realmente una sorpresa la elección de Trump?

Sorpresa ha sido probablemente la palabra más empleada a raíz de la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos.

La llegada a la presidencia del país más poderoso del planeta de un multimillonario que basó su campaña en consignas xenófobas, misóginas y discriminadoras, que postuló profundos retrocesos en materia de derechos de las personas, generó preocupación, desazón pero, ante todo, sorpresa.

Sin embargo el asombro ante el resultado electoral no parece más racional o lógico que el que nos siguen produciendo los brutales fenómenos climáticos que azotan la Tierra cada vez con mayor intensidad, o las constantes variaciones del clima que nos “sorprenden” a diario.

Por el contrario, de un análisis sereno que intente dejar de lado las emociones y se base en los datos objetivos de la realidad se desprende que, tanto los efectos del cambio climático como las, para muchos, insólitas decisiones electorales que sorprendieron al mundo en este año –como el Brexit o el rechazo de la paz en Colombia, entre otras- eran plenamente factibles y hasta esperables.

Los científicos nos alertan, desde hace años, sobre las inevitables consecuencias de la huella ecológica humana como generadora del calentamiento global a punto tal que no cabe debate serio al respecto. Mal puede entonces causarnos sorpresa que la fuerza de la naturaleza se desate con intensidad creciente y que hoy existan pocas profesiones más sumidas en la incertidumbre que la de los pronosticadores del tiempo.

Hace unas tres décadas y media que la dirigencia mundial viene conduciendo a la sociedad globalizada hacia la mayor concentración de la riqueza y poder –con especial acento en el sector financiero- en el último siglo. En ese lapso se incrementaron hasta lo obsceno la corrupción y los privilegios del 1%, que ya acumula más del 50% de todos los bienes del planeta y accede al universo paralelo de los paraísos fiscales por donde circula un tercio de los dineros del globo. Entretanto se destruyó el estado de bienestar que, en los 30 años posteriores a la segunda guerra mundial, había abierto la esperanza de un futuro mejor para las grandes mayorías con base en el esfuerzo y el trabajo, lo que específicamente se llamó en EEUU “el sueño americano”.

Poco debería impresionarnos el hartazgo de la sociedad con sus dirigentes –quizás el más extendido fenómeno político a nivel global- en un contexto donde las garantías de una vida digna escritas en la Ley tienen tanto valor y credibilidad como las patéticas promesas electorales de los candidatos.

Las particularidades del régimen electoral estadounidense dan para un largo análisis, imposible de efectuar aquí. Baste señalar que Trump obtuvo menos votos que Hillary Clinton pero también que los dos candidatos republicanos derrotados por Obama en 2008 y 2012 o que casi el 47% de los electores –porcentaje cercano a la suma de quienes votaron por los dos candidatos principales- no votaron.

Sin duda hubo operaciones políticas, maniobras o, simplemente, falsedades groseras que terminaron incidiendo en el resultado electoral, pero lo cierto es que:

* Casi 60 millones de estadounidenses expresaron un profundo repudio a su clase dirigente y a los poderes establecidos que dominan su país, tan profundo como para dejar de lado grotescos rasgos violentos, planteos gravemente discriminadores y propuestas insólitas del candidato por quien votaron y para saltar así a un vacío de consecuencias imprevisibles.

* Otros millones de ciudadanos de EEUU, que en elecciones anteriores habían concurrido a las urnas, aceptaron pasivamente el riesgo de una victoria de Trump absteniéndose de votar.

Superada la “sorpresa” –o asumido que no la hubo- la pregunta clave parece ser si es posible enfrentar la situación crítica que afronta la sociedad globalizada con la mira puesta en la supervivencia de la especie y la vigencia real del Estado Democrático de Derecho, acaso el mayor logro institucional de la historia humana.

No casualmente el presidente electo estadounidense “descree” de la necesidad de reducir las emisiones contaminantes y se opone a la vigencia del Acuerdo de París que, por fortuna, entró en vigencia pocos días antes de su elección.

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La indignación, la bronca de tantos millones de personas que se sienten excluidas por un sistema al cual no les preocupan sus problemas debería canalizarse hacia una participación en las instituciones democráticas que permita modificarlas y hacerles cumplir su objetivo.

La falta de canales participativos, la sensación de impotencia y el miedo, llevan a seguir a personajes mesiánicos que identifican chivos expiatorios y proponen salidas supuestamente rápidas y fáciles.

En realidad lo que debería sorprendernos es nuestra propia sorpresa

Construir la alternativa es un camino largo y difícil, tanto como el de enfrentar el calentamiento global para sobrevivir. Por eso es indispensable transitarlo cuanto antes.

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