El sueño de ser mamá: cómo seguir adelante cuando el cuerpo dice “no”

Entrevistamos a Mariana Montero, autora del libro “El deseo más grande del mundo”, que cuenta su experiencia en primera persona y recoge valiosos testimonios de mujeres que pasaron por la experiencia de no poder lograr un embarazo con facilidad.

Al recorrer tu libro asomaron en mí un puñado de palabras: deseo, duelo y soledad, por un lado; y crisis, resiliencia y acción, por el otro. ¿Cómo pariste “El deseo más grande del mundo” y por qué? ¿Cuál es su objetivo?

Son palabras muy acertadas para sintetizar el espíritu de todo el proceso y del libro. “El deseo más grande del mundo” surgió primero como una crónica social que hilaba una experiencia personal y la de alguna otra mujer que había atravesado esto, con información sobre el tema y sobre el proceso de la Ley de Reproducción Asistida, que en ese momento en Argentina estaba a punto de sancionarse. Luego fue mutando: me concentré en mi historia para una nota que se publicó en La Nación Revista, y tomó forma de libro cuando incluí las historias de otras nueve mujeres a quienes también les costó tener hijos. La “frutilla del postre” fue encontrar la mejor forma literaria para que el libro tuviera una unidad y se transformara en una novela de no ficción que pudiera llevar de la mano al lector, con cierto suspenso, a través de sus páginas: una mujer que va contando su historia y que, a medida que camina, se va encontrando con las de otras nueve mujeres que le cuentan la suya.

Por un lado, escribí “El deseo más grande del mundo” porque a eso me dedico: a escribir, a contar buenas historias, eso es lo que me hace feliz. Sentí que tenía entre manos un material imposible de obviar, una experiencia que debía ser narrada: la experiencia de una cronista en un camino hacia lo inesperado. Por otro lado, me daba cuenta, y acá funcionó más el olfato periodístico, de que éramos muchísimas las mujeres que estábamos atravesando esta situación, por lo cual el libro tendría un valor e interés social, en tanto podría ayudar a muchas a sentirse reflejadas y acompañadas. En estos dos puntos se resume también el objetivo del libro: contar diez buenas historias, acompañar y ayudar.

¿Qué cosas sentís que se juegan en las mujeres en el sueño de ser madres, eso que aprendemos desde los primeros juegos, y qué pasa con esas emociones cuando el cuerpo dice no?

Hay algo que tiene que ver con la realización personal, con el deseo de cuidar, de dar amor, y de trascender. Más allá de que hoy tengamos otros incentivos para ser felices -como la realización profesional, y celebro que así sea-, hay algo muy fuerte que sucede cuando decidimos ser madres o volver a ser madres y no podemos. Nos creíamos muy Mafaldas y nos descubrimos tan Susanitas. En el libro digo que hay muchas mujeres que deciden no ser madres, que creo que está bárbaro que cada una decida lo que cree mejor para su vida y que no deberían tener que dar explicaciones ni ser juzgadas por ello. Pero que en el caso de las que sí decidimos serlo y no podemos, el dolor y la frustración -que en general va mucho más allá del capricho o de la omnipotencia-, es un denominador común. Siento que hay algo muy primario, un arquetipo, algo del orden de lo biológico tal vez. Luego veremos qué hacemos con eso, porque a veces no se puede y la idea es no quedar atada al dolor, buscar alternativas o el camino a la felicidad por otro lado.

El deseo más grandeLas parejas que atraviesan la frustración del embarazo que no llega lo viven con mucha soledad, algo que priva muchas veces del sostén y los consejos de otros que pueden saber algo que no sabemos. ¿Por qué se vive así?

Porque hay una imagen social de que no poder concebir nos hace más débiles, más imperfectos o vulnerables, como si, a diferencia de lo que pasa con cualquier otra enfermedad, fuera nuestra culpa. Y esto, creo, está directamente atado al estereotipo que asocia la fecundidad con la femineidad y con la virilidad, como si no poder concebir nos hiciera menos mujeres o menos hombres. Por otro, porque es un poco como si estuviéramos desnudando nuestra vida íntima, si pensamos que la concepción de un hijo está asociado en general a una noche de amor y placer. Todo esto lleva el tema al plano de lo vergonzante y entonces nos cuesta contarlo. Por último, creo que tiene que ver con que el dolor nos hace encerrarnos. Es tan angustiante que ponerlo en palabras nos desestructura, nos hace llorar y, entonces muchos nos metemos para adentro y evitamos el tema, o simplemente no podemos hablarlo.

Siempre me pregunto por qué los órganos reproductivos siguen cargados de tantas connotaciones (lo sexual, lo femenino, lo masculino) y cómo opera eso para que lo que es un órgano con dificultades o enfermo se convierta en algo vergonzante, en algo a esconder, algo que no pasa con otros órganos… ¿Encontraste estas situaciones? ¿Cómo superarlo?

Definitivamente. Una amiga me contó que durante uno de sus tratamientos un ecografista le dijo al marido, en un guiño cómplice como si fuera un chiste: “Mirá que si viene fallada es motivo de devolución”. A un periodista amigo, el padre, cuando pasaba el tiempo y no llegaban los nietos , le preguntó con tono de reproche qué estaba pasando, en qué estaba fallando que no podía embarazarla. Es una concepción muy arcaica pero aún presente. A la mayoría de las mujeres con las que hablé, y me incluyo, les pasó de sentirse menos mujeres por no poder concebir o que esa idea se les pasara por la cabeza. Creo que ponerlo en palabras, sobre todo con nuestra pareja, es el primer paso para superarlo, una forma de desarticular esta idea tan dañina, tan retrógrada. Para eso hoy hay grupos de pacientes que se ayudan unos a otros. En Argentina hay una ONG que se llama Concebir que tiene espacios gratuitos de conversación y apoyo.

¿Cómo repensar la relación del cuerpo femenino con ese sueño para limpiar el terreno, buscar caminos y ahorrarnos dolor?

Creo que es un camino social y que el libro puede ayudar mucho en este sentido. También la difusión a través de los medios de otros modelos de maternidad, de esta idea de que es mucho más que el embarazo o la genética. El hecho de que la ciencia avance y vaya generando nuevos tipos de familia ayuda. Aún así creo, otra vez, que hay algo muy primario que tampoco hay que pasar por alto. Quiero decir: puedo ser igual de madre, mucho mejor madre incluso que otra que lo fue de manera natural, teniendo un hijo adoptado, con un óvulo donado o con el “alquiler” de un vientre en los países en que esto está permitido. Pero aún así, voy a tener que hacer el duelo de esa panza que no veré crecer, de esa carga genética que no tendrá mi hijo de mí. Si lo pasamos por alto como si fuera algo trivial, seguramente más adelante explotará por algún lado. Pero si hacemos ese proceso, si buscamos una buena terapia, si nos ocupamos de llorar lo necesario para dar vuelta la página y abrazar esta maternidad con todo el amor y la conciencia, seguramente las cosas saldrán mejor para nosotros y para nuestro hijo. Se trata de no barrer nada debajo de la alfombra.

En el libro decís que “la normalidad” era otra cosa. El hecho de que tantas personas se vean “obligadas” (por falta información o por prejuicios) a transitar sus dificultades para concebir con tanta soledad multiplica el dolor. ¿Deberíamos repensar esa “normalidad”?

Absolutamente. La normalidad no es la perfección. La vida no es perfecta. En el libro lo pienso a partir de la idea de poder soltar el cuento de hadas. Si nos diéramos el espacio para reconocernos más vulnerables, para llorar cuando tenemos que hacerlo y no por eso sentirnos desacreditados ni pensar que vamos a hundirnos en esa situación, creo que estaríamos más preparados para enfrentar situaciones como estas. En el caso de la búsqueda de la maternidad, como dice una de las protagonistas del libro, Alejandra, entenderíamos la llegada de la vida como un milagro, como algo más misterioso, más profundo y complejo, alejado de la inmediatez que le exigimos hoy a todo en la vida moderna.

Foto Luciana Mantero. Crédito Pilar Conci

¿Cuál es tu opinión sobre la fertilización asistida hoy?

Me parece una herramienta válida y positiva desde el punto de vista de la ciencia y de la medicina, que ayuda a muchísimas parejas. Luego, como todo, depende de la ética y la responsabilidad de cada profesional y de cada centro, y de si el énfasis está puesto en lo médico o en lo comercial.

El libro recoge e hilvana diversas historias. ¿Qué puntos en común encontraste?

El dolor, la vergüenza en la mayoría, la resiliencia, con una fuerza que todas estas mujeres creían que no tenían. Y sobre todo, el enorme poder de motivación de la maternidad, que las llevó a lugares impensados.

Contás la experiencia de las mujeres… ¿Cómo viven el tema los varones? ¿Cuáles son las diferencias y cómo sobrellevarlas?

Me cuesta generalizar, porque además no exploré a fondo lo que les pasa a los varones, que me parece que sería otro libro, si no que supe de ellos por las voces de sus mujeres. Dicho esto, creo que la vergüenza es un denominador común. Luego, en el libro hay quien intentó engañar a su mujer haciéndole creer que quería ser papá mientras esperaba que se le pasara “el cuarto de hora”; quien sufrió tanto que no volvería a intentarlo, quien acompañó codo a codo, quién encontró mil excusas para evadirse, quien aportó la cuota de sensatez…. En “El deseo más grande del mundo” hay muchos modelos de hombres.

Lo que te pasó a vos, de lograr un embarazo natural luego de elaborar duelos y demás, es muy frecuente. ¿Le encontrás alguna explicación?

Por lo que me cuentan es bastante frecuente, aunque no tengo ni existen estadísticas para corroborarlo. Hay un gran misterio en la llegada de la vida y en la influencia de nuestras emociones sobre nuestro cuerpo, algo que no es una ciencia exacta. No tengo explicación, si no muchas hipótesis de distinto orden.

¿Tenés algún consejo para compartir con quienes viven situaciones similares?

No hay recetas, pero este es un camino en el que quedarse quieta, hundida en el dolor, es lo peor que uno puede hacer. Verónica, una de las protagonistas, que es médica, recomendaba tener un diagnóstico rápido para evitar que nuestra vida pase años y años atrapada, y luego decidir lo que cada uno considere mejor e ir para adelante con toda la fe del mundo, escuchando sólo a las personas que nos tiran buena onda. También decía, y me sumo a sus palabras, que esto es algo que, si hay una pareja, hay que vivir de a dos, que es un buen momento para demostrarnos el amor que nos tenemos. Creo que hacer el click y entender que no depende de nosotros es otra de las claves. Recomiendo intentar vivir ese periplo, que a veces se hace largo, con la mayor felicidad posible. Es decir, intentar hacer de ese día a día de estudios y tratamientos, de esa espera, un momento en el que el disfrute de la vida no se nos escurra entre los dedos.

 

 

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