Año sabático después del secundario: ¿es recomendable?

Alejandro Schujman, psicólogo especializado en adolescencia, afirma que tomarse un año sabático luego del secundario no es una buen idea. Te contamos por qué y cómo acompañar a los jóvenes en su crecimiento.

“Me quedan 3 meses de colegio y ya soy egresado, cuando termine de rendir todas las materias que me llevé. Para el año que viene ya lo decidí, yo sé que vos no estás de acuerdo, pero yo me hago cargo, no te preocupes. No te pido opinión, te cuento nomás. El año que viene, descanso, me voy de mochilero. Después retomo y estudio, voy a tener tiempo para todo eso. El futuro es hoy, ¿no?”

Se ríe y me mira desde el diván entre tierno y desafiante este muchachito de 17 años que quiere llevarse el mundo por delante. No se da cuenta de que tiene altas posibilidades de que el mundo lo lleve puesto a a él.

marcas de mochilas

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Es que no es una buena idea tomarse un año sabático justamente después de estudiar durante 14 años, o toda su vida, su incipiente vida. Porque no se trata de un hombre o una mujer que se dispone a encarar los últimos 20 o 30 años de su vida poniendo el disfrute por sobre el trabajo.

Se trata del miedo a crecer, se trata de no tomar decisiones, se trata de posponer un futuro que asusta.

El dolce far niente es una gran idea cuando algo de lo básico está asentado en la estructura de personalidad, cuando la cabeza funciona en modo adulto, rescatando la idea de que las etapas anteriores a la adultez no deberían perderse al crecer sino más bien sumarse.

La enorme mayoría de los chicos no están preparados para administrar la responsabilidad y la libertad de disponer del 100% de su tiempo a piacere.

Sobre todo después de 14 años de una estructura escolar que los contiene, bien o mal, y les organiza el cotidiano desde que tuvieron uso de razón.

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Una manera sencilla de resolver el miedo a crecer es decidir no decidir, o sea, tomarse un año con el simple propósito de demorar lo que asusta, bajo el escudo de “voy a pasar un tiempo para conocerme a mí mismo y descansar”. ¿Descansar de qué? Si a los 17 años alguien necesita tomarse meses largos por agotamiento, que nos queda a los que pasamos los 50.

Posponer el encuentro por primera vez en la vida con el futuro que atemoriza, dejar para mañana lo que debieran hacer hoy. Dedicar un tiempo largo a viajar puede ser maravilloso en tanto encuentro con la aventura y el conocerse a uno mismo. Pero no es el momento. ¿El mayor riesgo? Que ese año se postergue y se transforme en 3, 5 o 10.

Y aquí los padres, y el conjunto de adultos que de una u otra forma acompañamos a nuestros chicos en el camino del crecer tenemos un rol esencial. Tenemos que, una vez más, marcar señales en el camino de nuestros hijos, dejar carteles que les sirvan para toda la vida, y sobre todo en estos momentos de bisagra en el crecimiento.

Los chicos pueden equivocarse, arrepentirse, dar pasos atrás y retomar. Empezar una carrera universitaria y darse cuenta de que no es lo que querían, esto no tiene nada de trágico, es parte absoluta del vivir.

Sacarse los mandatos y los preceptos que aplastan, despojarse del miedo a fracasar es una buena manera de comenzar a elegir el próximo paso. El próximo, no el definitivo. No mucho más que eso, dure lo que dure.

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Degustar las distintas posibilidades dentro del marco de una actividad académica o laboral, si es que no fuera la combinación de ambas.

El trabajo después del estudio es central en la relación con la generación de ingresos propios, aunque más no sea un espacio informal, o de pocas horas, y que no obstaculice el desempeño académico.

Conozco muy pocas experiencias en mis muchos años de trabajo en la profesión de “año sabático” exitoso, que haya concluido a término y no se haya extendido por larguísimo tiempo.

El mayor riesgo del año sabático es que se prolongue y se transforme en 3, 5, o 10, advierte Schujman.

“Y si no sé qué quiero hacer ¿cómo voy a elegir?”, dirán muchos chicos y chicas. Seguramente no tengan a los 17 años la certeza de que aquello que quieren estudiar sea para toda la vida. Pero que intenten, que prueben, que transiten las aulas, que sueñen imaginándose en un futuro cercano, sin pensar en la eternidad.

Es esa etapa también el momento de tomarse revancha con la propia relación con el conocimiento. El colegio primario y secundario en general, salvo excepciones puntuales, poco estimula a los chicos a interesarse y generar el deseo por aprender.

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Los hijos pueden más, mucho más que lo que nosotros creemos. Nada interesante les es ofrecido desde lo arcaico de los planes de estudio, el desánimo de algunos docentes y desde la inmediatez de la virtualidad, enemiga de los largos procesos en relación al conocimiento. El sistema los aleja de la pasión y el entusiasmo que tienen agazapado a la espera de que alguien lo convoque.

Se combina entonces la apatía natural del período adolescente y el poco estímulo externo para que entre los jóvenes y el conocimiento no se forme la más idílica de las relaciones. Pero cuando ellos deciden (y debemos ayudarlos a eso) cuál será el próximo paso, las sorpresas pueden ser grandes.

Alumnos que han tenido malísimas experiencias académicas en el último ciclo previo al universitario despiertan de un letargo y comienzan a apropiarse del estudio como proyecto personal y no como mero cumplimiento de lo “que hay que hacer”.

Aprender recordando o prueba de memoria

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Pésimos estudiantes en el secundario muchísimas veces son grandes alumnos universitarios cuando encuentran algo/alguien que los motiven.

Muchos padres apoyan la moción de sus hijos de postergar el inicio de la nueva etapa y argumentan la idea de que “un año no es mucho tiempo en la vida de una persona”. Y estoy absolutamente de acuerdo con esa idea. Eso le quita dramatismo a las postergaciones que puedan darse en el proceso académico de los jóvenes cuando se atrasan en correlativas, o bien por motivos personales hacen alguna materia menos de lo que la currícula plantea para terminar “en tiempo y forma”.

Un paciente, excelente alumno en la secundaria, demoró casi tres años la finalización de su carrera universitaria porque se complicó en primera instancia con una de las materias del Ciclo Básico Común, comenzó a trabajar al año siguiente de iniciar la cursada y por fin decidió viajar 6 meses en mitad de la misma. Se recibe ahora de Diseñador gráfico.

Nada de malo tiene su demora, ha vivido, simplemente, y cuando vivimos pasan cosas. La diferencia es que él tenía claro el rumbo, entonces en ese caso, despacio no importa, porque para adelante siempre estará el norte definido.

El problema es la circularidad de los tiempos de la postergación. Y puedo imaginar a los padres que plantean mi exageración consultando nuevamente dentro de cinco años porque el año sabático se ha multiplicado misteriosamente.

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Son altísimas las chances, repito, de que el tiempo ocioso en su más absoluta expresión no esté a la altura de las capacidades que los chicos tengan para afrontar tal situación. Después cantarán con una torta y vela gigante:“Que los cumpla feliz, que los cumpla feliz, que los cumplas año sabático, que los cumplas feliz”. Y así habrán dado el primer paso para consolidarse en la problemática, cada vez más grande, de la Generación NINI, los jóvenes que NI estudian NI trabajan.

Caja de herramientas: cómo podemos ayudarlos

Asesoramiento profesional

Brindemos espacios de ayuda profesional si necesitan de tales. La orientación vocacional es un paso clave a la hora de decidir. Recomiendo el DOV (Departamento de Orientación Vocacional) de la UBA, gratuito por supuesto.

Libertad de elección

Demos opciones, todas las posibles, y dejemos que elijan libremente, despejando nuestras expectativas y mirada sobre “qué es lo mejor para ellos”. No importa nuestro deseos de tener hijos abogados, médicos o futbolistas, serán lo que quieran ser. Un exceso de presión parental en la decisión suele ser el mejor tapón para activar cualquier comienzo. El entusiasmo y la vocación están allí, sólo es cuestión de encontrarlas.

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No seamos invasivos

Evitemos la alianza tóxica con nuestros hijos y mantengamos la asimetría del vínculo, somos los adultos. No cedamos a pedidos caprichosos y temerosos a pesar de su insistencia y hasta de su angustia. Acompañemos, cerca para cuidarlos y lejos para no asfixiarlos.

Estar alerta a las señales

Estemos alertas a un recurso inconsciente de los jóvenes: el de dejar como trofeo una o varias materias pendientes del último año para garantizarse el “no comienzo” del próximo ciclo. Acompañemos sin invadir para que no demoren el egreso del ciclo medio.

trabajar en australia sin ser profesional

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No va a ser sin miedo que crezcan, no va a ser sin miedo que los soltemos, pero demos los adultos lo mejor y a conciencia para acompañarlos en este momento clave en la ruta hacia un mundo adulto. Si hacemos y hacen ellos las cosas bien, podrá estar repleto de motivos para apasionarse a pesar de lo difícil del vivir. Acompañemos a que luchen por sus sueños, a que los encuentren, a que vayan tras de ellos, ni más ni menos.

  • Alejandro Schujman es psicólogo especializado en familias. Director de Escuela para padres. Autor de Generación Ni-Ni, Es no porque yo lo digo y coautor de Padres a la obra.

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