Emigrar no es fácil: las cosas que más afectan a quienes dejan su país

Celia Arroyo, madrileña, es psicóloga de duelo migratorio. En una columna que escribe en El País, habla de las cosas que más afectan a los emigrantes y nos deja algunas reflexiones sobre la emigración:

  • Crisis no solo es sinónimo de oportunidad

Desde el estallido de la crisis, hace ya unos cuantos años, no hemos dejado de escuchar una frase que, pese a ser un mantra oriental, parece cocinada en una convención de emprendedores: “Crisis = oportunidad”. “Crisis = oportunidad”. “Crisis = oportunidad”. Este enunciado encierra trampas. La crisis, antes que cualquier otra cosa, es un desafío psicológico.

Las situaciones que tienen que enfrentar los emigrantes van a poner a prueba su equilibrio emocional. Solo si disponen de los recursos psicológicos para superar esas situaciones convertirán su aventura en una oportunidad

  • La emigración idealizada

Tengo la impresión de que a través de los medios de comunicación se ofrece una imagen idealizada de la emigración. Se dibuja como un Erasmus, una aventura que lleva implícita un eslogan subliminal que asegura que fuera se vive mejor. Estos cantos de sirena hacen que perdamos de vista las complejidades que supone la adaptación a otro país, otra cultura y en muchas ocasiones, otro idioma. Muchos expatriados, al ver que su cotidianidad no es como esperaban, se preguntan: “Pero, ¿qué estoy haciendo mal?”.

Parte de mi trabajo consiste en dejar claro que no son los únicos que se sienten así y que lo que les sucede es normal. Creo que si hiciésemos un esfuerzo de responsabilidad por mostrar una imagen más realista de las dificultades que implica emigrar estaríamos preservando la autoestima de muchos emigrados.

  • El error de no juntarse con coterráneos

La siguiente frase es muy común entre los recién emigrados: “Yo no quiero juntarme con gente de mi país porque quiero aprender bien el idioma”. Desde mi experiencia, es un planteamiento erróneo. Los compatriotas en el extranjero pueden ayudarnos en los momentos complicados y ahorrarnos mucho tiempo en la realización de trámites engorrosos.

  • El perfil de quien busca ayuda

Las personas que buscan terapia no suelen ser, precisamente, recién llegados a sus países de acogida. Al principio, los emigrantes están tan concentrados en su integración que, en cierto sentido, se desconectan de lo que ocurre en su interior. Es con el paso de los años, cuando ya han conseguido sus objetivos, cuando empiezan a sentir un malestar incierto, que puede deberse a varias razones.

  • Un proyecto de vida

Los que se van suelen hacerlo con la idea de volver. Pero, con el tiempo, volver es complicado, y uno de los problemas que surgen es la sensación de quedarse atrapado en el extranjero, con un pie en cada mundo. A veces ese bloqueo hace que se demoren decisiones importantes relacionadas con el proyecto de vida como la posibilidad de casarse o tener hijos. A veces, desde el extranjero, la decisión de comprar un sofá genera angustia, porque eso supone ponerse demasiado cómodo en el país de acogida, cuando aún no se ha decidido dónde se quiere vivir.

  • El duelo migratorio

Algunos de los que se fueron con la idea de regresar descubren por el camino que no pueden renunciar a lo que les ofrece el país de acogida. Se han enamorado o han encontrado el desarrollo profesional que buscaban. Ponen los pros y los contras en la balanza y deciden quedarse a vivir en Reino Unido, Alemania, etcétera. Pero esa decisión no es fácil, implica muchas renuncias, asumir que la vida en el país de origen continuará sin ellos, que no estarán en los acontecimientos importantes de familiares y amigos, que siempre tendrán un acento que les hará diferentes. Aceptar todo eso, no solo en el nivel racional, sino también en el emocional, tiene todas las características de un duelo y por eso se le llama duelo migratorio. Y no es un tema baladí: un duelo migratorio mal elaborado puede pasar de generación en generación.

  • Siempre serás un extranjero

El malestar entre los emigrados de larga duración llega cuando toman conciencia de que, por mucho que sepan mantener una conversación distendida o gocen de reconocimiento laboral, siempre serán extranjeros. Este sentimiento no tiene que ver con conductas xenófobas, es un sentimiento inherente al emigrante.

Hay un techo de cristal en el desarrollo profesional. Esto es lo que aseguran todos los que deciden establecerse definitivamente en el extranjero. ¿Cuántos de ellos ocupan puestos de responsabilidad en las empresas o en los partidos políticos?

El emigrante, cuando decide volver, ya no es la misma persona que cuando se marchó. Y sus amigos, los que no se movieron del barrio, también han cambiado. Se vuelve con el deseo de retomar las relaciones en el momento en que se dejaron, pero, como diría Neruda, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. Quien se fue ya no volverá a ver el mundo de la misma manera, habrá aspectos de su cultura de origen a los que le será muy difícil adaptarse, querrán introducir en su entorno la nueva manera de hacer las cosas, las cosas buenas que se han traído de su país de acogida.

Pero estas nuevas maneras no siempre van a ser bien recibidas. Las dificultades para readaptarse también son motivo de consulta. De hecho, en algunos casos extremos, esta dificultad puede llevar a la persona a volver a mudarse continuamente en busca de un sitio donde sentirse en casa, es lo que se conoce como síndrome de Ulises.

  • Traer de vuelta el talento

Cuando pensamos en la palabra “talento” enseguida nos vienen a la cabeza ingenieros, médicos o arquitectos, pero el talento es mucho más que un conocimiento técnico.

Las personas que han tenido que abrirse camino en el extranjero, se dediquen a lo que se dediquen, no solo han aprendido idiomas, también han desarrollado habilidades resilientes, han aprendido otra manera de vivir y de trabajar, poseen lo mejor de varias culturas, ese es el verdadero talento

Los países invierten muchísimo dinero en formar a profesionales para dejarles marchar y, cuando quieren volver y aportar lo que han aprendido, lo desaprovechan.

La experiencia migratoria aumenta el autoconocimiento. Si pensamos en la personalidad como en la paleta de colores de un pintor, nos encontramos con que, tras superar los obstáculos asociados a la migración, esta se expande, se llena de nuevos tonos y matices. Se descubren colores hasta el momento desconocidos, recursos psicológicos inexplorados, que sin duda contribuirán a aumentar la autoestima y la satisfacción personal.

  • La autora del texto es Celia Arroyo, psicóloga y psicoterapeuta, especialista en temas migratorios. Más sobre ella en Augesis. 

¿Quién soy, adónde pertenezco, cuál es mi hogar: el cóctel emocional que agita al emigrante

Sumate a la conversación

  • Buena Vibra
  • Movida Sana
  • Por el Mundo

¡Hacete fan de
Movida Sana!

Ayudanos a compartir notas buenas para tu salud

BV

¡Hacete fan!

¡Hacete fan de
Movida Sana!

Ayudanos a compartir notas buenas para tu salud

BV

¡Hacete fan!