“Perdón hijo, tendría que haber hecho más”: qué nos enseña la serie Adolescencia

Los chicos sufren en silencio, mientras los adultos somos espectadores de una realidad que desconocemos. Cómo estar cerca para cuidar y lejos para no asfixiar.
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Me conmovió hasta la médula la serie Adolescencia. Y celebro el impacto que está teniendo porque va a despertar una conciencia que estaba dormida.

Me ocupa y preocupa desde hace décadas el hecho de que estamos dejando solos a nuestros adolescentes. Hace algunos años tuve un intercambio en un programa de televisión con un diputado que sugería y pedía servicio militar obligatorio. Le dije con mucho respeto que, en cambio, sería fantástico una Escuela para padres obligatoria desde el Estado para darle a los adultos herramientas para acompañar a nuestros hijos en el camino del crecer.

Hoy estamos igual o quizás algo peor. Pasó una pandemia con serias secuelas sobre la población adolescente mundial. Trastorno de ansiedad generalizado, depresión juvenil, suicidios en alza, adicciones, redes sociales invadiendo cada espacio y, en el medio, adultos desconcertados. Un combo difícil y preocupante, muy preocupante.

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La buena noticia es que hay mucho que podemos hacer. La pregunta que formulo siempre: ¿Hacemos algo o seguimos mirando?

Puedes ver: Adolescencia: una serie imperdible sobre el dolor, la desesperación y las raíces del mal

“Hace falta un pueblo para criar un niño”

Stephen Graham, coautor y protagonista (encarna el padre de Jamie) de la serie Adolescencia (Netflix) dijo en un reportaje que “hace falta un pueblo para criar un niño”.

Quizás seamos todos responsables, gobiernos, docentes, padres, por dejar a nuestros niños solos.

Pero es la frase que cierra la serie la sentencia más contundente de un problema que nos convoca como sociedad a nivel mundial.

Eddie Miller, la mamá de Jamie, llora con una congoja que atraviesa la pantalla. Pone un osito de peluche en la cama, lo tapa y dice: “Perdón hijo, tendría que haber hecho mucho más”.

En esa frase y en esa escena estaba conjugada de manera cruda y contundente una realidad que vengo advirtiendo desde hace décadas en mi labor profesional.

Caemos los adultos en la trampa del todos van, todos fuman, todos están en las apps desde pequeños. Los chicos coquetean con la muerte en las fiestas de egresados, en boliches, en retos en redes sociales.

Estamos criando una generación de inimputables con escaso nivel de frustración, habilitando universos que son riesgosos. Mientras tanto, el cuerpo social de adultos se ha convertido en una platea de espectadores resignada ante una realidad que la atraviesa.

¿Qué podemos hacer diferente?

El padre que llora pidiendo perdón a su hijo es una escena que, creo, marcará un hito.

La pregunta que podemos hacernos todos y cada uno es qué podemos hacer diferente en el vínculo con nuestros chicos para que nos pasen cosas distintas.

Adolescencia no es una serie sobre jóvenes asesinos. Es una miniserie que habla sobre la soledad de los adolescentes en un mundo con adultos que no entienden un universo que les queda grande.

Familias que desde el amor naturalizan situaciones de desamparo y soledad enredadas en la urgencia de un cotidiano que las atraviesa y en muchos casos dejan solos y solas a los hijos.

Digo una vez más: los tiempos cambiaron, pero la esencia es la misma. Los adolescentes hoy precisan lo mismo que hace 50 años. El contexto es diferente, pero las necesidades son las mismas.

El mundo digital genera un universo desconocido para los adultos como cuerpo social.

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Cuando yo era pequeño (y con esto no estoy diciendo que todo tiempo pasado fue mejor), el espacio de intimidad de los adolescentes era una charla furtiva hablando bajito por teléfono de línea con su mejor amigo, un diario íntimo, una reunión de amigos en la plaza.

Hoy son tantos los frentes que quedan por fuera de la mirada de los adultos que aterra.

Es tan sencillo para un adolescente crear un universo paralelo y ficticio donde aparentemente está todo bien y por dentro un sufrimiento en su forma más terrible: el sufrimiento silencioso, el sufrir sin poder pedir ayuda.

Jamie es víctima de bullying y acoso a partir de un fenómeno llamado incel, pero el foco no termina de estar ahí, porque el mensaje pasa por otro lado.

Hay una escena que me conmovió muchísimo: el policía que lleva adelante la investigación tiene un diálogo con su hijo (compañero de colegio de Jamie), quien minutos antes le había advertido de todo un universo oculto detrás del asesinato.

Adam, el hijo del policía, sale del colegio, el padre estaba en su auto y le dice “no tomes el autobús, te estoy ofreciendo llevarte”. Quedan frente a frente como dos desconocidos que hace mucho no conectan profundamente.

El chico duda en una lejanía que, queda claro, es propia del vínculo entre ellos. “Tengo tiempo libre y quiero usarlo con vos”, le dice su padre. Y se produce el encuentro, lo importante toma el centro de la escena.

¿Cuántas veces tenemos tiempo de calidad con nuestros hijos? Muchas menos de las necesarias.

Caja de herramientas

Si tenés hijos adolescentes y estás leyendo esta nota, te pido que veas la serie. Si no la viste, primero vos y después con tus hijos.

Te pido también que:

Mires a tus hijos a los ojos y les preguntes cómo están. Con presencia plena, escucha activa y sin juzgar. Quiero decir que no importa tanto si el cuarto está ordenado o si boletín de calificaciones está por arriba de 7.

Por supuesto que no son detalles menores, pero puesto a elegir prefiero un joven o una joven con sueños, ilusiones, calma y sobre todo con un vínculo que sirva de puente, de sostén y esqueleto para enfrentar los avatares del vivir.

Habrá dolor, frustración, conflictos interpersonales, sufrirá algún desengaño amoroso. Se sentirá despreciado, por quedar afuera de grupos. Pero también vivirá cosas hermosas. El trabajo de los padres es darles herramientas para que puedan entrar al mundo adulto de la mejor manera posible.

Se trata, en definitiva, de recuperar la silla que los hijos precisan que ocupemos.

Los adolescentes precisan:

  • Que entendamos su mundo sin juzgar y sin dejar de poner límites cuando hay riesgos que no puedan gestionar.
  • Que formemos redes de adultos para salir de la trampa del “todos van”, “todos toman”, la trampa del disparate.
  • Que sumemos momentos de calidad en los vínculos, momentos de compartir, de diálogo y disfrute.
  • Que seamos punto de sostén y apoyo, cerca para cuidar y lejos para no asfixiar.
  • Que no los dejemos solos…
  • El diálogo final entre los padres de Jamie es una patada en el pecho.

“¿Como criamos a nuestra hija?”, pregunta el padre. “Igual que a Jamie”, responde la madre. Y muchas veces, desde el amor, desde la presencia, podemos no ver las señales. Jamie es la punta del iceberg de un sistema familiar.

Preguntarnos, aceptar el desafío, recuperar el sentido común, apagar monitores y encender miradas y corazones es el desafío.

Empieza un debate que, espero, dure mucho tiempo. Deseo que este impacto generado por la serie, la conciencia que ha generado, no se diluya con el paso del tiempo.

Los hijos no precisan zapatillas caras o consolas de última generación. Precisan adultos firmes y amorosos dispuestos a entender el mundo en el que les toca crecer.

Difícil, urgente y no imposible.

  • Alejandro Schujman, Psicólogo especializado en familias.

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