Historias de Vida

“Lo que más duele de ser ciego es que, los que ven, no me vean”

Daniel es argentino, tiene 38 años y hace 14 perdió la vista. Lejos de victimizarse, cambió de profesión y cada día viaja en tren y colectivo para trabajar, mantener a sus hijos y seguir creciendo. Su historia, sus sueños y su lucha cotidiana para cambiar la mirada de la sociedad hacia la discapacidad, pidiendo inclusión e igualdad desde los mejores lugares.

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Conocer a Daniel, charlar con él y caminar de su mano por su increíble historia genera un montón de emociones: ninguna de ellas es pena. Le tocó una carta durísima en las vueltas de la vida pero no se tiene lástima ni se victimiza: es más, confía que, aunque sueña con volver a ver, hay prioridades más importantes: ser feliz con los que ama, algo para lo que no necesita sus ojos.

“Un día Edesur me cortó la luz y tuve que empezar de nuevo”, se ríe. Y, de entrada, descontractura todo y pide que le pregunten sin miedo, sin cuidados, sin eufemismos. Y que usemos las palabras tal cual son: “soy ciego, no necesitan decir no vidente”, aclara y marca la cancha del partido que quiere jugar. Un partido sin víctimas.

“No hace falta poner sobrenombres o usar eufemismos. El respeto y la empatía pasan por otro lado. El ciego es ciego, el sordo es sordo y el mudo es mudo. Decir ‘el muchacho que no ve’ es una tontería. No hay que ser tan políticamente correcto, cada cosa tiene su nombre y las palabras no ofenden sino se usan para describir una situación y no para ofender”, dice.

“Muchas opciones no tengo, o dejo pasar la vida o vivo así: disfrutando con mis seres queridos”

“Soy ciego desde los 24 años. El ‘¿por qué yo?’ siempre está y da vueltas en la cabeza, pero no me tortura. Me costó mucho trabajo aceptarlo, pero gracias a una familia que nunca me sobreprotegió y siempre me apoyó hoy estoy donde estoy”, empieza la charla, Dani, soltando cada tanto un chiste que hace todo muy liviano y relajado.

Daniel Basualdo tiene 38 años, es padre “orgulloso” de Jazmín y Rodrigo y es masajista. Vive en Lomas de Zamora, provincia de Buenos Aires, y todos los días toma tren y colectivo para ir y volver del trabajo

A los 18 años le diagnosticaron toxoplasmosis y comenzó el tratamiento para recuperarse pero le dejó una secuela poco frecuente que le cambió la vida: tuvo un debilitamiento de la retina progresivo, que fue avanzando hasta que un día, como dice, se apagó la luz. 

“Los primeros años, lo único que no podía hacer era leer las letras chicas del diario, pero después de las dos últimas operaciones -tuve diez- ya dejé de ver definitivamente. Hasta ese momento manejaba, andaba en bicicleta, tenía una vida normal”, repasa Daniel.

Volver a empezar

Pero un día se apagó la luz, dice. Una luz: la de sus ojos. Decidió prender otras: “A los 26 años fue como volver al preescolar”, explica. Al quedar ciego de grande tuvo que volver a aprender a leer y escribir, a caminar, a agarrar confianza para salir solo a la calle. “No debe haber sido fácil para mi familia. Me acompañaron siempre sin sobreprotegerme, algo que, a veces, desde el amor, puede convertirse en un gran error porque la persona no desarrolla recursos para salir adelante y se vuelve muy dependiente. Para mí fue clave decidir que debía ser autónomo porque, en algún momento, iba a tener que hacer las cosas por mi cuenta”.

Esa resiliencia, ese impulso vital, lo salvó. Llenó los huecos con nuevos aprendizajes y buscó rehacer su vida, aprendiendo desde el braille hasta un nuevo oficio, y encontrando, de a poco, un nuevo lugar en el mundo .

Vivir en sociedad

Antes de perder completamente la visión, Daniel era chef y cocinaba para eventos. “Cuando quedé ciego seguí un tiempo, pero la decoración de los platos se me complicaba”, se ríe. Fue así que decidió buscar otro rumbo, más cercano a su pasión y su “psicólogo”: el gimnasio. “Decidí aprender a hacer masajes. Tenía fuerza, me gusta entender el cuerpo y traté de reforzar lo positivo dentro de lo negativo: cuando se te apaga la luz le pones más énfasis a otros sentidos. Dejas de ver y aprendés a escuchar y a tocar de otra manera, porque el ver te dispersa”.

“El ciego es ciego, el sordo es sordo y el mudo es mudo. Decir ‘el muchacho que no ve’ es una tontería”

Sumando cursos y capacitaciones, Daniel se convirtió en un gran masajista y, entre sus clientes, hay deportistas y hasta famosos: sus manos saben leer los cuerpos mejor que cualquier ojo y se destaca en lo suyo. “Me gustaría seguir estudiando pero a veces es muy costoso y no puedo afrontarlo, pero ya podré”, confía. 

Y habrá que creerle porque Daniel no sólo atraviesa a diario los rigores del transporte público entre Lomas y Capital sino que entrena, anda en bicicleta, corre, vive solo, “mira series”, “lee el diario” y hasta se animó a viajar solo a Brasil. 

 

“Mi primer trabajo de masajista lo conseguí arriesgando. Un día me llamó una amiga y me contó que en Palermo iban a estar tomando gente. Llegué al lugar y el dueño me dijo ‘hacemos una prueba y, si sos bueno, quedás. Si no, te agradezco, no voy a hacer ninguna diferencia con vos’. Yo le respondí que eso era lo que estaba buscando. A partir de ese día trabajé más de 5 años con ellos”.

Cuenta Daniel que su decisión vital es desafiarse. Siempre. “Salir de mi zona de confort, perfeccionarme, aprender. Hoy atiendo a jugadores de rugby,  fisicoculturistas, maratonistas, a gente que ha hecho el cruce de Los Andes”, se enorgullece.

La rema cada día. No le sobra nada: ni siquiera tiene obra social. A pesar de su empuje y su gran predisposición, reconoce que es muy difícil para una persona discapacitada encontrar trabajo en Argentina: “el Estado nunca se ocupó de problemas como el mío, nunca tuve una oferta para insertarme en el mercado laboral. Es más: si trabajás, te sacan la pensión, que son dos mangos. No te facilitan nada ni tengo ninguna ayuda económica. La pandemia me mató”. 

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Daniel cuenta las dificultades que atraviesa desde hace años sin enojos y sin resentimientos. “Yo me las arreglo para todo. A lo mejor tardo un poco más que los demás, pero me mando. Viajo a Capital todos los días, al microcentro, y me muevo en transporte público sin problema”, dice.

“Lo único que me enoja es cuando bajás del tren y la gente te choca, o vas caminando por una avenida y te golpean. Ese es el enojo: que los demás no me vean. Un día me chocaron de frente y me dijeron ‘uy disculpa, no te ví’. Estaba mirando el celular el tipo y yo le dije: ¿Te presto un bastón y salimos juntos? Más de una vez me rompieron el bastón y son caros”, dice. 

También ha estado 15 minutos parado esperando para cruzar una avenida porque nadie se acerca a ofrecerle ayuda y, cada tanto, se estrella con gestos que duelen y le cuesta comprender: “me acerco a la gente en la calle y le pregunto por la altura en la que estamos y me contestan ‘disculpa, no soy de acá’. Sólo tienen que voltear la cabeza y leer el número que está en la pared, pero no. Hay un gran problema de falta de predisposición”.

La indiferencia, el egoísmo y la falta de registro del otro se agravan en horarios picos. Todos corren, nadie se detiene siquiera a prestarle dos minutos para ayudarlo a cruzar. No lo ven.

Ser discapacitado en Argentina

Cuando le preguntás cómo es ser discapacitado en Argentina, Dani arriesga una hipótesis que te deja pensando. Y sí: tiene razón. “Argentina está muy atrás con respecto al mundo porque acá no hay tantos discapacitados como en Europa y Estados Unidos, donde hubo muchas guerras. Algunas cosas van evolucionando, pero igual nos falta un montón. Las ciudades no están organizadas para los ciegos”.

Otra parte fundamental es la económica. Daniel cuenta que en el mundo hay mucha tecnología para ciegos pero son recursos inalcanzables por su valor. “Hay una camarita que pone en los lentes y que, con información que le cargás y con información que aprende con inteligencia artificial, te va diciendo quién entra a la habitación, qué línea de colectivo viene a unas cuadras, qué tenés por delante, etc. Es mi sueño tener algo así, me cambiaría la vida, pero en nuestro país cuesta casi 4000 dólares. Jamás lo podría comprar”.

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Es que en Argentina están pasando cosas bizarras: no sólo no puede acceder a esa u otras tecnologías; ni siquiera tiene obra social. “La perdí cuando empecé a ser monotributista, igual que la pensión. Por eso a veces me indigno cuando escucho que le dan tal cosa a uno o a otro que toma un terreno porque pienso: ¿teniendo todas las capacidades todavía dependes del Estado y te tiene que ayudar?”.

En el transcurrir de la charla, Daniel contó que soñaba también con encontrar maneras de que alguien fabricara un bastón liviano, en 3D, porque los que venden en el país son pesados y difíciles de maniobrar, y los buenos, importados, cuestan muy caros. ¿Quién recogió el guante?

Gino Tubaro, otro ser humano increíble, que empatizó ni bien le escribimos y ya está diseñando algún boceto para desarrollar esta solución que Daniel quiere no sólo para sí sino para todos los que lo usan

Encarar un día a día difícil con alegría lo vuelve fácil

Daniel arranca temprano en su casa de Lomas de Zamora, se toma el tren hasta Constitución y, desde ahí, el colectivo 59, que lo deja a tres cuadras de su trabajo. Entre su hogar y la peluquería la demora es de, aproximadamente, una hora y cuarto. 

La peluquería en la que trabaja permaneció cerrada durante 4 meses y fueron tiempos muy duros para Daniel y sus socios. No se queja: “Yo ya pasé una de las cosas más difíciles que fue perder la vista. Agradezco por lo que hago y no me quejo por lo que podría hacer o por lo que no hice. Siete peluquerías del barrio tuvieron que cerrar y nosotros por suerte seguimos abiertos. Estoy contento por seguir de pie. No me puedo quejar”.

Sueños por cumplir y el ejemplo de Messi

“No tengo ídolos, pero sí admiro muchísimo a Messi y no por lo que es como jugador sino por cómo desafió a la vida, cómo enfrentó el problema de crecimiento que tuvo y hasta dónde llegó. Nadie daba ni treinta centavos por él y le puso el cuerpo a un tratamiento muy difícil y hoy es el número 1. Admiro que no se haya rendido y que el cuerpo no lo haya frenado”, asegura.

“Las ciudades no están organizadas para los ciegos”

Sobre referentes en su profesión, cuenta que su sueño “conocer  a  Marcelo Dady D’andrea, el masajista de la Selección Argentina. Que me enseñe cómo hace para manejar a todos esos futbolistas o que me permita mostrarle lo que yo hago, sería lograr un gran un sueño”

Daniel agradece cada cosa que pudo hacer. “Recorrí muchos lugares de Argentina con mis hijos, hice tirolesa, surf, de todo. Me gustaría ir a España porque es uno de los países más adelantados para los ciegos, dicen que es increíble porque está muy preparado todo”.

De esos viajes, sólo se guarda un dolor: “Me indigné mucho en las Cataratas del Iguazú porque no me dejaron hacer la excursión del bote. Estuve el año pasado en octubre con mi hermano y un amigo y dijeron que yo no podía porque no veía. No sé qué tienen de riesgo porque te dan el chaleco para flotar y sé nadar. Me parece una vergüenza que un parque tan adaptado para gente discapacitada no te dé la posibilidad de hacer esa actividad. En el momento me encabrone bastante pero luego me quedo con lo bueno. Algún día lo haré”.

Enseñanza de vida

Daniel cuenta que hay investigaciones y avances que podrían solucionar su problema y devolverle la vista, y para ello su oculista le “cuida el nervio óptico” para cuando la ciencia le regale esa oportunidad de, quizá, encender otra vez la luz. Pero no se siente a ocuras ni la vista es lo más importante en su presente ni en su día a día: “mi prioridad es tratar de disfrutar la vida, estar una tarde con mis viejos tomando unos mates y charlando, estar con mis hermanos o amigos y reírnos, merendar con mis hijos, son cosas que no se compran y que valen mucho más que cualquier cosa. Muchas opciones no tengo. O dejo pasar la vida o vivo así: disfrutando, pasando el rato con mis hijos y la gente que quiero, y tratando de crecer cada día” dice, sonriente, llenando de luz el mundo con una energía abrumadora. 

Nuestra admiración, Daniel.

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