La noche de los bastones largos: 50 años de un capítulo nefasto de la historia Argentina

La noche de los bastones largos no fue sólo un ejemplo de brutalidad policial desquiciada, sino que fue el comienzo de la destrucción sistemática de la Universidad.

COMPARTIR

Se cumplen 50 años de un gravísimo hecho de barbarie, de un atropello criminal a los derechos y a la cultura, de un símbolo de tiempos nefastos para la Argentina que alcanzarían su máxima expresión una década más tarde con el peor momento de nuestra historia, los años de plomo iniciados en marzo de 1976.

La noche de los bastones largos no fue sólo un ejemplo de brutalidad policial desquiciada sino el comienzo de la destrucción sistemática de una Universidad que reunía entonces altas expresiones de excelencia docente y científica en un marco democrático inspirado en los principios de la Reforma Universitaria de 1918.

 

La historia es conocida.

 

Cientos de estudiantes y docentes ocupaban diversas facultades de la Universidad de Buenos Aires en repudio a su intervención por la dictadura que encabezaba Onganía, quien un mes antes había derrocado por la fuerza al Presidente electo Arturo Illia. El 29 de julio de 1966 la policía los reprimió duramente y detuvo a 400 personas pero no se limitó a eso.

Los grandes protagonistas de la noche fueron los bastones con los cuales las fuerzas policiales golpearon indiscriminadamente a docentes y estudiantes, comenzando por el Vicedecano de la Facultad de Ciencias Exactas, el célebre científico Manuel Sadosky, luego exiliado quien recién retornaría al país con el regreso de la democracia y fuera entonces Secretario de Ciencia y Tecnología.

La escena más dramática y recordada ocurrió a la salida de esa Facultad, ubicada entonces sobre la calle Perú, en la Manzana de las Luces. Los detenidos fueron obligados a salir del edificio entre una doble fila de agentes que, con cobardía y saña poco común, golpeaban con sus bastones a los ciudadanos indefensos.

Posiblemente en nuestros tiempos los celulares y las redes sociales hubieran dado rápida cuenta de las imágenes impactantes que entonces era mucho más sencillo ocultar y silenciar. En aquella época las cosas eran más simples para el poder autoritario.

No tiene nada de exagerado hablar de la destrucción de la Universidad. Cientos de profesores fueron despedidos o debieron renunciar a sus cátedras. Más de 300, en su mayoría calificados científicos, emigraron y concluyeron haciendo docencia e investigación de diversos países del mundo, varios de ellos en algunas de las mejores universidades. Proyectos de avanzada fueron desmantelados. Décadas de esfuerzo se desperdiciaron y el país sufrió luego un notable atraso en materia de ciencia y tecnología muchas de cuyas consecuencias fueron insolubles.

Los bastones no fueron una anécdota más de aquella noche de tristeza y dolor, que precedía a tantas otras de horrores entonces inimaginables.

Fueron el emblema del poder de facto, el anuncio de lo que les esperaba a quienes no se resignaran a someterse, la advertencia de que debíamos aprender a tener miedo, sobre todo miedo a defender nuestros derechos, a pensar, a debatir o a investigar.

Por todo eso necesitamos recordar la noche de los bastones largos, mantenerla viva en el recuerdo de nuestros jóvenes y transmitirla a las generaciones venideras.

Porque sabemos que, si la olvidamos, estará latente la amenaza de que se repita.

Porque, como dice la canción que nos conmueve cada vez que la escuchamos:

La memoria despierta para herir

a los pueblos dormidos

que no la dejan vivir

libre como el viento

Utilizamos cookies de terceros para mostrar publicidad relacionada con tus preferencias. Si continúas navegando consideramos que acepta el uso de cookies. Puede obtener más información en:

Politica de Privacidad