3 maneras simples para ayudar a los chicos a vivir mindfulness

A pesar de insistir con los discursos y retos, persistiendo en el error, los padres  ya deberíamos habernos dado cuenta que la predica no es la forma más eficaz para ayudar a nuestros hijos a conocer, captar e integrar en su propia vida los conceptos que queremos transmitirle.

En muchas culturas se sabe que la mejor manera de enseñar habilidades para la vida es dar el ejemplo. Basta con observar como se comportan en este sentido los animales.

Lo que nuestros hijos ven que nosotros hacemos es mucho más relevante e influyente que lo que oyen que les decimos.

Ahora bien, cómo hacer entonces para mostrarles lo que queremos enseñarles sobre el hecho de estar con Atención Plena en cada momento.

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En primer lugar, es necesario tomar momentos al día para practicar algo sencillo, como hacer unas respiraciones profundas entre una actividad y otra, que los chicos lo sepan y si quieren pueden sumarse y sino que sigan con sus actividades.  Podemos proponerles que ellos también lo hagan y acompañarlos a hacerlo por ejemplo antes de salir para el colegio o antes de ir al entrenamiento de su deporte.

En segundo lugar, al final de un largo día, ser muy conscientes y transmitirles el hecho de que decidimos no encender la radio en el auto al volver a casa con ellos o el televisor en casa durante los momentos previos a la cena. Decir “no” de un modo consciente es para poder impregnarnos de silencio y calma en ese momento del día.

Quizás no podrán apreciar esto al principio, pero, si uno está resuelto y lo convierte en una rutina, finalmente llegará la tranquilidad para recargar energías y preparar la transición a la siguiente fase del día. Habrá un momento en que los chicos se den cuenta solos que eso les hace bien y empiecen a utilizarlo. No es conveniente ser insisitentes, solo hacerlo y no dar sermones ni largas explicaciones de porque conviene hacerlo como lo hacemos nosotros.

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En tercer lugar, las comidas son una fantástica oportunidad para practicar la atención con la familia. Puede comenzar con una pequeña oración (no hace falta que sea religiosa, solo alcanza con agradecer). Y es interesante y muy útil pedir que vayan hablando por turnos, uno a la vez.

Se puede practicar una cena consciente de dos maneras simples. En primer lugar, comer lentamente y con intención, saboreando la comida. En segundo lugar, siendo “no reactivo” a las escaramuzas cuando se presenten. El poder de esta práctica es además la propia transformación en el momento.

Lo sepan o no, los chicos sentirán que la calidad de su conciencia se ha desplazado. Nosotros estarnos relajados, conscientes, profundamente conectados a la tierra, y totalmente en sintonía. Su conciencia tranquila se convierte en la referencia en la mesa.

Y el placer y la gratitud genuina por la comida llegará lentamente a un nivel intestinal. Es un gran ejemplo para nuestros hijos, y puede convertirse con el tiempo en parte de su propia práctica diaria también.

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