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Messi en el vestuario: saquemos todos una tarjeta roja a la impunidad y la prepotencia

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Lo quiero a Lionel Messi, no tengo nada que reprocharle, ya lo he dicho otras veces.
Pero salgamos de la anécdota y pensemos. Aprendamos. Reconozcamos que vivimos en un mundo demasiado peculiar…

Cualquier jugador, por insultar a un línea la mitad de lo que el lo hizo el Diez frente a Chile, se va al vestuario con tarjeta roja. No hay duda. Pero el poder en este mundo es pasaporte a la impunidad, y la “chapa” del mejor del mundo pesa.

“El FC Barcelona expresa su sorpresa e indignación ante la actuación de oficio de la Comisión Disciplinaria de la FIFA para sancionar al jugador Leo Messi, tras el partido clasificatorio de la Copa Mundial de la FIFA Argentina-Chile”, expresaron los dirigentes catalanes a través de la web oficial del club.

A ver… ¿No es el reglamento parejo para todos? ¿Qué es lo que indigna en un mundo acostumbrado a que sean “los nadie” los que se quedan en el vestuario?

Tenemos el mundo que merecemos, decía un escéptico colega hace años. Yo discrepo, pero lo que cosechamos sembramos, y lo que a diario pasa tiene consecuencias.

Una anécdota… Trabajo con familias, mi especialidad es la orientación a padres. Hace un par de años, en un hotel SPA en el que tuve la suerte de descansar, en una de las áreas destinada al relax una familia entra ruidosamente interrumpiendo cualquier forma de silencio y paz. Uno de sus niños, 10 años le calculé, hace una pirueta y se zambulle en una de las piscinas desafinando con el feng shui del lugar y la música new age casi imperceptible que sonaba. La encargada del lugar se acerca muy amablemente a los padres y les informa que en “ese “sector no se permitían menores. “Yo pagué por él también”, dice, prepotente, la madre. El padre masculla como para que no lo oigan pero no lo suficiente. “Y pagamos como adulto”, dice.

El niño, obediente y entendiendo el límite, sale de la piscina. La madre, enfurecida, le dice, con la encargada ya fuera de la escena: “Andá hijo, ¡yo me hago cargo si te dicen algo!”. El chiquito, con un sentido común a prueba aun de la impunidad de su madre (y brindo porque lo conserve) se queda quieto, inmutable, avergonzado diría. La madre insiste y el niño, visiblemente contrariado, hace un mutis por el foro y se va.

Aplausos para el pequeño y abucheos estruendosos para esta madre que habilita a su hijo a desobedecer, esta madre que garantiza que no hay ley que valga salvo la de la propia gana. 

La prepotencia como valor, a la hora de educar, es un triste valor

Los chicos ven, los chicos hacen, es el lema de una campaña de bien público. La doble moral está permanentemente en juego en los ámbitos de poder, en los de mayor riqueza y también en los de más absoluta pobreza, y la miseria que está en juego es, lastimosamente, la miseria humana.

Vuelvo al punto: los chicos ven, los chicos hacen. Messi se va al vestuario porque cometió una falta. Y las faltas tienen consecuencias. ¿Cuestionamos que así sea? ¿Defendemos el vale todo? ¿Sostenemos que haya reglas diferentes según quien cometa la falta? Sepamos, los adultos, que una de las decepciones más dolorosas de un niño es perder la ilusión de un mundo justo. Si pedimos impunidad, educamos para la impunidad.

Decía el genial Groucho Marx: “Estos son mis principios, sino le gustan tengo otros”. Pensemos. Yo creo que podemos crear algo distinto, seguro que podemos. Respaldemos que las tarjetas rojas sean para quien tengan que ser, aunque nos duela, porque del dolor crecemos, aprendemos, y quizás, quién sabe, con algo de justicia, algún día los nadie puedan dejar de serlo…

 

Por Alejandro Schujman, psicólogo especialista en adolescentes. Autor del libro Generación Ni Ni y coautor del libro Herramientas para padres. Autor del espacio Escuela para Padres en Buena Vibra. Su sitio.

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