¿El fin de los billetes de 100 dólares?

Acaba de conocerse en los Estados Unidos una propuesta muy interesante cuyas consecuencias pueden ser impactantes en todo el mundo. El ex Secretario del Tesoro de ese país, Larry Summers, propuso en un artículo publicado por el prestigioso diario The Washington Post –y replicado rápidamente por diversos medios a nivel global- que dejen de emitirse los billetes de más alta denominación y mayor circulación; concretamente, el de 500 euros, el de 100 dólares y el de 1.000 francos suizos. La supresión del primero de esos billetes ya estaba siendo considerada por el Banco Central Europeo.

Basado en una investigación académica de la Universidad de Harvard, el argumento central de la propuesta es complicar el manejo del dinero por las actividades criminales más nefastas para la humanidad: la corrupción, la evasión de impuestos, las mafias, el narcotráfico, el terrorismo, los traficantes de seres humanos; todos ellos requieren de grandes cantidades de efectivo para su “operatoria”. Un dato contundente lo confirma: la Reserva Federal de EEUU estima que al menos la mitad de su moneda circula o está depositada en otros países.

La bancarización de la economía ha sido creciente en las últimas décadas y, sin duda, es fuente de transparencia. Al quedar registrada una cantidad cada vez mayor de las operaciones, no sólo se complica la evasión fiscal, por lejos el fenómeno más dañino para la economía en todos los países, sino que se dificulta el blanqueo de los fondos provenientes de las ya mencionadas actividades delictivas.

En rigor, la necesidad real de billetes de alta denominación es cada vez menor y, en principio, sólo se justifica para actividades que precisan esconderse entre las sombras y evitar ser detectadas.

Lo llamativo es que, en paralelo, no se proponga combatir la vía principal para el ocultamiento, el espacio virtual donde transitan la mayor parte de los fondos de origen inconfesable:

a través de los paraísos fiscales, verdadera red de pequeños territorios -controlada, casi en su totalidad, por las principales potencias del planeta- circula nada menos que un tercio de los dineros del mundo

En ese sistema extraterritorial, fuera del alcance del poder de los Estados Nacionales y al margen de la Ley, habita el verdadero poder económico –habitualmente asociado o con enorme incidencia en la política y los gobiernos- del pequeño grupo de personas y empresas que acaparan porcentajes inmensos de la riqueza global. Ellos son, al mismo tiempo, los grandes evasores, en forma directa o a través de maniobras descaradas de desvío de las ganancias a los paraísos. Lo curioso –y dramático- es que también comparten ese espacio, sin el cual sus actividades se complicarían en alto grado, los corruptos, narcotraficantes, mafiosos, terroristas y demás lindezas de la modernidad.

La propuesta de Larry Summers es por cierto interesante y sus efectos, aunque limitados, pueden ser muy positivos.

Avanzar en la proscripción del sistema extraterritorial de los paraísos, en cambio, sería adoptar medidas decisivas para combatir en serio los mayores males de la Tierra y para nadie pueda seguir viviendo fuera de la Ley.

Por otra parte, con la sola incorporación a la economía real –y al pago de impuestos- de las inmensas fortunas que por allí circulan, bastaría para que cada Estado pueda cumplir sus obligaciones y garantizar a las personas el piso de vida digna que las Constituciones, los Tratados Internacionales y las leyes les prometen en su letra.

 

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