Familia

“Los hermanos sean unidos”: 5 actitudes que los padres debemos evitar para cuidar ese vínculo

Pocas veces pensamos cuánto influimos nosotros, los padres, con nuestras actitudes cotidianas, en el vínculo que arman los hermanos..

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Muchas veces nos sorprendemos, como padres, pensando en el futuro y sintiendo que lo más importante que podemos dejar a nuestros hijos es que sean hermanos unidos. Nos hace bien imaginar que, cuando ya no estemos cerca para protegerlos, se cuidarán entre ellos, que estarán presentes en las alegrías y tristezas, en las fiestas y los duelos que la vida propone sin tregua.

“Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera”, escribió hace un tiempo José Hernández en el Martín Fierro. Pero lo cierto es que pocas veces pensamos cuánto influimos nosotros, los padres, con nuestras actitudes cotidianas en el destino de este vínculo. ¡Sencillamente no nos damos cuenta!

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5 actitudes que los padres debemos evitar

Para cuidar la salud de ese vínculo, comparto una serie de consideraciones importantes para prestar atención a cómo nos manejamos con ellos. Podemos resumir en “verbos” que deberíamos evitar:

1. Comparar

Cuando decimos que Carlitos es más sociable, más alto o más hábil para los deportes, en simultáneo estamos diciendo que Pedrito es más tímido, más bajo y menos dotado para lo físico. Es simple, cuando expresamos que “uno es más”, al mismo tiempo decimos que “el otro es menos”. La consecuencia será perjudicial para los dos porque uno se sentirá superior y el otro se sentirá inferior.

2. Destacar/Sobresalir

Si destacamos mucho un aspecto positivo en un hijo (por ejemplo “él es siempre tan tolerante”), corremos un grave peligro: monopolizar una virtud. ¿Qué significa ésto? Que solo ese hijo se adueñará de esa virtud, en este caso, convirtiéndose en el propietario único de la tolerancia. Por lo tanto, al otro hermano no le quedará otra opción que ser intolerante.

3. Defender

Si ante cualquier dificultad que se presenta nosotros siempre tenemos una muy buena razón para defender a un mismo hijo con argumentos típicos: “Porque es el más chiquito”, “porque hoy tiene fiebre” o “porque mañana tiene un examen difícil”, el otro hijo sentirá que nunca sale beneficiado, que nunca estamos de su lado.

La consecuencia será penosa: el no elegido sentirá mucho malestar, celos y rabia por saber de antemano que siempre habrá un “protegido incondicional”, y ese no será él.

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4. Criticar

Cuando criticamos a un hijo sin piedad y lo mortificamos 24 horas con alguna característica negativa -“sos una vaga”, “el mismo loco de siempre” o “con esa timidez nunca vas a tener amigos”-, solo estaremos imponiéndole un defecto, decretando que no tiene salida.

La consecuencia será, por un lado, la condena: es decir, lo atamos a su característica negativa; y, por otro, el efecto multiplicador de nuestra voz, sencillamente porque al emitir nuestra sentencia en simultáneo generamos un “eco fraterno”.

¿Qué quiere decir? Que los hermanos también repetirán la consigna familiar con exactitud: sos una vaga, sos un loco, sos un tímido. Nuestra voz parental se replica en los hermanos. Imaginemos solo por un momento el infierno que siente aquel que es blanco de semejantes proyectiles.

5. Formar alianzas

Sin darnos cuenta formamos alianzas, bandos o trincheras y así la nena es de papá o el nene es de mamá o cualquier forma que adopte la alianza. La consecuencia no será nunca positiva porque divide en lugar de unir. Conjugamos estos verbos en forma inconsciente, sin darnos cuenta, las 24 horas los 7 días de la semana, sin descanso, casi como un taladro incesante.

Es sumamente importante que tomemos conciencia de nuestras actitudes y hagamos un giro de 180 grados para poder disfrutar todos del efecto contrario.

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Teniendo en cuenta estas pequeñas grandes cosas, podemos lograr algo muy importante. Será maravilloso que nuestros hijos sientan que:

1. En lugar de comparar constantemente un hijo con otro, mamá y papá tienen el corazón abierto para amar a todos por igual. Habrá diferencias cualitativas porque cada hijo tendrá características que lo hacen único, pero nunca habrá diferencias cuantitativas, es decir “en más o en menos”.

2. En vez de hacer sobresalir una aptitud en un solo hijo, haremos circular las virtudes y todos tendrán el mismo derecho para hacer uso de ellas. No habrá monopolio ni dueños de virtudes, sencillamente todos tendrán acceso a ellas por igual.

En realidad, los padres deberíamos desear que todos nuestros hijos se lleven consigo la mayor cantidad de virtudes posibles, ya que sabemos que cada una de ellas será necesaria para enfrentar mejor la vida. Todos podrán, entonces, ser inteligentes, voluntariosos, socialmente activos, responsables, generosos y etcétera.

3. En vez de instalar “un defendido incondicional”, todos se sientan igualmente defendidos. Seguramente lo mejor será dejar de ejercer un rol de juez que dictamina constantemente culpables e inocentes.

La mayoría de las situaciones conflictivas entre hermanos se resuelven entre ellos, sin necesitar de una opinión externa. Sin duda habría que fomentar esta modalidad de autorresolución

4. En lugar de ensañarnos con alguna dificultad, es importante que nuestros hijos puedan sentir que guardamos, adentro nuestro, la habilidad amorosa de descubrir el oro y el barro que cada uno encierra. Resaltando sus brillos en público para charlar de sus opacidades en privado.

5. En lugar de crear divisiones que nos debilitan, padre y madre podemos ser refugio indistintamente de uno u otro hijo y construir así una alianza familiar mucho más fuerte, sencillamente, porque nos incluye a todos.

Tengamos la inteligencia de proyectarnos. Cuando estemos listos para “partir”, el mayor regalo y la mayor tranquilidad para nuestro espíritu será ver a nuestros hijos unidos. Entonces, no dudemos un instante en ponernos a trabajar ya para que así sea.

Fuente: Dra Adriana Grande, médica y psicoanalista.

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